Nací el 18 de junio de 1971 en Asunción, soy de la parroquia San Vicente de Paul, atendida por los salesianos desde los años 60, cuando la fundó el padre Juan Casanello. Mis padres son Gabriel Narciso Escobar Testa que tenía una carnicería en el Mercado Municipal de Asunción N°3 y Blanca Gladys Ayala Barreto, maestra y por la gracia de Dios todavía la tengo conmigo a sus 86 años.
Somos siete hermanos; cinco varones y dos mujeres. Una familia numerosa, pero nunca nos faltó nada, mis hermanos son todos profesionales.
INFANCIA
De criatura, a los ocho años, ya frecuentaba el oratorio festivo de los Salesianos y veía cómo nos acompañaban en la catequesis, en el deporte, en los campamentos.
El padre Cevero Aquino (SDB) fue mi mentor. Porque el enganche para cualquier vocación es siempre una persona y su testimonio: el que te trata bien, el que te acompaña, el que es capaz de instruir. A mí me conquistó la mansedumbre salesiana, su sistema preventivo basado en la Razón - Religión - Caridad, el estar día a día con los niños y los jóvenes. Y yo dije: quiero ser como él. De hecho, para mí eso es ser salesiano, el asistencialismo, el estar donde se le necesita a uno.
VOCACIÓN
A los 15 años entré al seminario menor. No es, como dice la gente, que uno “da los huesos” a la Iglesia por no tener otra salida. Si yo hubiera querido tener un auto, una carrera, me hubiera casado, formado mi familia y desarrollado una carrera como cualquier otro. Pro el llamado de Dios es algo más especial. Hay algo más que nos mueve.
De parte de mi papá tengo esa sangre religiosa: Dos tías primas religiosos y un sobrino sacerdote Diocesano. De mamá saqué esa vocación por la enseñanza. Ella enseñó mañana, tarde y noche en la Escuela República Argentina y después en Fernando de la Mora. Se casaron cuando ella tenía 16 años y él 23, jóvenes pero decididos.
SALESIANO
Estudié mi primaria en la Escuela y Colegio Fernando de la Mora de Asunción . Luego ya como Seminarista menor terminé en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, más conocido como Salesianito el quinto y sexto curso del Bachillerato en Ciencias y Letras. Después vino el noviciado en Ramos Mejía, Buenos Aires; la filosofía en Paraguay; dos años como profesor en el Colegio Agropecuario Carlos Pfannl, de Coronel Oviedo, con jóvenes de San Pedro y Caaguazú. Ahí aprendí que el paraguayo es una lumbrera si alguien lo acompaña y le da las herramientas. Después vinieron cuatro años de teología en la Universidad Pontificia Católica de Santiago de Chile, donde además saqué la licenciatura en educación.
ORDENACIÓN
Me ordené diácono en Chile. Una semana antes tuve mi noche oscura: llegué llorando donde mi director espiritual, dudando si de verdad era lo mío. El padre Bernardo Bastres, hoy obispo emérito de Punta Arenas, me dijo algo que no olvido: “Si fuiste sincero con tus formadores, no ocultaste nada, vamos para adelante, no tenés que tener miedo.
“Esa sinceridad me dio la paz. Me ordené sacerdote en el año 2001, en mi propia parroquia de San Vicente de Paul, a los 29 años, después de catorce de formación. Elegí como lema la Segunda Carta a los Corintios: “Te basta mi gracia”. Siempre me identifiqué con san Pablo: a pesar de las limitaciones y las debilidades, la gracia de Dios transforma a uno.
MISIÓN
Empecé de soldado raso, como profesor de psicología, religión y castellano en el Instituto San José de Concepción; después fui vicerrector, encargado de la Pastoral Juvenil nacional, director del Salesianito y consejero provincial. En 2013 me nombraron obispo del Vicariato Apostólico del Chaco Paraguayo, con sede episcopal en Fuerte Olimpo, a 730 kilómetros de la capital. Tenía 42 años y nunca aspiré a ese cargo.
En el Chaco me agarró una Hepatitis donde me hizo bajar toda mis defensas y lo relaciono con las tres vacunas del Covid que tuve que aplicarme, allá la alimentación es pura carne, sin verdura ni fruta, y el agua no está tratada y ni hablar de la luz eléctrica y la iluminación.
VISIÓN
En el Chaco vi de cerca lo que significa un pueblo enfermo: Agua contaminada por el mercurio y los agroquímicos que bajan por el río Paraguay desde Brasil, niños que enferman por un cloro mal dosificado, misioneros muertos de cáncer de estómago, etc.
Vi también cómo las estancias extranjeras no permiten que los paraguayos vivan allí con sus hijos, y por eso todavía en pleno siglo XXI seguimos necesitando colegios internados, como el nuestro en Centro Educativo Monseñor Alejo Ovelar de Ñu apu’a, sostenido también por la Fundación Santa Librada, porque si no, esos chicos serían analfabetos.
EPISCOPADO
Ahora el cardenal me pidió acompañar, como obispo auxiliar, la zona de Luque y Limpio, dentro del Gran Asunción, donde llega tanta gente del interior. Mi tarea ahí es un trabajo de hormiga: visitar, motivar a los sacerdotes y a los laicos, mirar la realidad de los bañados sin taparla, y preguntarnos si eso es lo que merecemos como paraguayos.
Aunque algunos me llamen “cura político” , la política mía es la Política del Padre Nuestro, lo que veo con tristeza es que la corrupción y la impunidad han permeado toda nuestra sociedad, y eso solo se vence el día en que dejemos de ser la sociedad de los “amigos”.
Mi lema episcopal es La caridad de Cristo nos urge, ya que vivimos en un mundo de tantas sombras. Ser salesiano, para mí, es estar con los jóvenes estar con los niños, el estar donde se le necesita a uno. Educar desde el corazón, trabajar y jugarnos por la juventud, que es el presente y el futuro. Y en cuanto a la felicidad, la aprendí en el lugar más pobre donde serví, es entregarse a la voluntad de Dios pase lo que pase.
“Ser salesiano, para mí, es estar con los jóvenes y niños, el estar donde se le necesita a uno. Educar desde el corazón, trabajar y jugarnos por la juventud, que es el presente y el futuro”.