12 abr. 2026

¿Por qué les molestó Bad Bunny? Paraguay en el espejo del Super Bowl

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Bud Banny durante su show en el Super bowl

El Halftime Show de Bad Bunny en el Super Bowl rompió internet. La cantidad de atención, debate y polarización en torno a su significado y validez como acto político lo han convertido en un acontecimiento de importancia política innegable. Pero ¿por qué? ¿Y por qué tanta polarización? ¿Y por qué siquiera les importa a los paraguayos?

Antes de intentar responder, alisto los tres tipos de reacciones que he visto, dejando de lado las reacciones abiertamente xenófobas y supremacistas blancas provenientes de Estados Unidos. La primera, que adelanto fue mi propia reacción, han sido expresiones de identificación. Una gran cantidad de personas, al verse a sí mismas, a sus familias y sus vidas presentes en ese escenario, reaccionaron compartiendo la alegría y la celebración del espectáculo.

Segundo, una fracción de la izquierda acusa a este primer grupo de ingenuidad y de caer en una disputa identitaria superficial y extraviada, señalando que una actuación corporativa de un millonario cuya música es mayormente hueca y misógina no es ninguna revolución.

Una tercera reacción, que admito me tomó por sorpresa, ha sido un rechazo muy vocal de la presentación por parte de lo que percibo como una mezcla de conservadores y progresistas de clase media o aspirantes a la clase media, que expresan específicamente desdén por el reguetón por el acento puertorriqueño, por Bad Bunny en particular, u otras formas de vergüenza codificada y contraidentificación que dejan en claro públicamente que no se sintieron representados por el espectáculo.

En general, soy extremadamente escéptico del potencial político de la cultura pop y del potencial liberatorio de productos corporativos. Sin embargo, vengo de una familia de migrantes paraguayos en Estados Unidos, he trabajado en Puerto Rico y tengo un vínculo importante con ese país, así como con los barrios latinos de ciudades como Chicago y Nueva York, donde he vivido. Aun así, me sorprendió que mi escepticismo se viera sobrepasado por lo que recibí como una representación muy cuidadosa y cariñosamente construida de la latinidad. Pero entender lo que está pasando políticamente requiere ir más allá de mis propias reacciones emocionales y de las otras que describí.

Entonces, primero, ¿cuáles eran las representaciones? El performance comenzó con un retrato de la historia agraria y colonial de Puerto Rico: Cosechadores trabajando en los cañaverales. Estableció de inmediato la conexión de ese origen con la identidad urbana de la diáspora caribeña contemporánea: Señores jugando damas, chicas trabajando como manicuristas, jóvenes en una barbería, la señora que atiende en una bodega y puestos de comida decorados como en todos los barrios latinos de todas las grandes ciudades de Estados Unidos. Luego, Bad Bunny cae por el techo a la sala de una casa típica de clase trabajadora puertorriqueña, y lo que encuentra es una celebración conjunta; por un lado, la sexualidad popular, con cuerpos morenos perreando al reguetón, llevando la ropa callejera que se ve en todo el continente; por el otro, la familia latina en plena fiesta de boda, completa con un niño durmiendo sobre dos sillas. Más adelante aparece una crítica a la administración catastróficamente inepta y corrupta de la empresa pública de electricidad de Puerto Rico –algo que debería resonar en Paraguay– antes del final donde Bad Bunny nombra a todos los países de América para afirmar que “seguimos aquí”. Aquí es donde el mensaje del performance se aclaró y donde se desata la polémica. ¿Quiénes “seguimos aquí”?

El contexto Estadounidense

El Gobierno de Estados Unidos, en medio de una profunda crisis de liderazgo global, ha llevado al país al umbral de una guerra civil. El año pasado, el Congreso multiplicó por diez el presupuesto de la agencia de Control de Migración y Aduana (ICE) –de 6 mil a 85 mil millones de dólares– creando una fuerza paramilitar armada explícitamente dirigible contra poblaciones inmigrantes. 2025 fue ya el año más mortífero del ICE en dos décadas y en las primeras semanas de 2026, las redadas en escuelas, iglesias y negocios de comunidades inmigrantes, junto con el asesinato público de dos observadores blancos, ciudadanos estadounidenses, en Minneapolis, han dividido al país y llevado a autoridades estatales y municipales a movilizar a sus policías para defender a residentes de Minnesota contra los agentes del ICE, un potencial enfrentamiento entre dos fuerzas estatales fuertemente armadas.

