Hoy meditamos el Evangelio según san Mateo 7, 21-29.
“Pero no se hundió, porque estaba cimentada sobre roca”. Podemos pedir al Espíritu Santo que nos ayude a rezar afianzados en el amor que Dios Padre siente por cada uno de nosotros.
Jesús aprovecha cualquier ocasión para enseñar a sus discípulos. Le ilusiona ayudarnos a entrar en contacto con su Padre, que se complace en nosotros. En este discurso, Cristo nos habla de qué decir en la oración, pero sobre todo de cómo escuchar. Sus lecciones son prácticas. Con la ayuda del Espíritu Santo podemos aprenderlas una y otra vez, sin cansarnos de comenzar y recomenzar en el arte de la oración. En nuestros corazones late esa petición humilde de los apóstoles a Jesús: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11,1).
“No todo el que me dice Señor, Señor entrará en el reino de los cielos” (Mt 7,21). Jesús deja claro que la oración es el camino para entrar en el cielo, para vivirlo ya aquí en nuestra peregrinación hacia la casa del Padre. Sin embargo, ¿dónde se esconde el fraude de la oración hecha de esa forma? La respuesta podría estar en las siguientes palabras: “¿No hemos profetizado en tu nombre y en tu nombre hemos echado demonios, y no hemos hecho en tu nombre muchos milagros?” (Mt 7,22). Quien se dirige así a Dios, puede que no le oiga porque se escucha sobre todo a sí mismo. En el fondo, comienza con un “Señor, Señor”, pero está anclado en el monólogo autorreferencial. Por eso, como decía san Josemaría, es necesario “que nuestro clamar ¡Señor! vaya unido al deseo eficaz de convertir en realidad esas mociones interiores, que el Espíritu Santo despierta en nuestra alma” (San Josemaría, Amigos de Dios, n. 243).
Si queremos aprender a rezar de verdad, Jesús nos anima a acoger la palabra de Dios, a convertirla en nuestra roca. No son nuestras obras las que nos sostienen, sino su palabra, esa que nos habla sobre todo de su amor incondicional. Poner en práctica la palabra divina no implica realizar todo a la perfección, sino acogerla como un verdadero don, incluso cuando nos pide cosas difíciles, o no tenemos fuerzas ni ganas de escucharla. “Mejor es para mí la Ley de tu boca que montones de oro y plata” (Sal 119,72).
(Frases extractadas de https://opusdei.org/es-py/gospel/2026-06-25/)