15 jul 2026

Se mueve la estantería

En estos días se ha movido el piso para muchos en el mundo, literalmente. El caso más angustiante es Venezuela que no ha tenido esta intensidad sísmica desde hace un siglo. Este acontecimiento natural produce inquietud porque nunca se sabe a quiénes y a cuántos afectará más gravemente.

Es notable porque ante el peligro corporal inminente es grande la movilización mediática, por lo menos una oración produce en personas de lejanos sitios.

Ni la dictadura ni el sometimiento del país petrolero al narcocastrismo ni el vuelco de tuerca que significó abandonar el orden del ser en la política para humillar a millones ante el idolillo de barro del materialismo marxista, que les mintió prometiendo el paraíso en la tierra, ni la diáspora cruel de 10 millones de venezolanos lo lograba, en gran medida por los intermediarios del relato que cargaban sus tintas y censuraban sus vistas ante aquellos escándalos deshumanizantes…

Esta empatía globalizada de hoy ante el sismo que golpeó a tantos seres humanos es algo asombroso, en medio de la tragedia porque hace renacer lo humano y se pasa por encima a todas las divisiones ideológicas y culturales, barre la tinta de los escribidores del libreto mediático y saca el barro de los ojos para ver la realidad.

Porque el dolor que están pasando en Venezuela, con tantos acontecimientos políticos, sociales, espirituales y ahora también naturales, despierta la conciencia adormecida de una parte de la aldea global. Es casi un milagro, si lo analizamos bien. Liberarse por un momento de la camisa de fuerza de la alienación constante a la que somos sometidos desde la colonización ideológica y tecnológica, y preguntarnos por el sentido de las cosas.

Una vez más la vida nos tira el guante en la cara y nos desafía. El hombre, no solo es emoción y entretenimiento, es deseo, es libertad, es trascendencia. Pero desde la modernidad la racionalidad que siempre lo ha acompañado en su camino de libre albedrío, gracias a la inteligencia, la voluntad y la memoria, se ha convertido en un ismo que adormece en la práctica lo que en su discurso dice despertar.

Es la paradoja de las izquierdas y derechas caviar, que son hijas de la misma madre “revolucionaria”, ese ismo que ha convertido el estado en un idolito que trata de imitar a la cohesión espiritual de las naciones, trata de emular al espíritu humano, a la par de fragmentarlo y censurarlo. Una esquizofrenia desquiciante que llamamos fin de época.

Es verdad que el camino del dolor no lo deseamos. Pero, misteriosamente, cada vez que ocurre algo así se manifiestan aspectos entrañables de nuestra condición humana. La empatía, la solidaridad, el amor desinteresado, la ayuda mutua, el deseo de bien.

La falsa seguridad de las intervenciones políticas y financieras, del totalitarismo, incluso de esas seudorreligiones que afearon los actos comunitarios de la Fiesta de San Juan en Venezuela, con sus ritos satanistas, promovidos por el llamado “Ministerio del Poder Popular”… todo se viene y se puede seguir viniendo abajo en unos minutos. Heridas las ovejas, huyen el lobo y el falso pastor. Y lo único que salva de la locura y de la desesperanza en estos momentos es saberse queridos, importantes, acompañados.

De alguna manera, la vida se las arregla para resurgir, limpiar y sanar con un agua bendecida, el agua de la mano humana extendida, el agua de los sin poder, de los quebrantados y humillados por todos los sistemas. El agua de la humanidad que trasciende porque tiene vocación para manifestar bondad, bien y belleza, a imagen del Creador.

Paraguay sabe muy bien por su historia lo que es ese camino de dolor y resistencia, de identidad y valor a toda prueba. Y quizás por ello, en vez de desesperación, puede transmitir a los hermanos tan queridos de Venezuela, un mensaje sincero: Dios escucha el clamor de los pequeños, el grito del silencio, y ya está actuando en medio del aparente caos. Venezuela renacerá apoyado en ese amor a la humanidad.

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