Para ser muy claro: Las políticas migratorias racistas y violentas fueron implementadas por gobiernos anteriores, incluido el de Barack Obama, el primer presidente negro en la historia del país. Pero en el segundo mandato de Trump, estas políticas no son una agenda semiescondida que contradice discursos de democracia y progresismo racial. Trump las ha continuado, afirmado y desplegado abiertamente como pieza central de su estrategia para consolidar la base republicana en torno al nacionalismo blanco. Estas acciones, aterrorizar y expulsar a minorías inmigrantes como parte de una visión revanchista para “hacer a Estados Unidos grande otra vez”, sumadas al creciente control estatal de la economía (como la adquisición de grandes participaciones en Intel y en empresas de metales de tierras raras) y al establecimiento a ICE como una fuerza paramilitar, completan la lista de características que Michael Mann (2004) identificó en su estudio canónico sobre los regímenes fascistas de principios del siglo XX. Como he escrito en esta columna, Trump ha complementado estas estrategias internas con un retorno explícito a políticas exteriores abiertamente imperialistas: La invasión de Venezuela, la instrumentalización de aranceles y sanciones económicas, la destrucción del multilateralismo, la propuesta de convertir Gaza en un desarrollo inmobiliario privado y, más recientemente, el giro contra los aliados europeos y la intensificación del bloqueo a Cuba.

En ese contexto, Bad Bunny nos dice que los que “seguimos aquí” son los de cuerpos morenos y obreros que hace siglos trabajan los cañaverales y hoy cruzan fronteras, arreglan uñas, cortan pelo, venden en bodegas y, ahora mismo, son brutalizados por ICE. Siguen ahí, no solo después de siglos de dominación colonial, sino también en el medio del intento de Trump de resucitar el Imperio estadounidense. Fue una provocación explícita al proyecto político del gobierno en el evento corporativo anual más importante de la cultura blanca de Estados Unidos.

Por supuesto, eso no lo hace menos corporativo. Podemos especular que la NFL lo permitió solo por interés económico en el público latino. El capitalismo mercantiliza todo, incluso la resistencia. Pero el capitalismo no es monolítico. En este mismo momento, en Estados Unidos, la industria tecnológica más concentrada del mundo financia el proyecto nacionalista blanco de Trump, mientras la industria del entretenimiento, la NFL incluida, trabaja activamente para deslegitimarlo. Una misma economía puede albergar, al mismo tiempo, la redada migratoria y la celebración de quienes la sufren. Ambas cosas son ciertas y esa contradicción no es un accidente. Es el terreno donde se juega la política.

Escuchar a Bad Bunny en Paraguay: Raza negada, desprecio nombrado

Acá en Paraguay, lejos de la disputa cultural de EEUU, mucha gente también rechazó el performance. ¿Por qué? Francamente, es una cuestión de raza, clase y la disputa de la respetabilidad. El reguetón no es chuchi, es lo que escucha la gente morena. Cuando alguien dice “no puedo creer que a eso le llamen música”, en el fondo está marcando distancia de los cuerpos trabajadores no blancos. Esto pasa en Paraguay, aunque –o quizás porque– la conciencia racial está profundísimamente sublimada. El color de piel sigue siendo un predictor fortísimo de poder político y económico en Paraguay. Sin embargo, si uno pregunta a un paraguayo qué significa ser “mestizo”, es difícil esperar una respuesta coherente. De algún modo, pasamos de una jerarquía colonial de castas exquisitamente detallada a una jerarquía racial objetivamente evidente, pero casi sin categorías raciales socialmente comprensibles. Algo similar podría decirse de las jerarquías sexuales y de clase.

Los rechazos automáticos e irreflexivos de la imagen de una latinoamerica morena, obrera y reguetonera, para mí, señalan la urgencia de reconstruir la historia de la formación de las identidades paraguayas. Es una tarea inmensa para las ciencias sociales, con consecuencias políticas concretas para entender qué es nuestra sociedad, a quiénes pertenece, qué significaría democratizarla y qué acciones deberíamos tomar para hacerlo.

Pero esa tarea no termina en la producción académica: Falta que penetre el sentido común. Para quienes buscamos liberarnos de las opresiones y desigualdades que atraviesan el país, el trabajo puntual no es tomar partido en la polarización sobre si Bad Bunny fue o no políticamente correcto. Es entender el potencial creativo y contestatario de las contradicciones que encarnó su performance.

Politólogo e investigador de economía política.
Ph.D. del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT)
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