13 jul 2026

“Pocos escritores pueden darse el lujo de vivir solo de la literatura”

Fabián Martínez Siccardi es el ganador 2013 del Premio de Novela del diario Clarín, por su obra “Bestias afuera”. Habló con el Correo Semanal.

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Fabián Martínez Siccardi ganó el Premio de Novela del diario Clarín en 2013.

Antonio V. Pecci

Periodista

antoniopecci50@gmail.com

Con Fabián Martínez Siccardi (50), ganador a fines del 2013 del Premio de Novela Clarín, editado por Alfaguara con su novela “Bestias afuera”, iniciamos un diálogo vía e-mail que luego se concretizó en un encuentro personal. Este premio es, sin duda, uno de los más prestigiosos que han consagrado a figuras como Claudia Piñeiro, con “La viuda de los jueves”. Entre sus jurados, en años anteriores, se han contado figuras como Augusto Roa Bastos y Ernesto Sabato.

–Su novela es en cierto modo un homenaje a la Patagonia, una región poco conocida para muchos lectores. ¿Qué nos dice al respecto?

–Tradicionalmente, los que han escrito sobre Patagonia –tanto extranjeros como argentinos– han sido ajenos al territorio, gente que lo veía desde afuera. Creo que es importante que la Patagonia se empiece a narrar desde adentro, con una voz propia, que celebre sus paisajes, pero que también hable de su gente, de su historia, de sus modos... La Patagonia es mucho más que una postal, o una fuente inagotable de recursos naturales.

–La descripción del paisaje ocupa un lugar muy importante, el lugar donde está ubicada la estancia, rodeada de un río, de serranías, es en cierto modo la contracara de la gran ciudad.

–El contraste campo-ciudad aquí es extremo. Al perder la anestesia que producen los estímulos urbanos, Florián (el protagonista) tiene que enfrentar sus fantasmas de un modo brutal.

–¿Cómo surge la idea de hacer esta novela?

–Se inicia como un intento de apropiación de una novela gótica (típicamente inglesa) en un contexto rural argentino contemporáneo, hasta que el momento en que comprendo que la “aparición” era alguien importante en mi vida, alguien nefasto sobre el que nunca había pensado escribir. A partir de allí, se convirtió en una escritura urgente, casi catártica, impostergable. Por momentos sentía que alguien me la dictaba.

–¿Esta novela es de suspenso, un thriller?

–Es restrictivo a veces ponerle un rótulo a una novela; pero diría que es una historia de suspenso interno y externo, donde la mente del personaje es un escenario tanto más inquietante como el espacio exterior.

–En el fondo es un texto sobre la pasión erótica cruzada por el miedo a lo desconocido, en un ambiente extraño.

–Hay una pasión erótica reprimida que explota de manera bestial, y también hay miedos ancestrales, algunos indefinidos, que Florián deberá enfrentar. Después de esa explosión y de ese enfrentamiento, el protagonista ya no volverá a ser el mismo.

–¿Se es novelista por vocación o por dedicación? ¿Puede usted dedicarse a la tarea de escribir solamente?

–Muy pocos escritores pueden darse el lujo de vivir solo de la literatura. Yo comparto la escritura con mi trabajo de traductor e intérprete, y no lo reniego porque de algún modo me obliga a mantenerme en contacto con la vida real.

–En cuanto a la novela y su relación con el best seller, ¿cómo visualiza el futuro?

–Hay una brecha muy grande, al menos en Argentina, entre las novelas consideradas de calidad y las que venden bien. No veo por qué no podemos tener muy buenas novelas que sean leídas por un importante número de lectores. Creo que es una pregunta importante que los escritores nos tendríamos que hacer.

–Y en cuanto a la relación de textos de ficción impresos e internet, ¿hay allí una posibilidad?

–Hace falta algo más de tiempo para medir la real dimensión del efecto de internet sobre los textos de ficción. Pero algo indiscutible es que los seres humanos necesitamos, desde siempre, contar y que nos cuenten historias, sean orales o escritas, en papel o en una pantalla. No creo que ninguna tecnología intelectual modifique eso.

–¿Cómo trascender la frontera del país y poder llegar a públicos de Latinoamérica y España?

–Por ahora, Bestias afuera está disponible como ebook en todo el mundo, pero en papel solo en el Cono Sur. Supongo que las ventas irán marcando si se distribuirá en papel también en otros países latinoamericanos y en España. Eso puede ayudar a que llegue a un público más amplio.

–¿Qué escritores admira?

–En su momento, Cortázar fue un dios para mí, en especial por sus cuentos. Últimamente leo a J. M. Coetzee, Cormac McCarthy, Michael Chabon, entre otros.

–De la literatura paraguaya o de la cultura paraguaya, ¿tiene algún conocimiento?

–Desde que visité Asunción, hace ya muchos años, me enamoré del sonido del idioma guaraní, al punto que en Buenos Aires suelo detener el paso cuando lo oigo por las calles. Tengo un gran respeto y una sana envidia por el bilingüismo paraguayo. Y, sin duda, conozco a Augusto Roa Bastos, un gran escritor muy reconocido en todo el mundo.

sí escribe

Ninguna advertencia podía prepararme para la magnitud del aislamiento, para la ruptura que la soledad del paisaje marcaba con lo que iba quedando atrás, y menos aún para lo que sobrevendría después. Atila y yo íbamos camino a La Guillermina, un antiguo casco de estancia en un valle de altura, separado por sierras escarpadas de un pueblo tan insignificante que, a los pocos minutos de haberlo dejado, se había desdibujado en mi mente. El camino de tierra lo recuerdo como una sucesión de cuestas largas y abruptas, repletas de piedras y pozos, con descensos breves que apenas daban respiro para el siguiente repecho. El auto había hecho los primeros kilómetros de asfalto con una placidez asombrosa para sus años; pero después de un rato de andar en tierra, un ruido extraño —un golpeteo en un neumático delantero que apenas se percibía en la ruta asfaltada— se fue magnificando al punto de temer que la cubierta reventara o que la rueda se desprendiera del eje. No había controlado si tenía rueda de auxilio o herramientas —el responsable del auto había sido siempre el abuelo—, pero tampoco quería detenerme. Me encontraba a medio camino entre el pueblo y la estancia, seguir o regresar implicaba el mismo riesgo. Continué manejando atento al ruido de la rueda, vigilando la aparición de algún olor extraño, de una luz de advertencia en el tablero. Los pastos sacudían los penachos verdes y violetas, las pircas ondulaban siguiendo el contorno de las laderas, las cimas se veían aún más negras contra el celeste nítido; sin que yo, convertido en una continuación del mecanismo del auto, los registrara más que como un telón de fondo, dudando si el viaje había sido un error desde el principio.

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