Aumentar el tope del déficit fiscal en plena época electoral, a un Gobierno colorado marcado por cuestionamientos de corrupción y prácticas prebendarias, y que cuando tuvo margen para ahorrar no lo hizo: No, gracias. Y razones para rechazar la intención sobran.
En la antesala de internas municipales, aparece un proyecto para aumentar el tope fiscal, lo que genera dudas sobre su motivación. Más aún cuando no hay un respaldo técnico firme ni una postura clara del propio Poder Ejecutivo que justifique la decisión.
El problema no es solo el número. Es la falta de fundamentos, el ocultismo y la forma en que se plantean estas decisiones. En un momento donde la dirigencia política y la realidad económica del país parecen cada vez más desconectadas, ampliar el margen para gastar sin explicaciones claras no es razonable.
Con la percepción persistente de corrupción, clientelismo y una débil apuesta por reformas que mejoren la eficiencia del gasto, resulta difícil sostener la idea de otorgar mayor margen fiscal. Cuando no hay disciplina ni previsión, ampliar el espacio para gastar es potencialmente contraproducente.
Y hoy, ese voto de confianza no parece justificable. No cuando la transparencia en la ejecución del gasto sigue siendo, en muchos casos, limitada o escondida en publicaciones poco accesibles. No cuando se debe rastrear información como si se tratara de un ejercicio de interpretación más que de rendición de cuentas.
El déficit fiscal no es una herramienta neutra. Sirve, principalmente, para absorber shocks o impulsar la economía en momentos críticos, pero también es un compromiso con el futuro. Aumentarlo sin una hoja de ruta clara implica trasladar el costo hacia adelante, en forma de mayor deuda. Y Paraguay ya viene acumulando niveles crecientes de endeudamiento, rondando 40% del PIB, tanto externo como interno, sin que ello se traduzca en una mejora proporcional de los ingresos públicos.
Mantener la regla fiscal también es una forma de prepararse para lo que viene. En un mundo cada vez más volátil, donde los shocks externos, ya sea financieros, comerciales o climáticos, pueden aparecer con rapidez, contar con disciplina fiscal da margen de respuesta cuando realmente se necesita. Romper esa regla sin una razón sólida nos puede dejar sin capacidad de reacción.
Ahí radica otro punto central: Sin un fortalecimiento sostenido de la recaudación, apostar por más deuda es una estrategia frágil. No se trata solo de cuánto se gasta, sino de cómo se financia. Si los ingresos no acompañan ¿cómo vamos a pagar todo lo que debemos?
Antes de discutir subir el tope, la conversación debería centrarse en lo básico: Eficiencia del gasto, priorización, planificación y cumplimiento. En un país donde la situación económica aún golpea a amplios sectores, aumentar el endeudamiento sin demostrar resultados concretos también transmite desconexión.
Subir el tope del déficit puede ser, en ciertos contextos, una decisión válida. Nadie niega que en pandemia o ante una sequía histórica se necesite flexibilidad. Pero no en cualquier momento, ni bajo cualquier condición. Antes de pedir más margen para gastar, el Estado debe demostrar que sabe administrar lo que ya tiene. Porque si no se sabe gastar, no hay regla fiscal que alcance.