El incidente protagonizado días atrás por un cliente de la empresa Tigo y sus guardias de seguridad en la sucursal de Palma develó que las empresas prestadoras de servicio olvidan que su misión principal es justamente eso: el servicio. Y para ser más preciso (por no decir obvio o básico), el buen servicio, ya que de otra forma no las contrataríamos.
No solamente Tigo ofrece un trato poco agradable a sus clientes. Las demás telefónicas, que irónicamente aprovecharon la situación para vanagloriarse y embanderarse como los defensores de los usuarios, también tienen severas falencias en sus prestaciones. Nada hay que festejar para las otras compañías, por más que abran sus locales una hora más, coloquen alfombras rojas o sus guardias dibujen sonrisas con buen talante. El reclamo del usuario no pasa por ese lado.
Y el problema tampoco queda solo ahí, casi todos los negocios del rubro de servicios incurren en un trato descortés, completamente carente de tacto y los guardias de seguridad no son los responsables exclusivos. Los clientes comentaron en las redes sociales que los empleados de los bancos, financieras, cooperativas y supermercados también maltratan a sus clientes, ya sea verbalmente o mediante el lenguaje no verbal (mala predisposición).
Se puede entender que los guardias de las entidades financieras estén con una presión constante, reflejada en sus miradas y en sus palabras (o ausencia de las mismas) cuando se les consulta algo. Ellos están entrenados para dudar de todos y para estar listos ante cualquier emergencia. Pero lo que no concibo es que los propios empleados de las compañías (en especial las multinacionales) lleguen a ser groseros con sus usuarios, porque se supone que están tratando de venderles algún producto o servicio.
Lo peor de todo es que la relación empresa-cliente en Paraguay ya raya el masoquismo. El consumidor es maltratado y odia a su proveedora de servicios, pero igual se queda con ella. ¿Y por qué? Porque sencillamente la competencia es igual de mala o incluso peor. Así también se denota la ausencia de regulación del Estado, tanto en el sector financiero como en el de servicios.
La puerta que se rompió en Tigo es un hecho simbólico, y probablemente quede en el anecdotario, pero evidencia el trato al cliente en el país. Los locales cierran antes de tiempo y cuando se necesita la ayuda de las empresas (reclamar), ellas nunca están. Sin embargo, a la hora de colocar un producto y romper la billetera demuestran todas las energías. El Estado debe sancionar a las compañías y defender, de verdad, a los consumidores.