15 jul 2026

Racismo cromosómico

En estos tiempos en que la vida humana está tan despreciada, trivializada y vaciada de sentido y dignidad, hasta el punto de que –como ocurrió días atrás– un youtuber estadounidense, junto a su pareja, es capaz de anunciar en redes sociales que decidieron eliminar al hijo en gestación tras un diagnóstico prenatal de síndrome de Down (Trisomía 21) e incluso recibir el apoyo de la gente, vale la pena recordar al gran científico y nominado Premio Nobel, profesor Jérôme Lejeune (1926-1994), cuyo centenario de nacimiento se recuerda este mes de junio.

Este notable médico e investigador francés, justamente descubridor de la anomalía cromosómica responsable de la trisomía 21 y considerado uno de los padres de la genética contemporánea, dedicó toda su carrera al acompañamiento y defensa de las personas con síndrome de Down, resaltando con fuerza toda su dignidad, riqueza y potencial. Supo percibir y exponer una belleza humana profunda, existencial, que escapaba y escapa de las medidas y cálculos de la mentalidad común.

Como lo señaló recientemente León XIV en audiencia con los miembros de la Fundación que lleva el nombre de este científico y que continúa su obra, el profesor Lejeune –dijo el Papa– ya había alertado sobre el uso de su descubrimiento en contra del ser humano, denunciando así, en su momento, lo que llamaba adecuadamente el “racismo cromosómico”.

Por esta razón, precisó León XIV, no dudó en convertirse en “su abogado”, denunciando la “transgresión del juramento hipocrático y este nuevo eugenismo”. Sin dudas, un “racismo” normalizado y hasta protegido y apoyado por los estados “progresistas”; una discriminación que asesina seres humanos y que es considerada “positiva” y presentada como un “derecho” en países con legislaciones inhumanas, que consideran al ser humano un objeto a ser descartado según la visión de los que ostentan el poder de turno, y que tuvieron la fortuna de que alguien los dejó nacer.

Más tarde, junto a sus colaboradores, Lejeune descubrirá también el mecanismo de otras patologías cromosómicas, abriendo así la vía a la citogenética y la genética moderna. Demostró científicamente la unicidad de cada ser humano en gestación, concepto capital para comprender que cada persona es única e irrepetible; como yo no ha habido ni habrá otro nunca.

Pero el profesor Jérôme también es un claro ejemplo de ética y amor a la verdad más que al propio beneficio. Nominado para el Premio Nobel, prefirió perder este galardón en vez de ocultar las evidencias científicas sobre el estatuto humano del embrión desde la concepción.

“La naturaleza del ser humano está contenida tras la concepción en el mensaje cromosómico, lo que le diferencia de un mono o de un pato. Ya no se añade nada. El aborto mata al feto o embrión, y ese feto o embrión, se diga lo que se diga, es humano”, afirmó en su famoso discurso en San Francisco (EEUU), al recibir el Premio William Allen, la más alta distinción en el ámbito de la genética, provocando el rechazo de organizaciones que lucraban con este método, y quedando fuera de lo “políticamente correcto” para sectores del poder. El impacto fue inmediato, tuvo que enfrentar el recorte de presupuestos y donativos para las investigaciones a favor de niños con síndrome de Down.

Si realmente buscamos el bien común, término muy en boga actualmente, urge proteger la vida humana de los más débiles y vulnerables, aunque nos cueste o vaya contra nuestras ideologías o planes. La verdad exige sacrificios. Es una cuestión de uso adecuado de la razón.

Es contradictorio y falso plantear el bien común excluyendo a personas frágiles, simplemente porque no concuerdan con el macabro esquema actual de quién merece vivir y quien no, aplicándoles la pena de muerte “legal y segura”.

Reconocer y respetar la dignidad inviolable e intocable de cada ser humano, más allá de su situación, realidad o “productividad social” sigue siendo la indiscutible característica de una sociedad que apuesta a la razón y también a la ciencia, y establece un muro valorable contra la deshumanización.

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