Con pocas excepciones, es difícil encontrar un país de la región que no esté gobernado por un derechista. Las recientes victorias de Abelardo de la Espriella en Colombia y de Keiko Fujimori en Perú confirman una tendencia iniciada con Javier Milei en Argentina, José Antonio Kast en Chile, Daniel Noboa en Ecuador y Rodrigo Paz en Bolivia. Estos triunfos, sumados a los de Bukele en El Salvador y la persistente influencia de Bolsonaro en Brasil, demuestran que la derecha y ultraderecha conquistan poco a poco América Latina.
Para entender este fenómeno, es imprescindible recordar el contexto histórico. En 1998, con la elección de Hugo Chávez en Venezuela se inició una ola de gobiernos de izquierda o centroizquierda en el continente. La marea continuó con las victorias de Lula en Brasil (2002), Néstor Kirchner en Argentina (2003), Tabaré Vázquez en Uruguay (2004), Evo Morales en Bolivia (2005), Rafael Correa en Ecuador (2007) y Daniel Ortega en Nicaragua (2007). Entre 2005 y 2009 hubo 19 elecciones presidenciales y 14 de ellas fueron ganadas por candidatos progresistas.
Era el deseo de cambio tras las políticas de libre mercado de las dos décadas anteriores. Hubo un auge del precio de las materias primas, lo que permitió implementar políticas redistributivas y reducir la pobreza. Las economías latinoamericanas crecieron y había dinero para programas sociales, aumentos salariales, formalización del empleo e inversión educativa.
Sin embargo, el fin del superciclo de los commodities, sumado a la corrupción y el fortalecimiento del crimen organizado, allanó el camino para una ola conservadora. En un principio, esto trajo de vuelta a figuras más institucionales como Piñera en Chile (2010), Macri en Argentina (2015) y Duque en Colombia (2018), pero luego a populistas autoritarios, como Bolsonaro (2019).
Sin embargo, la caída de los ingresos, del crecimiento y de las políticas de justicia social los volvieron impopulares y hubo una revancha de la izquierda. Entre 2018 y 2023 en casi todos los países hubo alternancia. Eso ocurrió en 20 de 23 elecciones; Paraguay fue una de las excepciones.
Así llegaron al poder políticos de izquierda como Luis Arce en Bolivia (2020), Pedro Castillo en Perú (2021), Gabriel Boric en Chile (2022), Gustavo Petro en Colombia (2022) y Lula en Brasil (2023).
Esta nueva marea fue menos intensa. Había nuevas preocupaciones: salvarse de la inseguridad, conseguir un empleo estable y llegar a fin de mes con comida en la mesa. Frente a una izquierda con pocas respuestas, creció una derecha que prometía soluciones rápidas contra el delito, las élites desacreditadas y el estancamiento económico, lo que abrió paso a una búsqueda de soluciones no convencionales.
Esta ola actual de derecha es distinta de la primera. Genera resentimiento contra las instituciones, habla de guerra cultural, ama la mano dura y apuesta a una bukelización, pues identifica a la inseguridad como el motor del descontento popular. Por supuesto que, pese a compartir políticas de libre mercado para reactivar la economía, presentarse como defensores de valores tradicionales como la familia, la religión y el nacionalismo, hay matices significativos en los estilos.
Pero, sean conservadores moderados o populistas radicales, se realinean en su sumisión a Estados Unidos. Trump ha puesto el foco en el hemisferio, buscando contener la influencia de China y enfrentar al narcotráfico y el terrorismo, lo que, muchas veces, disfraza intereses geoestratégicos sobre los recursos naturales. Para los nuevos líderes de derecha, sumarse al “Escudo de las Américas” significa respaldo económico y político. Es una trama en la que ambas partes ganan. Alinearse con Washington no solo es una cuestión ideológica, sino una estrategia.
¿Se consolidará esta ola? Probablemente, al igual que las mareas anteriores, la tendencia no sea estructural, sino una corrección del péndulo. Fíjese que la popularidad de José Antonio Kast se desplomó en sus primeros cien días; Rodrigo Paz enfrenta protestas por la escasez generalizada; la popularidad de Milei desciende semana a semana y Daniel Noboa no ha logrado disminuir la tasa de homicidios.
Las consecuencias para la democracia son los aspectos más preocupantes. Esta nueva derecha desprecia los contrapesos institucionales, la libertad de prensa y los derechos humanos.
En este escenario, la batalla crucial no es ideológica, sino por la defensa de la democracia liberal.