En el lenguaje paraguayo, “tocar la oreja” no es un gesto de cariño. Es una provocación que precede al intercambio de golpes. Es el desafío típico de las riñas de barrio –Epoko che nambíre reñanimárõ– que anticipa la pelea.
Es lo que le han hecho a don Horacio.
Ese es el aspecto más insólito de la crisis que ocurre en el movimiento que, no por casualidad, lleva sus iniciales. Es un movimiento nacido de su billetera y consolidado con su dedo trémulo que ungía y destituía. Alliana y Peña son hijos de ese dedo.
Don Horacio, el líder más fuerte de la ANR desde la época de Stroessner, siempre fue el que tocaba orejas, nunca el tocado. Hasta ahora. Es ese carácter inédito lo que vuelve atrapante al conflicto.
El Quincho, ese sancta sanctorum donde se cocinaban las candidaturas, el santuario donde se tomaban las decisiones antes de ser anunciadas al público, el cenáculo al que acudían los fieles con la esperanza de una foto, se ha convertido en un ring. Antes se entraba allí a recibir órdenes; ahora se sale a dar declaraciones de guerra.
Ese viejo engaño colorado de ser oficialismo/oposición ahora se replica en el microcosmos del cartismo. ¿Ha surgido un “peñismo”? Hasta hace poco, eso era impensable. Por eso los trolls y perifoneros del cartismo andan desconcertados. Esos valientes soldados del teclado que durante años tiraron munición gruesa contra la oposición están mudos o postean cosas confusas.
No saben a quién insultar. ¿Al presidente? ¿Al vicepresidente? ¿Al líder del partido? El manual de instrucciones se quedó sin modo de empleo.
La confrontación es novedosa, pero no abrupta. Hubo señales, inicialmente difíciles de interpretar. El cuestionamiento a ueno bank fue el disparador. Los senadores cartistas –Bachi Núñez, Natalicio Chase, Antonio Barrios y Gustavo Leite– pedían informes sobre el banco ligado al presidente, y Leite soltaba advertencias inusuales: “La cúpula de Honor Colorado no dará su respaldo al Gobierno si los resultados son negativos”.
La impaciencia de Cartes, visiblemente irritado –”Ipukuma hina”–, dando por sentada la dupla Alliana-Baruja, motivó la respuesta del vicepresidente a través de un casi insolente –para la liturgia cartista– comunicado: “Como candidato, mantengo firme mi postura de que la designación del candidato a vicepresidente la realizaré una vez concluido todo el proceso electoral municipal”. Y luego, la frase desafiante: “No voy a aceptar ninguna imposición. Si es así, haré yo mi camino”. Algo se ha roto en el movimiento hegemónico.
Quedarán algunas preguntas. ¿Cómo se dividen las aguas? ¿Son los gobernadores enfrentados a senadores con cero votos? El diputado Hugo Meza lo dijo con crudeza: “El presidente Cartes está rodeado de unos cuantos sin votos”. Habla de un bloque consolidado de gobernadores y diputados con “tracción real de votos” que exige ser escuchado. ¿Es el territorio contra la burocracia partidaria?
La ANR siempre tuvo esa tensión soterrada. Los gobernadores del interior, con poder territorial, versus los operadores de Asunción, con poder de decisión.
La dupla de Cartes es contestada. Baruja, el elegido, no tiene estructura propia. Y ese es precisamente el problema: Cartes quiso imponer a alguien que no le dispute nada. Y Alliana se rebeló contra eso.
¿Qué pasará? La respuesta honesta es no se sabe. Pero lo que ocurra tendrá consecuencias nacionales. El Partido Colorado no es un club de amigos. Es la estructura de poder más formidable del Paraguay. Por eso, hay que tomar en serio lo que pasa. Este partido, cuando de conservar el poder se trata, es capaz de todo. Fueron colorados los que derrocaron a Stroessner, los que mataron a Argaña, los que derrocaron a Fernando Lugo. La historia colorada está llena de cadáveres políticos, algunos literales.
Y, sobre todo, nunca hay que perder de vista que la pelea de fondo no es por ideología, principios o proyectos de país, es por negocios. Es por el control de las instituciones que reparten contratos, licitaciones, cargos, prebendas.
La verdadera pregunta es: ¿Quién controla el dinero?