Lo que voy a comentar pertenece aún al terreno de la ciberseguridad, pero exige nuestra atención inmediata, pues pronto podría irrumpir en la política. A fines de julio de 2026, se reportó que modelos de inteligencia artificial (IA) de Anthropic habrían vulnerado sistemas reales de otras empresas durante un ejercicio de prueba que debía estar aislado de internet. Este hecho ocurrió apenas días después de que un modelo de OpenAI lograra evadir los controles de un laboratorio cerrado para infiltrarse en servidores externos.
Aunque distintos, ambos incidentes revelan la misma falla estructural; es decir, la limitada capacidad humana para controlar plenamente estos sistemas. Estos hechos sugieren que la IA está rompiendo la barrera de la previsibilidad. Los modelos comienzan a exhibir comportamientos complejos, pues evalúan escenarios, eligen tácticas de manipulación y actúan en contra de las instrucciones de sus diseñadores, incluso cuando han sido entrenados explícitamente para no hacerlo.
Las implicancias para la política son profundas. Desde Aristóteles, entendemos esta disciplina como una actividad de seres que deliberan, actúan y organizan el gobierno de su comunidad. A lo largo de la historia, las herramientas políticas de persuasión, presión y movilización han mutado muchas veces. Giuliano da Empoli, en Los ingenieros del caos (2019), describió cómo explotar la emocionalidad en las redes sociales se convirtió en un recurso técnico para polarizar el debate público, diseñado por estrategas conscientes de su valor político. Sin embargo, hasta hoy siempre han sido mentes humanas las que operan estas acciones.
Hoy, el avance hacia la autonomía de la IA nos sitúa a las puertas de un escenario inédito marcado por la introducción de un agente no humano en el terreno político. Hablamos de sistemas capaces de fijarse objetivos, operar sin supervisión y actuar a una velocidad que ninguna institución democrática puede igualar.
Si las plataformas digitales ya demostraron ser herramientas eficaces para sembrar polarización y desconfianza, la IA autónoma emerge como un agente capaz de ejercer ese poder con un alcance y una eficiencia sin precedentes. Si a esto le sumamos el acelerado debilitamiento global de los partidos políticos –instituciones cuya función primordial es estabilizar las preferencias y, en democracia, han servido para prevenir salidas autoritarias o rupturistas–, el escenario se vuelve críticamente delicado.
El llamado a la acción es impostergable. Paraguay no puede permitirse llegar tarde ni ausentarse de la discusión sobre el rol de la IA en el futuro de nuestra sociedad. En medio de las urgencias cotidianas del país, este tema exige un lugar en la agenda pública, al menos entre los sectores que valoran la democracia. Necesitamos abrir espacios de diálogo amplios para entender estos procesos, anticipar amenazas y diseñar mecanismos de contención, antes de que el fenómeno nos rebase y ya sea demasiado tarde.
* Investigador del Centro Interdisciplinario de Investigación Social (CIIS).