Opinión

Superbomberos contra villanos incendiarios

Andrés Colmán Gutiérrez – @andrescolman

Han sido nuestros héroes y nuestras heroínas desde siempre, pero parece que recién ahora nos hemos dado cuenta... cuando el fuego voraz que ya había consumido gran parte de los bosques y los campos del Chaco y de varias zonas de reservas de la Región Oriental, de pronto se nos vino encima en las mismas fronteras de los enclaves más chetos de Asunción, devorando de manera infernal uno de los coquetos parques en donde acostumbran ir a trotar los ejecutivos, las modelos y las estrellas de la televisión.

Pareciera que recién entonces, ante un peligro tan cercano, tan visible y tan inminente, asumimos con plena conciencia lo afortunado que somos de tenerlos cerca. Al verlos acudir y arremeter contra las altas lenguas de fuego con sus equipos siempre precarios y nunca suficientes, tan armados de valor y voluntarismo más que con mangueras adecuadas o trajes resistentes. Mirarlos allí, combatiendo heroicamente durante largas horas del día y de la noche hasta lograr contener el peligro, nos ha permitido caer en la conciencia de que en nuestra sociedad existen personas, principalmente jóvenes hombres y mujeres, que no temen arriesgar sus vidas para salvar las de los demás, para tratar de evitar que tantas cosas de valor se pierdan.

Una caricatura muy compartida en las redes sociales de internet mostraba a Superman, Batman, la Mujer Maravilla y otros superhéroes de la Liga de la Justicia recibiendo a un bombero paraguayo con estas palabras: “Bienvenido al Club”. Muchos se mostraron emocionados ante tal homenaje, pero hay un error de apreciación. Los superhéroes son de ficción y tienen superpoderes. En cambio, los hombres y mujeres del Cuerpo de Bomberos Voluntarios del Paraguay son seres reales de carne y hueso, habitan entre nosotros, son nuestros vecinos y no tienen más superpoderes que su espíritu solidario, su voluntad de servicio a la sociedad y su gran coraje cívico.

Pensar que cuando tantas veces los vemos aproximarse en un semáforo con sus alcancías y sus sonrisas, cerramos rápidamente el vidrio de las ventanillas de los autos, exclamamos “¡Ndi, kóa jeýma!” y fingimos demencia para no colaborar dando billetes o monedas que podrían ayudar a que tengan mejor equipo a la hora de intentar ser héroes. Ellos y ellas, que no tienen sueldos, pero igual tienen que comprarse sus propios trajes, guantes, cascos, máscaras o tanques de oxígeno en la mayoría de los casos, salvo que les alcance el retazo de alguna generosa donación o algún esporádico subsidio.

No es fácil ser superbombero en ciudades donde las bocas de hidrantes están distribuidas a kilómetros de distancia, cuando la norma es que haya cuatro por cuadra. No es fácil ser superbombero cuando muchos edificios no tienen sistemas de prevención de incendios ni salidas de emergencia, y aunque hace 15 años un supermercado ardió dejando 400 muertos y profundas heridas en el alma de la Nación, no hemos aprendido la lección. No es fácil ser superbombero con tantos pirómanos sueltos que se creen Nerón ante cualquier bosque o campo seco y basta una simple chispa para desatar el apocalipsis. No es fácil ser superbombero cuando los gobernantes y los referentes de la clase política no consideran prioritario establecer sistemas efectivos de prevención en las áreas sensibles del territorio nacional, dejando que la codicia agroganadera arrase impunemente con los campos y los montes, como si se tratara de una medieval festividad haciendo arder a las brujas de Salem.

Esta vez resultó estremecedor y emotivo sentirlos trabajando tan de cerca para salvarnos, acercarse a ofrecerles ayuda, llevarles agua o comida, aplaudir, gritar ¡viva! o ¡muchas gracias, chicos!, pero nada de eso es suficiente. Como lo han reclamado ellos mismos, necesitan que tengamos mucha más conciencia (“¡ya no quemen, carajo!”), pero por sobre todo que los acompañemos con políticas y actitudes sostenidas para cuidar juntos este paraíso llamado Paraguay, al que tanto intentamos transformar en un infierno.

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