Opinión

Los heroísmos necesarios y villanías descartables

Carlos Elbo Morales Por Carlos Elbo Morales

En la memoria de muchas personas aún está presente el gesto de Froilán Benegas, aquel guardia de seguridad que dejó su puesto de trabajo para salvar a un niño atrapado en el raudal hace casi un mes.

Los siguientes días Froilán fue llamado héroe. Sin embargo, él rechazó dicha etiqueta. Argumentó que se negaba a dicho apelativo porque su acción fue motivada por su rol de padre y también por amor y por dar su servicio a una persona.

A Froilán lo llenaron de elogios, reconocimientos y regalos. Uno de estos presentes fue una camioneta. Antes que hacer uso de ella, Benegas decidió donarla a su comunidad para que la utilizara como ambulancia.

El ejemplo de las acciones realizadas por Froilán no solo enaltecen su persona, más allá del tiempo y las primeras planas. Muestran que cuando no hay mezquindad y hay empatía hacia otros, es posible cambiar el horizonte gris del país.

Es necesario por ello que se lleven adelante gestos o responsabilidades heroicas no solo de parte de una persona. Principalmente de las instituciones.

Esos gestos de las instituciones podrán hacer frente a las villanías que debieron ser descartadas hace tiempo y que perduran cual milenaria maldición.

Una muestra de ello es el infame servicio de transporte público y la impunidad de quienes lo explotan. El Estado debería rescatar a la población de este tormento diario que se traduce en reguladas y buses chatarras.

Froilán era guardia de seguridad y también trabajó en una empresa de limpieza. De esta última lo despidieron cuando reclamó insumos de protección en plena pandemia.

Una vez más el Estado puede ponerse la capa de la responsabilidad para verificar el vil incumplimiento de los derechos laborales en que suelen recurrir algunas de estas firmas.

A lo largo de los años han sido reiteradas las denuncias sobre la explotación laboral, la falta de pagos de horas extras e incluso del salario mínimo en dichas empresas.

La comunidad de Froilán es un asentamiento ubicado en J.A. Saldívar, donde conviven 422 familias, según contó el ex guardia de seguridad. En todo el Departamento Central existen varios lugares similares donde las condiciones de vida presentan enormes deficiencias.

En estos lugares los diversos estamentos de la República pueden llevar adelante la lucha por la igualdad, regularizando la situación de dichas tierras, acercando servicios básicos a la población y ofreciendo oportunidades de una vida digna.

El ámbito de la Justicia en el país es otro valle donde la oscuridad se ha posado hace tiempo, cual Mordor chae. Un estamento donde los anillos de poder son pocos para tantos que desean tenerlos, de acuerdo con el peso de la ley del dinero y el poder politiquero.

Para hacer frente a la legión de Orcos y Urukais que pululan por los tribunales es necesario contar con hombres y mujeres leales a la ecuanimidad. También deben tener como armadura la imparcialidad y sobre todo tener el temple necesario para enfrentarse a la impunidad que cabalga briosa por dicho lugar, cual apocalíptico corcel.

El día a día se ha convertido en un acto de heroísmo para toda la población. Para aquella que no tiene un puesto asegurado en Itaipú, Yacyretá, el Congreso Nacional o alguna organización narco de cualquier variedad.

Además de lidiar con las veredas y calles rotas, sucias y edificios en ruinas, también se suma la sobrevivencia diaria. Esto se traduce en hacer lo posible por hacer rendir la paga de todo el mes al menos hasta el fin de semana. En medio de ello la frágil estabilidad mental debe soportar las disputas de colegio entre los sectores politiqueros que tienen el poder de tomar decisiones.

No somos los Vengadores, ni Batman, ni Supermán. Somos solo ciudadanos que tenemos un solo pero importante poder: Saber qué hacer a la hora de votar

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