15 jul 2026

Los números de Peña

Los números que dio a conocer el presidente Santiago Peña en su rendición de cuentas ante el Congreso son reales. Los datos sobre el crecimiento económico, la inversión privada y la reducción de la pobreza responden a fórmulas de medición estandarizadas y técnicas, y son cifras que podrían resultar más que suficientes para aplaudirlas 15 o 20 años atrás, cuando nuestros problemas más graves y urgentes eran la recesión, el descalabro fiscal y la miseria generalizada.

Hoy, sin embargo, esos resultados, si bien positivos y necesarios, dicen poco sobre la resolución de los desafíos del Paraguay actual. Conviene repasar cuáles son esos dramas para entender por qué los logros que expone Peña solo suenan a más de lo mismo.

Lo más importante es la calidad de vida definida por la capacidad que tenemos paraguayos y paraguayas de cubrir nuestras necesidades básicas, lo que está directamente relacionado con una actividad económica que nos permita ingresos suficientes, y servicios públicos que garanticen la cobertura de salud, educación y seguridad. Al revisar estos aspectos es donde vemos que ni el crecimiento económico sostenido ni la estabilidad monetaria (requisitos indispensables, pero no suficientes) se tradujeron en un cambio importante en las condiciones de trabajo ni en los ingresos de la mayoría de los trabajadores.

Invariablemente y desde hace más de cuatro lustros, alrededor del 62 por ciento de la gente que trabaja lo hace en el sector informal, sin un seguro social, cobertura médica o la posibilidad de llegar a jubilarse.

Casi un tercio de los trabajadores ni siquiera alcanzan el salario mínimo legal y, en general, el poder adquisitivo del promedio de los ingresos cayó como consecuencia de un encarecimiento paulatino de los alimentos.

Peña se jactó de la creación de nuevos empleos formales, pero estos siguieron siendo solo una porción minúscula con respecto al gigantesco mercado informal.

Obviamente, para conseguir mejores empleos las personas necesitan de una mejor capacitación y allí el único cambio radical se puede dar en la educación. Lamentablemente, la única gran apuesta educativa de Peña es el programa Hambre Cero, que garantiza a los niños un plato de comida, pero que no supone el menor cambio en los métodos ni en la calidad de la enseñanza. Mientras el mundo marcha a velocidad de vértigo hacia la digitalización y el uso de la inteligencia artificial, el Gobierno paraguayo del 2026 exhibe como éxito un almuerzo escolar. Repito, esto sería digno de aplaudir veinte años atrás, hoy es como celebrar que un hospital tenga algodones y gasa.

El otro golpe durísimo para el trabajador es el gasto de bolsillo para cubrir atención médica y medicamentos. Peña habló de la construcción de hospitales y la inversión en insumos. Hasta su padrino político, el ex presidente Horacio Cartes, le recordó, sin embargo, que lo que se hizo es absolutamente insuficiente. Como ocurre desde siempre en el Paraguay, enfermarse gravemente sigue siendo un pasaje seguro de retorno a la pobreza.

En materia de seguridad, el presidente habló de la formación masiva (y exprés) de nuevos policías, pero nada dijo de los resultados del Programa Sumar que debería resolver el problema más grave de seguridad que afecta hoy a la gente: La legión de adictos que roban lo que sea con tal de comprarse su siguiente dosis.

Ni siquiera se animó a decir a cuantos recuperaron.

Peña también puso énfasis en la reducción de la pobreza medida, según determinado ingreso promedio. Y los números son reales, solo que incluyen ahí los subsidios directos del Estado como el mencionado programa Hambre Cero, el de adultos mayores y otros. El presidente sabe perfectamente que esos programas no suponen una reducción real de la pobreza. Si el subsidio se corta el beneficiario vuelve a su condición anterior. Lo peor es que estos subsidios tienen un costo altísimo y creciente y no tienen financiación asegurada. Por de pronto, ya le han provocado un desbarajuste financiero total al Estado que ahora le debe más de mil millones de dólares a sus contratistas y proveedores.

En resumen, los números de Peña reflejan una economía que crece, pero desconocen la dura realidad de la mayoría de sus mandantes que en nada cambió en sus tres años de gobierno.

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