28 ago. 2025

Nostalgia y retorno

“Llegué delante de la puerta. Mi perro me sonrió ladrando. Puse mis maletas en el suelo. Regresé. / Todo era igual que antes. Casi nada ha cambiado. Supongo que soy el único que ha cambiado. Y regresé. / Regresé ahora para quedarme. Porque aquí, este es mi lugar. Volví a las cosas que dejé. Regresé. /Abrí la puerta lentamente. Pero dejé entrar la luz primero. Todo mi pasado he iluminado. Y entré. / No saber después de tanto tiempo. Si hubiera alguien esperándome. Pasos indecisos que caminé. Y paré. / Cuando vi que dos brazos abiertos. Me abrazaron como antes. Tanto quería decir y no dije nada. Y lloré. / Regresé ahora para quedarme. Porque aquí, este es mi lugar. Volví a las cosas que dejé. Regresé” …

Es la letra de una bella canción de Roberto Carlos que habla de la añoranza, de la valoración de ese lugar material o espiritual donde somos realmente nosotros mismos y al cual queremos volver; es el pasado que se hace presente, pero que, como dice la canción, solo necesita ser iluminado. Y mejor aún, cuando la humanidad, representada en el abrazo, se manifiesta y conmociona interiormente porque es verdadera y fiel.

Mañana, el 26 de julio, es el Día Internacional de los Abuelos, esos seres humanos que en su experiencia de vida y fragilidad nos dicen mucho. Y estaba recordando a los míos también, personas que me dejaron una huella imborrable de sencillez y nobleza que muy pocas veces encuentro hoy, no porque estuvieran exentos de defectos o límites, para nada, sino porque relacionarse con ellos era hacer puente con un estilo de vida muy interesante y auténtico que forma parte de nuestra herencia cultural.

Para algunos, la nostalgia es signo de idealización o romanticismo que no se adapta a la realidad. Porque eso que llaman “realidad” lastimosamente se ha reducido solo a lo que ven desde su subjetividad egoísta y miden, especialmente con dinero, y nada más.

La globalización de la cultura es también su uniformidad. En esta sociedad superficial los abuelos solo se ponen de moda cuando se adaptan a la estupidización colectiva. Pero, en realidad, el estilo de vida que llevamos los va dejando de lado. Van siendo eliminados de los espacios compartidos, de la fiesta, de la cotidianeidad. Con los pobres criterios que tenemos, valorarlos se nos hace cuesta arriba.

Ellos nos hacen presente nuestra fragilidad humana y nuestra mortalidad y eso asusta. Pero, justamente, por eso son importantes. Sus virtudes son medallas de batallas antiguas, y sus defectos son espejos en los que podemos mirarnos también.

Ellos son puente a nuestro pasado, pero también a nuestro futuro, son cántaros frágiles, pero que llevan el agua pura de nuestra identidad, son memoria viva. Sin memoria no hay identidad y la memoria tiene como contenido la experiencia acumulada que se transforma poco a poco en sentido común de la comunidad.

Mis abuelos me enseñaron a saludar, a compartir, a esperar, a reír de cosas sencillas, a evitar hacer daño, a rezar con fe, no con doblez, a honrar la palabra.

También me mostraron que hay caminos alternativos a las ideologías y al consumismo. Misteriosa receta compartida por muchos ancianos de nuestra sociedad. Somos miembros de una nación evangelizada desde los inicios con el signo de la cruz de Cristo, de la cual nunca he oído avergonzarse a un abuelo paraguayo, porque es un camino de sacrificio, mas también de libertad. De esa convicción vital sí tengo nostalgia.

Ser abuelos no es solo un rol sociológico, es un estatus de vida pero que, paradójicamente, se gana sin subir, sino aprendiendo a bajar con humildad de las alturas que ahora nosotros sentimos que estamos escalando.

Yo no pido para ellos presupuestos, ni protocolos, ni más leyes, ni discursos, ni acciones rimbombantes, sí les deseo la compañía amable de los familiares y amigos, y el agradecimiento que es cosa de buenos hijos.

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