MISIONES
Doña Venancia Villalba viuda de Aquino, nacida en la compañía San José Itá Morotí de Santa Rosa Misiones, el 18 de mayo de 1926, cumplió ayer un siglo de existencia.
A sus 100 años, la rutina de doña Venancia se mantiene firme y activa. Se levanta temprano, alrededor de las 06:00, su jornada comienza con un preparado de leche con miel y canela, seguido del infaltable mate, su desayuno habitual consiste en un cocido con leche o un huevo duro.
Para el almuerzo, la centenaria prefiere el menú tradicional que marcó su juventud en el campo: Guisos, poroto, locro, rora y el infaltable vori vori. La cena vuelve a ser liviana, limitándose a un té o un cocido.
Quienes la conocen coinciden en que el secreto de su larga y lúcida vida radica en esta alimentación basada en productos de la tierra y en un hábito inquebrantable desde su juventud: No trasnochar y respetar el descanso.
MADRE DEL CORAZÓN. Aunque no tuvo hijos propios junto a su esposo, Juan Antonio Aquino –fallecido en 1999–, doña Venancia transformó su hogar en un refugio y un internado de esperanza para varios niños, albergó a numerosos sobrinos que migraban desde las compañías para poder continuar sus estudios, ya que en el campo la educación formal solo alcanzaba hasta el tercer o cuarto grado. “Nosotros, que vivíamos en la campaña, veníamos a la escuela acá, en las compañías no había escuela completa, entonces nos refugiábamos todos en la casa de la tía. Ella siempre nos daba cobijo y nos apoyaba para el estudio. Para mí, es un orgullo compartir con ella; 100 años es una reliquia para toda la generación Villalba”, relató su sobrino, Ruperto Villalba.
Una de las últimas en ser criadas bajo su ala fue Mirta Zalazar, quien, inspirada por el ejemplo de su tía, también abrazó la docencia. “Ella me ayudó a lograrlo, es una persona muy divertida, siempre compartimos bromas, pero por sobre todo es un ser bondadoso”, destacó Mirta, quien la cuida y convive con doña Venancia desde hace 32 años.
MENTORA. Doña Venancia abrazó la docencia en una época de severas limitaciones, recibiéndose de maestra de educación primaria poco después de cumplir los 30 años. Desde entonces, se convirtió en un faro de luz para la alfabetización rural. Entre sus anécdotas más recordadas resuena el sacrificio para llegar hasta sus alumnos en la compañía San Rafael y otras zonas aledañas. En tiempos cuando los caminos eran apenas huellas inaccesibles, ella caminaba largas distancias a pie o se trasladaba a caballo para cumplir con su vocación de enseñar.