Por Andrés Colmán Gutiérrez | @andrescolman
Ahora lo consideran el ídolo máximo del arte religioso y su obra será una de las principales atracciones a exhibirse durante la próxima histórica visita del papa Francisco al Paraguay.
"¡Es un genio! ¡Quedamos embobados!”, declaró recientemente el arzobispo de Asunción, monseñor Edmundo Valenzuela, refiriéndose al pintor y escultor Koki Ruiz, tras visitarlo en San Ignacio, Misiones, y observar de cerca el imponente retablo con frutos del campo –más conocido como el Altar de Maíz-, que adornará la gran misa que el Papa Francisco celebrará en Ñu Guasu el próximo domingo 12 de julio.
Delfín Roque Ruiz Pérez, más conocido por su nombre artístico Koki Ruiz, se ha vuelto célebre por dirigir la experiencia de intervención artística que desde hace 23 años se realiza en la pequeña comunidad campesina de Tañarandy, compañía rural cercana a San Ignacio que tiene su principal atractivo en la llamada “procesión de las luces” que se realiza cada Viernes Santo, con miles de candiles, antorchas y expresiones artísticas colectivas.
Una de las innovaciones que Ruiz introdujo en la Semana Santa de 2013 fue la construcción del Altar del Maíz, un inmenso retablo hecho con espigas de maíz, frutos de calabazas, cocos y otros productos del agro, que despertó la admiración de las miles de personas que acudieron al anfiteatro al aire libre de la fundación La Barraca, en la aldea misionera.
El éxito que tuvo la propuesta motivó a que los miembros de la Comisión Nacional de la Visita Papal le pidan a Koki Ruiz y al grupo de artesanos de Tañarandy que elaboren un retablo similar para la misa que el Papa oficiará el 12 de junio en el campo abierto de Ñu Guasu, obra que desde hace varias semanas se viene desarrollando con laboriosa pasión en el taller El Molino, en San Ignacio.
Numerosas personas, desde el propio presidente de la República, Horacio Cartes, hasta altos dignatarios de la Iglesia Católica, ya han visitado el taller y han aclamado la obra de Ruiz y los jóvenes artesanos de Tañarandy.
El arzobispo de Asunción, Edmundo Valenzuela, en compañía del obispo castrense, Adalberto Martínez, fueron los más recientes visitantes, quienes bendijeron la obra y no ocultaron su admiración. “Koki Ruiz es un genio. Nos encontramos delante de un hombre de espiritualidad profunda y de haber unido arte y espiritualidad”, destacó Valenzuela.
Lo que el obispo probablemente olvidó, o no sabía, es que otros altos exponentes de la misma Iglesia católica que hoy alaba y exhibe con orgullo la obra de Ruiz, hace poco más de una década lo cuestionaban duramente e incluso boicoteaban sus emprendimientos.
Tiempo de críticas y descalificaciones religiosas
La primera celebración de la Semana Santa “al estilo Tañarandy” se inició en 1992, como un experimento artístico, cultural y religioso por parte de Koki Ruiz con pobladores de la compañía rural, en el patio de la Fundación La Barraca, con el rescate del uso de candiles encendidos, hechos con frutas de apepu, a lo largo del camino, además de las antorchas de takuara y del canto de los estacioneros.
“Aunque el punto de partida fue una procesión religiosa -el rescate de la celebración de Semana Santa a lo Yma-, buscaba desarrollar fundamentalmente un hecho artístico con la gente”, resume Koki Ruiz la manera en que fue tomando forma lo que hoy denomina “barroco efímero”.
El éxito que tuvo aquella primera convocatoria hizo que se repitiera al año siguiente con algunas innovaciones, y que desde 1994 se desarrollara ya a lo largo de la calle principal de tierra, a la que denominaron “Yvaga rape” (camino al cielo), recorriendo cerca de tres kilómetros desde la capilla de la comunidad hasta el anfiteatro al aire libre en La Barraca.
El creciente entusiasmo con que mucha gente acudía a participar de las celebraciones no fue bien visto en su momento por sectores de la Iglesia local, especialmente por el entonces obispo de la Diócesis de Misiones, monseñor Carlos Milciades Villalba, quien cuestionó públicamente que la actividad que impulsaba Koki Ruiz era “una procesión paralela”, que no contaba “con la autorización de la Iglesia”.
“Esa es una actividad pagana, más turística que religiosa”, protestó monseñor Villalba en más de una oportunidad, pidiendo a los fieles que participen de las actividades oficiales de Semana Santa en la Iglesia de San Ignacio y no acudan a la “procesión paralela” de Tañarandy.
No fue el único conflicto que en esos años dividió a los cristianos en Misiones, ya que en la ciudad de Santa Rosa también un grupo de fieles organizaron una procesión paralela de la santa patrona, cuando el mismo obispo Villalba intentó prohibir que se instalen las romerías en los días de la fiesta patronal.
Sin embargo, a pesar de la prohibición y la condena del obispo, muchos de los fieles e incluso sacerdotes y monjas, eran vistos participando de la procesión y las celebraciones en Tañarandy.
