18 may. 2026

La impunidad de la injusticia pone en peligro a la comunidad

Todo acto tiene consecuencias y, cuando se trata de actos injustos y violentos, es imperativo aplicar una pena, ya que la impunidad pone en peligro a la comunidad. Delegar la culpa en otros manifiesta un infantilismo evasivo y un moralismo punitivo del que se intenta escapar con excusas. La situación desatada en nuestro principal estadio de fútbol debe llamarnos a la reflexión sobre el valor de la justicia restaurativa e integral. La sociedad debe madurar y estimular a sus miembros a reparar el daño y restaurar el equilibrio roto.

Los actos de violencia en el fútbol son una muestra de desequilibrios sociales y vicios que surgen de varios desajustes en todas las dimensiones personales: Físicas, síquicas, afectivas, sociales y morales. También constituyen un síntoma de dolencias y vacío existencial que se traducen en comportamientos agresivos que ciertamente requieren atención integral.

Un extremo dañino al abordar el tema es la indiferencia, la impunidad que solo difiere el problema que tarde o temprano, volverá a salir a flote en otros actos de la misma índole. La Justicia debe establecer límites razonables y penas a quienes infringen las normas de convivencia. Evadirla es una torpeza. El otro extremo dañino ante este problema es un exceso de moralismo que usa la condena como arma voluntarista, desproporcional y hasta cruel; se buscan chivos expiatorios que evadan la pregunta incómoda sobre la propia responsabilidad ante el estilo de vida desordenado que se instaura entre nosotros. Ambos extremos vulneran los principios básicos que hacen posible la convivencia pacífica.

La perspectiva de la Justicia restaurativa parte de la aceptación de la libertad personal, así como de su consecuente responsabilidad social, considera los factores de la realidad que llevan a la conducta y admite que la Justicia tiene una función medicinal al aplicar ciertas penas a los infractores. Su enfoque no se limita al castigo, sino que busca restaurar el equilibrio roto por la conducta injusta.

Por ejemplo, si alguien roba, es necesario que pague una pena, pero también que devuelva lo robado. Una vez desarrollado el proceso de pena y reparación, sin perder de vista nunca su dignidad, la persona es capaz de recuperar su autoimagen positiva y la sociedad le abre de nuevo la puerta que tuvo que cerrarle temporalmente para restablecer el orden y subsanar el daño causado.

Los antiguos le llamaban poena medicinalis, ya que su fin principal no es la venganza, sino la sanación integral de todas las dimensiones personales del delincuente, buscando caminos para demostrar su arrepentimiento y mejora moral, además de la protección de la comunidad.

¿Por qué nos ponemos a la defensiva y casi nadie parece dispuesto a asumir parte de la culpa o la responsabilidad de los actos que condenamos discursivamente, llamando más bien al uso coercitivo de la ley y la fuerza, por encima de la intencionalidad de restauración?

Quizás, una de las razones sea la pérdida de ese humanismo integral que sabe ver más allá de los daños materiales, aunque sin dejar de considerarlos, y se enfoca más en la dignificación de agredidos y agresores, ya que la reparación no solamente compensa a la víctima individual, sino que intenta restaurar el bien común que fue perturbado por la infracción.

Si no estamos dispuestos como sociedad a dar este salto cualitativo desde la perspectiva de una Justicia punitiva a la de una justicia restaurativa, la cual no se regodea del error, aunque lo señala con toda claridad, y no deja impune a nadie, sino que establece penas razonables, y no se limita a la condena, sino que busca la reparación del daño y la restauración de la persona y de convivencia social, no nos quejemos de que perdamos fuerza ante la prepotencia y el desorden que ponen en vilo a la comunidad.

Esta es también una oportunidad valiosa para que los jóvenes de la sociedad aprendan de los adultos y de las instituciones sociales lecciones prácticas acerca de cómo resolver conflictos por vías alternativas a la violencia personal, grupal o institucional. El paradigma de la Justicia reparativa bien aplicado es una herencia cultural que valorarán con el tiempo nuestras futuras generaciones.

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