La economía paraguaya atraviesa un momento positivo, con crecimiento acelerado y baja inflación. Sin embargo, ese desempeño enfrenta amenazas externas e internas que exigen ajustar la política económica.
El entorno internacional se ha complicado: el fuerte aumento del diésel encarece el transporte y la producción, mientras los elevados déficits fiscales y las grandes inversiones en IA en economías avanzadas presionan las tasas internacionales. A ello se suman la depreciación del real y la desaceleración de Argentina y Brasil.
En el plano interno, el país enfrenta tres problemas parcialmente autoinfligidos: la excesiva apreciación del guaraní, el debilitamiento de la disciplina fiscal y la pérdida de confianza en el BCP. Estas situaciones se refuerzan y aumentan nuestra vulnerabilidad externa.
El primer desafío es cambiario. Un dólar bajo abarata las importaciones y contiene algunos precios, pero perjudica a quienes exportan en dólares y pagan sus costos en guaraníes. También encarece al Paraguay en dólares y lo hace menos previsible para la inversión. Además, tiene un costo fiscal: disminuye el valor en guaraníes de los impuestos a las importaciones y de los ingresos de las binacionales, en una magnitud que supera el ahorro en la deuda externa.
El problema se complica porque en Paraguay el guaraní y el dólar circulan libremente. Cuando los ahorristas venden dólares para obtener mayores rendimientos en guaraníes, esperando nuevas apreciaciones, aumentan la oferta de divisas y refuerzan la caída del dólar. Esa caída también abarata las cuotas de los préstamos en dólares y estimula el crédito en esa moneda, que aumenta al doble del ritmo del crédito en guaraníes, creando nuevos riesgos cambiarios. Si los deudores venden dólares para cubrir gastos locales, la apreciación se retroalimenta.
La ausencia del BCP del mercado cambiario privado puede afectar negativamente las expectativas, alimentando una fuga del dólar y generando incertidumbre sobre el futuro. Así, la caída del tipo de cambio podría superar lo que justifican factores económicos, como la productividad y la balanza de pagos. Ante esos efectos, resulta difícil comprender por qué las autoridades insisten en mantener la actual política.
El segundo desafío es fiscal. La reducción del déficit se postergó hasta 2028, un año electoral, lo que genera dudas sobre su cumplimiento. Hasta septiembre, el gasto creció mucho más que los ingresos, con una recaudación tributaria estancada pese al crecimiento económico. El MEF proyecta un déficit del 3,2% este año y 3,7% para 2027, aunque podrían ser superiores debido a proyecciones de ingresos basados en supuestos poco realistas.
Parte de ese gasto responde a necesidades legítimas: servicios esenciales, inversiones y pago de atrasos. Pero deben financiarse sosteniblemente. Los déficits persistentes presionan las tasas de interés cuando el Gobierno compite con familias y empresas por el crédito, y la deuda externa expone al país a las tasas internacionales y al riesgo cambiario. Si se erosiona la credibilidad fiscal, los acreedores exigirán mayores intereses.
El tercer problema concierne a la confianza en la supervisión bancaria. Un banco local reconoció requerimientos del supervisor sobre límites a operaciones con empresas vinculadas y afirmó haber corregido la situación. El BCP aseguró que el sistema funciona normalmente e informó de un sumario administrativo. Nada de esto demuestra insolvencia ni crisis, pero sí amerita explicaciones claras.
Paraguay debe actuar antes de que estos desafíos se agraven y las soluciones sean más costosas. Preocupa que, mientras la dirigencia política concentra anticipadamente su atención en la sucesión del 2028, la economía parezca desatendida. ¿Qué hacer?
En primer lugar, el BCP debe preservar su independencia operativa y mantener el control de la inflación como guía de la tasa de política monetaria. Pero también recuperar una presencia estabilizadora en el mercado cambiario, moderando movimientos bruscos mediante intervenciones transparentes, sin imponer un tipo de cambio artificial. Puede aprovechar el dólar barato para acumular reservas y asesorar al MEF en el prepago de deuda externa.
En segundo lugar, el Gobierno necesita poner en marcha un programa creíble de reducción plurianual del déficit, con metas y medidas verificables. Esto requiere presupuestos con ingresos realistas, identificar atrasos, eliminar compromisos sin financiamiento, mejorar las compras públicas y proteger gastos esenciales. También exige combatir la evasión, corregir debilidades aduaneras y eliminar exoneraciones injustificadas. La disciplina fiscal no consiste en desatender necesidades sociales, sino en priorizarlas y explicar cómo se financiarán.
Finalmente, el BCP debería explicar cómo identifica empresas vinculadas a instituciones financieras, controla límites, exige correcciones y verifica la reducción de riesgos, así como las actuaciones realizadas y los resultados que pueda divulgar. El secreto bancario no impide rendir cuentas y las explicaciones tardías alimentan rumores.
A pesar de estos desafíos, Paraguay atraviesa un buen momento. Las autoridades, que lograron el grado de inversión y proyectaron exitosamente la marca país al mundo, tienen los instrumentos para enfrentarlos. Pero deben reaccionar porque ese buen desempeño no está garantizado. Si actúan ahora —fortaleciendo la gestión cambiaria, recuperando la disciplina fiscal y fortaleciendo la supervisión bancaria— será posible sostener el crecimiento y evitar ajustes costosos en el futuro.