La gente dice que soy apenas un maestro de secundaria. ¿Qué voy a ser filósofo yo?”, era lo que me decía el maestro Secundino Núñez. Se reía al contarlo. Y, además, agregaba: “Mi nombre luego lo dice: soy Secundino, segundón. Apenas recojo y sintetizo lo que otros han pensado”.
Esa frase lo resumía toda la humildad de un sabio. En un país como el Paraguay, donde la filosofía y, más aún, la filosofía cristiana no ha sido particularmente fértil, el testimonio del Dr. Núñez es importante recordarlo. Este 25 de mayo se cumplieron 15 años de su –siempre lo digo así– nacimiento a la vida. Secundino fue profesor universitario, abogado, senador, candidato a la presidencia. Y creyente. En tiempos cuando la filosofía se ha vuelto mera repetición sin pensamiento propio, erudición sin raíces, el legado de Secundino nos recuerda algo poco frecuente: Un pensador que encontró lo universal en lo propio, el misterio en lo cotidiano. Permítaseme recordarlo en tres aspectos: El bien común, la filosofía y la educación. Tres tesoros enterrados en un país que ni siquiera sabe que existieron.
Primero el bien común. Secundino sostuvo a lo largo de toda su vida –en el aula, en su labor periodística, en su compromiso político, en las conversaciones privadas– una convicción que nunca abandonó: La crisis de la política y de la democracia es, en el fondo, la crisis del bien común. Cuando este desaparece, reemplazado por el interés de partido, la voluntad de poder, el clientelismo electoral, la democracia puede conservar su forma, pero pierde su alma.
Esta visión descansa sobre una antropología precisa. La cristiana. El hombre es un ser racional y social por naturaleza. El bien común no es la suma de bienes individuales, sino una condición moral que da unidad y jerarquía a los bienes particulares. Incluye condiciones externas favorables al desarrollo de la persona –paz, seguridad, libertad–, pero no se reduce a ellas. Incluye valores objetivos –materiales, intelectuales, morales y religiosos–, su asimilación por los ciudadanos y las estructuras institucionales que los sostienen.
La política, en esta visión, no es un simple mecanismo para dirimir conflictos, sino una dimensión constitutiva del florecimiento humano. Somos esencialmente políticos. De ahí que el bien común no sea un concepto agregado, sino el núcleo de la filosofía política: El orden político no es neutral respecto del bien humano, está orientado a él. El bien común es un bien cualitativamente superior: Un orden de justicia y virtud que beneficia a todos sin absorber a nadie.
Seguimos con la filosofía. Secundino era un tomista. Algo ininteligible para los lectores de hoy. Discípulo de Tomás de Aquino. Era la Filosofía, así con mayúsculas. La del sentido común. Extraña a las fraseologías posmodernas y artilugios mentales relativistas actuales. Tomás representa un modelo de pensamiento capaz de mantener simultáneamente la autonomía de la razón y su apertura a la verdad revelada. La grandeza del tomismo reside en su método: Una búsqueda rigurosa de la verdad que no teme dialogar con todas las fuentes del saber humano.
En sus clases insistía en que la filosofía nunca había dejado de plantear desafíos a la fe. Las cuestiones éticas requieren la noción riquísima de dignidad humana; las cuestiones políticas solicitan saber del sentido último de la historia. Cuestiones que difícilmente podían resolverse sin una reflexión filosófica que tomara en serio la experiencia religiosa.
El filósofo cristiano no es un teólogo que disfraza sus argumentos con lenguaje filosófico. Es alguien que hace filosofía con plena conciencia de su propia fe. La razón conserva su método propio, su exigencia de demostración y su disciplina argumentativa, pero el filósofo sabe que la realidad que investiga posee una profundidad que no se agota en el horizonte puramente natural. La filosofía cristiana es filosofía en sentido pleno, pero fecundada por la fe.
Finalmente, la educación. La formación empieza con la creación de hábitos: Intelectuales, morales y técnicos. Esta formulación tiene raíces aristotélicas que Secundino conocía bien. La educación no es la simple transmisión de contenidos. Es la formación del carácter, de disposiciones estables que permiten actuar rectamente. Un hábito no se instala por explicación, sino por práctica repetida. El método educativo es, en cierto sentido, el contenido más decisivo: Un maestro que enseña con autoritarismo forma el hábito de la obediencia, aunque su tema sea la democracia.
El fin último de la educación es la verdad de la persona: El florecimiento de su ser y el gozo de una libertad conforme a su naturaleza. Que no apunta a una abstracción filosófica, sino al paraguayo real: El que trabaja la tierra, el que habla guaraní, el empresario o el intelectual, el niño o el adulto que necesita reaprender.
Secundino fue el filósofo del mba’e. Como llamaba al ser. Un tomista guaraní. En un país que no sabía lo que era la filosofía ni el tomismo. Maestro en el sentido socrático más pleno. Conciencia moral de un Paraguay que no siempre supo escucharlo, pero que lo necesitaba –y lo necesita aún hoy– más que nunca. Este recuerdo intenta recobrar la memoria de esa vida irrepetible.