Estábamos compartiendo con mi familia una conversación cuando nos enteramos y la verdad es que no pudimos evitar las lágrimas, el sentimiento de impotencia, el deseo de que hubiera sido distinto. Sentimos mucho.
No faltaron los comentarios sobre “activar más protocolos”, apoyar con más eficiencia a las personas y a los familiares de quienes sufren trastornos, sobre el cómo quisiéramos que este u otro factor se hubiera dado de otro modo para que no muriera este niño y para que ningún niño pase por algo así.
Y, como escribí al inicio, a primera vista es obvia esta reacción. Sin embargo, profundizando un poco más en ello, nos damos cuenta de que, en realidad, este es uno de los momentos en que emerge nuestra identidad cultural característica, la comunitaria.
Si nos conmovemos y hasta nos quejamos de este u otro elemento implicado, es porque la vida de este niño a quien no conocemos nos resulta valiosa. También la solidaridad de la mayoría y hasta el enojo de algunos son frutos de una clara percepción de que somos todavía una sociedad capaz de empatizar humanamente, a pesar de todo lo que hemos sufrido y dejado de compartir en los vecindarios por temor o por distracción.
Yo he visitado Pilar varias veces y siempre me he admirado de su estilo de vida comunitario, es uno de los pueblos del interior que más apacible y agradable me resultaron siempre. Por eso, desde el primer momento, supe que el niño estaba siendo buscado y que el dolor era compartido por la mayoría absoluta, aunque sus manifestaciones sean diferentes según sea nuestro temperamento y confianza o desconfianza en el sistema.
¿Por qué nos importa Alexander? Algunos analistas insisten en que la consideración hacia su dignidad es una cuestión de discursos grandilocuentes, documentos, estructuras, medios materiales… y todo ello es también interesante tenerlo, pero lo primero y esencial es que en nuestra cultura se valore la vida humana, se la considere un don, un bien intrínseco, independientemente de sus características externas particulares, sus dificultades o desafíos. Eso es bueno.
Los paraguayos tenemos la costumbre de flagelarnos con la autocrítica. En vez de señalarnos los aspectos por mejorar en nuestra convivencia y de actuar en consecuencia, parece que nos gusta hablar mal de nosotros mismos hasta lastimarnos. Y, sin embargo, este tipo de sucesos como el que se dio con el niño Alexander se da en cualquier lugar del mundo, algunos niños incluso lo viven en países con una total oscuridad en materia de humanismo, en sistemas de vida muy protocolizados, muy documentados, muy respaldados materialmente, pero totalmente indiferentes a la vida de los demás.
Partamos de ese principio de bien que tenemos para sacar afuera pensamientos, sentimientos, acciones y deliberaciones del mejor porte posible. Pensemos sobre todo en la familia, en la comunidad educativa del niño, en sus compueblanos. Nuestra fuerza como nación radica justamente en nuestra gente de a pie, no en ese o aquel poder político, mediático o económico. Estos son los momentos en los que toca demostrar esa nobleza de espíritu al estilo del pueblo paraguayo. El poder abrazar, acompañar en silencio, orar, expresar consideración y empatía hacia esa familia en luto, sin necesidad de apropiarnos del escenario ni pretender tener todas las respuestas ante la realidad que nos supera, con una sana modestia y respeto por el enorme misterio que encierra la muerte de un inocente, es una forma concreta y positiva de demostrar quienes somos y por qué nos importa Alexander, uno de los nuestros, una personita única e irrepetible que siempre vivirá en el corazón de los suyos, sin duda.