Mientras en las agrupaciones políticas menores las elecciones internas suelen cumplir una función formalista, en los partidos tradicionales del Paraguay, la dinámica es distinta. Más allá de la central importancia de seleccionar candidatos, la alta competencia interna actúa como un motor que estimula el crecimiento horizontal de las raíces partidarias. Esta dinámica ayuda a explicar la persistencia y vitalidad de nuestro bipartidismo desigual.
Estas contiendas son una pieza clave en el mecanismo de expansión territorial de los partidos políticos. Es durante este proceso que la ANR y el PLRA ejercitan y desarrollan sus músculos electorales y orgánicos. Se trata de un fenómeno de capilaridad que arranca con mucha antelación.
Así, en su afán por asegurar votos propios, los precandidatos asumen la tarea de afiliar a nuevos electores, ensanchando de este modo sus padrones. Este esfuerzo, movido por intereses individuales, termina estimulando el crecimiento electoral y orgánico del partido en su conjunto.
En este engranaje, la proximidad vecinal resulta insustituible. Dicha cercanía es la piedra angular de los vínculos clientelares, los cuales no se reducen únicamente a transacciones electorales efímeras, sino que son cultivados desde antaño y conforman una economía moral de la política partidaria. Las internas representan el momento crucial en el calendario político para revalidar y vitalizar esas redes de asistencia y lealtad.
A este escenario se suma el efecto del voto preferente, un diseño institucional que exacerba la competencia intrapartidaria. Al fragmentar la oferta, obliga a los candidatos a construir una reputación personal para diferenciarse de sus propios compañeros de lista.
Esta necesidad de visibilidad individual exige, naturalmente, una maximización de recursos financieros y organizacionales. Como consecuencia práctica, el sistema termina otorgando mayores ventajas competitivas a las candidaturas con mejor organización y respaldo económico. Los riesgos asociados a la necesidad imperiosa de capital y los bajos controles incrementan los incentivos para la inserción del dinero en negro o del narcotráfico en el financiamiento político. En la ANR, no había muchas dudas sobre la continuidad del dominio oficialista.
En Asunción, el desafío, sin embargo, es mayor dado el catastrófico estado de la ciudad. La victoria del candidato resultará pírrica en la medida en que no logre pasar de octubre. Su éxito dependerá de la extensión del “abrazo republicano” y de evitar la fuga de votos colorados hacia la oposición.
En este escenario, la vereda de enfrente conserva oportunidades reales de competir, siempre y cuando logre disputarle territorialmente los espacios a la ANR y evitar la fragmentación de los votos no colorados.
Finalmente, en el PLRA, la dirección partidaria quedó bajo el control del Nuevo Liberalismo, lo que reafirma la importancia de los movimientos con anclaje territorial para ganar elecciones.
Pero el desafío principal de esta nueva conducción se proyecta hacia el 2028 y recae en su capacidad para organizar un frente político unido. Habrá que observar en qué medida esta dirigencia logra equilibrar la tensión inherente a toda oposición democrática; sostener su indispensable rol de fiscalización y, al mismo tiempo, lograr constituirse en una alternativa política viable para el electorado.