Sábado|3|DICIEMBRE|2008
A fines agosto pasado la Comisión de Verdad y Justicia presentó el informe final de sus cuatro años de investigaciones sobre las violaciones de derechos humanos ocurridas durante la pasada dictadura y los siguientes quince años de transición democrática. Se trataba, en realidad, del primero de los ocho tomos de las conclusiones, que terminarán de editarse en estos días. Al entregarme un ejemplar del citado informe, mi buen amigo, el doctor Juan Manuel Benítez Florentín, vicepresidente de la citada Comisión, me hizo un justificado reclamo: a pesar de que yo le había dedicado varios comentarios al desarrollo de los trabajos, no había escrito ninguna línea sobre ese logro significativo. Ambos sabíamos, sin embargo, que detrás de ese fraternal reproche había algo más.
Es que, a mediados de 2005, cuando la Comisión de Verdad y Justicia parecía estancada en sus investigaciones a raíz de que el Ejecutivo no le liberaba fondos presupuestarios y de que los partidos políticos miraban su trabajo con indiferencia, un conflicto generado al interior de la misma Comisión había ocasionado la salida de algunos de sus colaboradores. Con la sensación pesimista de que los ansiados trabajos no llegarían jamás a buen puerto, escribí entonces una columna en la que eximía de culpa al stronismo y se la atribuía a los propios demócratas, incapaces de ponerse de acuerdo en temas fundamentales.
La decepción que me producía el hecho de que, pese al paso de los años y al hallazgo de los Archivos del Terror, la sociedad paraguaya avanzaba a pasos de tortuga en el proceso de conocer la verdad y juzgar a los culpables de los crímenes de la dictadura, me llevaba a concluir que los stronistas volverían a salirse con la suya. Finalmente, la propia creación de una Comisión de Verdad y Justicia había tardado una década y media.
Se trataba, lo noté después, de una exageración injusta que había apenado a otros miembros de la Comisión, todos ellos conocidos míos. Exceso que, además, quedaba en evidencia con el Informe Final que Papi Benítez ponía en mis manos, con un tonito que delataba sus ganas de decirme que ahora podía tragarme mis palabras. La Comisión había hecho un gran esfuerzo y, pese a las dificultades, había logrado culminar una investigación nunca antes realizada sobre nuestro pasado reciente.
Este amplio Informe permite comprender por qué fue posible el stronismo, establecer los responsables de las violaciones a los derechos humanos, recomendar medidas para el futuro y cerrar una larga deuda con las víctimas de la violencia estatal. El Informe está allí. Corresponde ahora que el Estado y las organizaciones de la sociedad civil no lo dejen dormir en los anaqueles de las bibliotecas y le den vida impulsando las acciones históricas, políticas y jurídicas que se abren a partir de esta investigación.
Por mi parte, no me queda más que reconocer que mi premonición estaba equivocada. Algo que hago con gratificante tranquilidad, pues hay pronósticos que uno hace, deseando estar equivocado. Y este fue uno de ellos.