Cuando publiqué que los cursillos policiales funcionaban como un kokue, tal vez algunos imaginaron que el negocio terminaba el día en que el joven lograba ingresar a la Academia o Colegio de Policía. Mis registros etnográficos muestran exactamente lo contrario. El ingreso no representa el final de la recaudación. Es apenas el comienzo.
Durante los últimos años conversé con aspirantes, cadetes, suboficiales, oficiales y jefes policiales. Compartí jornadas completas con ellos, impartí clases, recorrí academias, comisarías y puestos policiales. Comprendí que la institución además de formar policías administra un circuito permanente de gastos que transforma al aspirante en una fuente constante de ingresos.
El o la aspirante proviene casi siempre desde una familia humilde. Muchos vienen del campo. Vendieron animales, ahorraron durante años o recurrieron a préstamos familiares para cumplir el sueño de vestir un uniforme. Registré incluso aspirantes que cultivaron marihuana para prepararse para el cursillo y el colegio. Algunos padres adeudan sumas millonarias porque creen que están invirtiendo en el futuro de sus hijos, y también que cuando se reciban “podrán recuperar el dinero invertido”.
Pero apenas cruzan el portón del colegio o la academia comienza otra historia. Los testimonios coinciden en que el ingreso exige desembolsos millonarios: uniformes, uniformes internos, estudios médicos, equipamientos y otros elementos deben ser adquiridos por cuenta del aspirante. En varios relatos aparecen cifras que van desde los cinco a 30 millones de guaraníes solamente para comenzar, sin contar gastos posteriores.
Algunos jefes o encargados hasta orientan dónde comprar determinados artículos porque “esos proveedores ya trabajan hace años y saben lo que se necesita”. El mercado ya está organizado antes de que llegue el nuevo alumno.
Después aparecen los pequeños pagos que, sumados durante meses, representan una carga considerable. Aquí tampoco contabilizamos lo que hay que pagar para conseguir un buen destino. En estos días me llamó una persona cuyo hijo está en el Colegio diciéndome: “Tengo que moverme ya para conseguir un buen destino, o sino nahupyty moãi la suma ojeruvea hikuai”. Es decir, a tres meses del ingreso y cinco del egreso, su preocupación ya es conseguir cerca de G. 15 millones que –según le dijeron– deberá “poner” para que su hijo no se quede en Asunción y vaya a un buen lugar. “Buen lugar” significa aquí lugar donde podrá recaudar. Pero de esto hablaremos en otro artículo.
El corte de cabello, por ejemplo, no forma parte del servicio institucional. Los propios aspirantes pagan una cuota mensual para la peluquería. La cantina funciona como un espacio permanente de consumo. Allí compran desde un cocido o un pan hasta una gaseosa o una empanada cuando la comida no alcanza o simplemente cuando necesitan soportar la rutina diaria. También pagan por distintos elementos de uso cotidiano que la vida en internado exige.
Nada de esto parece extraordinario cuando se observa aisladamente. Sin embargo, la etnografía enseña que los fenómenos sociales deben analizarse como totalidad y aquello que parece un gasto pequeño termina conformando una estructura sistemática de extracción y acumulación de dinero, en beneficio de unos pocos.
El aspirante todavía no cobra salario, apenas una ayuda estatal. Depende de su familia. Cada gasto adicional implica otro llamado a la casa, otra transferencia, comisiones, otro sacrificio de quienes permanecen trabajando en la chacra o en empleos precarios, ya que de este estrato social proviene la mayoría de los aspirantes.
Además, nadie se pregunta si todos pueden pagar, el dinero hay que poner nomás –como me dijo uno de ellos–, ya que en la lógica institucional supone que el dinero aparecerá de alguna parte. Si no alcanza, la familia resolverá. Si tampoco alcanza, alguien prestará. El problema económico queda completamente privatizado.
Aquí hay una continuidad con el fenómeno que describí semanas atrás. Si durante el cursillo muchos actores encontraron mecanismos para obtener recursos económicos alrededor del sueño de ingresar, una vez que el joven atraviesa el portón de la academia o el colegio, la maquinaria no se detiene. Simplemente cambia de forma. El aspirante deja de ser cliente del cursillo para convertirse en consumidor cautivo del internado.
Es una transición casi perfecta. La academia y el colegio necesitan uniformes, peluquería, cantina; múltiples compras cotidianas. Todo ello genera un flujo constante de dinero alrededor del estudiante.
La consecuencia trasciende la economía familiar. Cuando un joven aprende desde el primer día que pertenecer a la institución significa pagar por todo, internaliza una idea peligrosa: que la organización funciona mediante circuitos económicos paralelos. Más adelante descubrirá otros gastos, otros cursos, otros aportes y otras obligaciones económicas que muchos policías me fueron describiendo durante la investigación.
Por eso sostengo que el problema no termina en los cursillos. El kokue no es solamente un lugar físico ni un negocio aislado. Es una forma de organizar relaciones económicas alrededor de la carrera policial. Primero se recauda con el deseo de ingresar. Después se recauda con la permanencia. Y, más adelante, otros relatos muestran que la recaudación continúa durante buena parte de la vida profesional, como también veremos próximamente.