También el entonces párroco de San Ignacio, el sacerdote jesuita José “Pepe” Ortega, heroico defensor de los campesinos de las Ligas Agrarias perseguidos por la dictadura stronista, también cuestiónó la experiencia de Tañarandy, pero por razones distintas a las del obispo. Seguidor de la teología de la liberación, Ortega consideraba que lo de Tañarandy era una simple manifestación de rescate de la religiosidad popular, con un efecto alienante que frenaba el despertar de la conciencia social de los humildes.
“A los ataques de monseñor Villalba no hicimos caso. Con el pa’i Ortega, a quien tengo mucho respeto, hablamos y discutimos en varias ocasiones. Él, desde la teología de la liberación, planteaba que la religiosidad popular no sirve para liberar al pueblo, solo trae más confusión. En cambio yo sostenía que el arte unido a los elementos populares del cristianismo pueden desencadenar también procesos liberadores”, relata Koki Ruiz.
También hubo enfrentamientos, aunque más de carácter político, entre Koki Ruiz y el actual obispo de Misiones, monseñor Mario Melanio Medina, quien sucedió en el cargo a Carlos Milciades Villalba.
Medina se enfrentó abiertamente al entonces gobernador de Misiones, Egidio Ruiz Pérez (ya fallecido), hermano de Koki, a quien acusó de graves hechos de corrupción. Por extensión, el obispo también cuestionó en varias ocasiones la “procesión paralela” de Tañarandy y en más de una ocasión tuvo duros intercambios de palabras a través de programas radiales regionales.
La histórica rebeldía de los “irreductibles”
Para los habitantes de Tañarandy, las críticas y los cuestionamientos desde sectores oficiales de la Iglesia no resultaba algo nuevo, ya que tienen fama de ser “herejes” o “irreductibles” desde la época de las Misiones o Reducciones Jesuíticas.
Hace más de cuatrocientos años, cuando los misioneros de la Compañía de Jesús iniciaron la fundación de sus legendarias Reducciones Jesuíticas en la región Sur del Paraguay, hubo pueblos de indios que se resistieron a ser “reducidos” e incorporados al proyecto misionero.
Uno de ellos se encontraba muy cerca de la Misión de San Ignacio Guasu, fundada el 29 de diciembre de 1609. Su feroz resistencia a la cruzada evangelizadora y su actitud rebelde e insumisa le valieron a sus habitantes el rótulo de “demonios” (aña, en guaraní) y herejes.
Es el mismo pueblo conocido hasta nuestros días con el nombre de Tañarandy.
Investigando acerca del origen de la denominación, Koki Ruiz encontró una carta del misionero jesuita Roque González de Santacruz –canonizado como el primer Santo paraguayo- en el que menciona que “a solo media legua” (dos kilómetros y medio) de donde se encontraba la Misión de San Ignacio Guasu, estaban aquellos que no querían formar parte de las Reducciones, viviendo “en estado salvaje”.
Desde hace dos décadas, un colorido cartel explica a los visitantes: “Tañarandy (tierra de los herejes o demonios). En la actualidad, el revisionismo histórico le otorga el significado equivalente de: tierra de los irreductibles”.
Esta marginación casi voluntaria de la aldea se mantuvo con el tiempo.
Hasta principios de 1990, Tañarandy era una compañía rural en los suburbios de la ciudad de San Ignacio, habitados por campesinos considerados humildes e incultos, aquellos que en la visión cultural campesina guaraní del Paraguay son considerados como campaña gua o koyguá (habitantes del campo, poco instruidos), y hacia quienes existía tradicionalmente cierto sentimiento de desvalorización, marginación o desprecio por parte de los “ciudá gua” (habitantes de la ciudad).
La reivindicación del arte religioso
Tras el enfrentamiento inicial entre Koki Ruiz y los tañarandyguá con sectores de la Iglesia católica paraguaya, la propia dinámica de la manifestación popular fue cambiando la relación con el paso de los años.
Sacerdotes jesuitas se hicieron cargo de la capilla de Tañarandy, donde los pintores realizaron una admirable intervención artística.
La visita de un alto directivo del Museo de Arte Sacro del Vaticano, quien exaltó “la extraordinaria obra” que se realiza en el lugar, ayudó a que los cuestionamientos eclesiales se fueran disipando cada vez más.
Actualmente, la obra de Koki Ruiz y los artesanos de Tañarandy ha merecido los máximos elogios de la cúpula de la Iglesia Católica y se incorpora como uno de los principales atractivos de los actos oficiales por la visita del papa Francisco, donde encontrará una resonancia aún mucho más universal.
“Esta obra de arte es una admiración del Paraguay y va a ser una admiración del mundo”, destacó el arzobispo asunceno, Edmundo Valenzuela, refiriéndose al Altar de Maíz.
De alguna manera, es como una especie de “absolución” para un gran artista y para los miembros de una comunidad con fama de “irreductibles”, que en su momento fueron cuestionados y boicoteados por sectores de la misma Iglesia.



