15 jul 2026

Diplomacia para apagar incendios

Las relaciones internacionales suelen asociarse con grandes crisis, conflictos armados o negociaciones históricas. Sin embargo, gran parte del trabajo diplomático cotidiano consiste en gestionar incidentes menores antes de que se conviertan en problemas mayores. La reciente controversia entre Paraguay y Francia es un buen ejemplo de esto.

Los comentarios desafortunados en redes sociales de la senadora Celeste Amarilla dirigidos a Kylian Mbappé escalaron desde el plano deportivo al diplomático, con pronunciamientos públicos por parte del

Gobierno de Macron, la Federación Francesa de Fútbol y hasta de la Oficina de Derechos Humanos de la ONU. Por su parte, un año antes, tampoco habían pasado desapercibidas las declaraciones del embajador francés Pierre-Christian Soccoja sobre los frecuentes viajes internacionales del presidente Santiago Peña, interpretadas como una crítica a su gestión. Si bien ninguno de estos episodios constituye una crisis bilateral, ambos ilustran una realidad poco visible donde la diplomacia actúa en paralelo precisamente para administrar desacuerdos, incomodidades y malentendidos entre Estados.

Cuando surge una controversia, los Estados cuentan con una serie de mecanismos tradicionales para canalizar su descontento. En el evento más reciente, el manual diplomático se desplegó rápidamente con aclaraciones públicas por parte de Cancillería y el Congreso para marcar distancia sobre las declaraciones de la senadora paraguaya.

En el caso del embajador francés los mecanismos fueron un poco más allá, con la convocatoria del embajador Soccoja por parte del MRE paraguayo, gestiones reservadas entre embajadas y, finalmente, una declaración pública de la Embajada Francesa lamentando las interpretaciones.

Con pocos instrumentos ambos cruces fueron desactivados, pero el repertorio disponible es más amplio. Las aclaraciones públicas moderadas, las declaraciones de Cancillería y las gestiones reservadas entre instituciones son la base para enfriar cualquier roce diplomático. En casos más delicados, la convocatoria del embajador es el primer escalón, y si eso no alcanza, existen las notas de protesta formal y los intercambios entre ministerios y embajadas.

Por último, en casos más graves, se puede declarar persona non grata, que obliga al diplomático a abandonar el país, y en el extremo, el retiro de embajadores o la ruptura de relaciones. Todos son instrumentos quirúrgicos, graduados, pensados para dar tiempo a la política de encontrar salidas antes de que el daño sea irreversible.

La diplomacia moderna funciona sobre una premisa simple, entendiendo que los Estados tienen intereses permanentes y los incidentes son pasajeros. Ambas partes tienen incentivos suficientes para evitar que declaraciones aisladas definan el vínculo bilateral. Sin embargo, en un mundo hiperconectado, lo que se dice para una audiencia local puede tener repercusiones internacionales inmediatas.

Teniendo eso en mente, el desafío es dimensionar que quienes ocupan cargos públicos, ya sean representantes, funcionarios o diplomáticos, no hablan únicamente en nombre propio. Esto implica una responsabilidad adicional que no siempre parece estar plenamente incorporada a la cultura política. Probablemente, seguiremos viendo episodios de este tipo, por lo que la cuestión real no es cómo evitar por completo estas situaciones (siendo esto inevitable), sino cómo responder a ellas. Y es ahí donde la diplomacia continúa demostrando su principal virtud al ofrecer mecanismos para administrar diferencias sin convertirlas en conflictos.

  • En casos más graves, se puede declarar persona non grata, que obliga al diplomático a abandonar el país.

Investigadora Asociada del Centro Interdisciplinario de Investigación Social (CIIS)

Investigadora Asociada del Centro Interdisciplinario de Investigación Social (CIIS)
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