13 mar. 2026

Sentido común

Oímos a menudo proferir a políticos prominentes, sentenciosas afirmaciones de orden social y económico que ponen de manifiesto no solo su poco conocimiento de la ciencia, sino además el escueto servicio que brindan a la nación.

Hace unos meses, en una muy importante reunión de Estados, un prominente líder político de nuestro país hizo el siguiente tajante comentario: “En mi opinión, la pobreza es simplemente el reflejo de pobres políticas públicas y la indolencia del sector privado. Por ello, la afirmación de que la pobreza es ‘inerradicable’, es una falacia lamentable…”

Ante una afirmación como esta –fruto de los mismos errores “macroeconómicos” a que los políticos nos tienen acostumbrados– en vez de proceder a refutarla con sesudas disquisiciones catalácticas, no sería mejor preguntar, ¿no es este un simple caso de falta de sentido común?

El “sentido común” –según el diccionario– es “la capacidad de entender o juzgar de forma razonable”, es decir, ser capaz de resolver los entuertos que nos presenta la vida, con simples herramientas del pensar.

Apelar a las reglas básicas de la convivencia y la costumbre que el ser humano ha adquirido a través de miles de años de experiencia evolutiva.

Veamos si podemos aplicar el sentido común a esta cuestión.

Sentido común es entender que el mercado libre es el mejor medio que tiene el hombre para desarrollar y extender sus capacidades productivas, y es el fundamento del progreso humano.

Sentido común es entender que el Estado es enemigo del comercio libre. No es productor de bienes, es un mecanismo de compulsión y coerción. Obtiene sus “ingresos” de exacciones obligatorias que extrae del productor, del trabajador, del individuo.

Sentido común es entender que es imposible que el “sector público” pueda realizar acto económico alguno sin que previamente todos los individuos que luchan día a día en el mercado hayan llevado a cabo su actividad productiva.

Sentido común es entender que el sector privado no es “indolente”.

No puede progresar por las trabas que le impone la legislación del Estado.

Sentido común es entender que nada puede cosechar el Estado que no haya sido producido previamente por individuos el mercado libre; que no pueden haber “políticas públicas” independientes del actuar de dichos individuos y que la división entre “sector privado” y “sector público” es una construcción absurda.

Sentido común es entender que para “erradicar la pobreza” se deben fomentar políticas que incentiven la economía libre y el trabajo individual y que el control del Estado sobre la economía en el Paraguay es ahora tan grande que no deja al productor la libertad necesaria para ahorrar, invertir, o producir.

Sentido común es entender que no se puede producir riquezas fabricando papelitos como nos quieren hacer creer los defensores de las falacias macroeconómicas y los seguidores de Keynes.

La riqueza se produce con años de trabajo, ahorro y previsión para el futuro. En otras palabras y citando a Churchill, con “sangre, sudor, y lágrimas”.

Sentido común es entender que el fomento del progreso del país no pasa por culpar al productor de las miserias del Paraguay y entender que el culpable de todos los males es la política socialista del Estado, que depreda el esfuerzo productivo del individuo y favorece a su casta política en detrimento del bienestar del pueblo.

Sentido común es entender el desprecio absoluto que el burócrata tiene hacia el productor, hacia el trabajador, hacia el generador de riquezas, y en general hacia toda la población de la cual vive parasitariamente.

Sentido común es adoptar de una vez por todas la política libertaria, achicar el Estado de una vez por todas, y eliminar la legislación socialista prebendaria que no ha hecho sino traer miseria y corrupción a nuestra nación.

El sentido común –el menos común de los sentidos– apliquémoslo.

Más contenido de esta sección