23 jun. 2026

La hybris de la modernidad y el eclipse de la sabiduría (I)

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Edgar Nahoum, conocido como Edgar Morin, fue una de las figuras intelectuales más influyentes de los siglos XX y XXI.

María Gloria Báez

Edgar Nahoum (París, 8 de julio de 1921-29 de mayo de 2026), conocido mundialmente como Edgar Morin, filósofo, sociólogo y político francés, reconocido como una de las figuras intelectuales más influyentes de los siglos XX y XXI, falleció a los 104 años. Con su partida, desapareció una de las últimas figuras capaces de contemplar el mundo en su complejidad irreductible.

Durante más de 80 años, sostuvo una actitud intelectual cada vez más excepcional en una época dominada por la fragmentación del conocimiento.

Mientras numerosas disciplinas avanzaban hacia una especialización creciente, concentradas en parcelas cada vez más estrechas de la experiencia humana, Morin persistió en una tarea más ardua y menos celebrada. Buscó comprender las conexiones invisibles que enlazan fenómenos aparentemente separados y mostrar que ninguna crisis puede ser entendida cuando es arrancada del entramado histórico, cultural, económico y ecológico que le da origen.

Su obra final, Despertemos (2022), publicada tras superar el siglo de vida, posee la gravedad serena de quien contempla el horizonte desde una perspectiva poco común.

Expresa una advertencia dirigida a una humanidad que reconoce intelectualmente los peligros que enfrenta, aunque continúa alimentando las condiciones que los producen. Allí se encuentra una de las contradicciones centrales de nuestro tiempo. Nunca, la especie humana acumuló tantos conocimientos, recursos técnicos y capacidades de transformación.

De la misma manera, tampoco estuvo tan cerca de desencadenar procesos capaces de erosionar los fundamentos materiales de la vida civilizada. Esta paradoja, cuestiona una de las convicciones más profundas de la modernidad.

Durante siglos, predominó la idea de que el aumento del conocimiento conduciría de manera casi automática al perfeccionamiento humano.

La historia fue imaginada como una marcha ascendente guiada por la ciencia, la razón y el progreso técnico. Cada innovación parecía confirmar aquella confianza. La medicina, la tecnología y las comunicaciones transformaron radicalmente las condiciones de la existencia humana. Sin embargo, el mismo proceso que hizo posible esas conquistas, comenzó a producir amenazas de una magnitud igualmente inédita. Surge entonces una interrogante decisiva.

¿Cómo pudo el progreso convertirse simultáneamente en promesa de emancipación y fuente de nuevas vulnerabilidades? La cultura griega ofrece una clave interpretativa cuya vigencia permanece intacta. Mucho antes de la aparición de las teorías económicas, de las tecnologías digitales o de las redes globales de producción, los dramaturgos atenienses comprendieron que todo poder contiene una inclinación permanente hacia la desmesura.

A esa tendencia la llamaron la “hybris”. No designaba únicamente arrogancia u orgullo. Representaba una ruptura del equilibrio, un impulso que conducía al ser humano más allá de los límites compatibles con el orden del mundo. La tragedia clásica enseñaba que el héroe no sucumbía debido a una perversidad esencial. Caía precisamente porque las mismas cualidades que lo elevaban terminaban empujándolo hacia la ruina. La grandeza llevaba en su interior, la semilla de la catástrofe. Aquello que permitía alcanzar alturas extraordinarias, podía transformarse también en la causa de destrucción.

Prometeo encarna de manera ejemplar esa tensión. Al entregar el fuego a los hombres, inauguró la posibilidad de la técnica, del dominio sobre la naturaleza y de la expansión de las capacidades humanas. El fuego simbolizaba iluminación, conocimiento y progreso. No obstante, también representaba devastación. Podía ofrecer abrigo durante la noche o reducir ciudades enteras a cenizas. La sabiduría antigua, comprendía que toda conquista incorpora potencialidades contradictorias y que ningún incremento de poder, garantiza un incremento equivalente de prudencia. La civilización contemporánea, parece haber actualizado aquel antiguo mito a una escala planetaria.

El proyecto moderno nació impulsado por una confianza extraordinaria en la razón científica y en la capacidad humana para transformar la realidad. Los resultados obtenidos fueron admirables. El problema apareció cuando el crecimiento de las capacidades materiales dejó de estar acompañado por una reflexión igualmente profunda acerca de los fines perseguidos. La cuestión del sentido fue relegada mientras la eficacia ocupaba el lugar central. Las preguntas éticas cedieron espacio al cálculo instrumental.

Poco a poco se consolidó una racionalidad extraordinariamente competente para producir medios y progresivamente menos preparada para deliberar acerca de los objetivos hacia los cuales esos medios debían orientarse. Morin interpretó esta situación como la consecuencia de la forma de pensamiento que fragmentó la realidad hasta perder de vista las relaciones que unen cada fenómeno con el conjunto. La especialización produjo saberes admirables, aunque debilitó la comprensión de las totalidades complejas. El siglo XX, proporciona ejemplos elocuentes. La física alcanzó una comprensión extraordinaria de la estructura íntima de la materia. Aquella conquista intelectual, figura entre las realizaciones más impresionantes de la historia del conocimiento. Es así que, el mismo recorrido desembocó en Hiroshima y Nagasaki. En cuestión de segundos quedaron expuestas las posibilidades destructivas contenidas en el corazón mismo del progreso técnico. Más reveladora que la devastación, resultó la incapacidad para extraerlas consecuencias filosóficas de aquel acontecimiento. La tragedia fue reducida a una recepción histórica y la lógica del crecimiento ilimitado, conservó intacto su prestigio cultural. Las grandes promesas de la modernidad expresan una paradoja persistente. Cada avance, amplió horizontes de bienestar y abrió simultáneamente nuevas formas de vulnerabilidad. La industrialización, multiplicó la riqueza mientras intensificaba la explotación de los ecosistemas. La revolución agrícola, incrementó la producción de alimentos a costa de delicados equilibrios ecológicos. La era digital democratizó el acceso a la información y favoreció al mismo tiempo, mecanismos inéditos de vigilancia, manipulación y fragmentación social. Cada respuesta, produjo nuevas incertidumbres, extendiendo una cadena de consecuencias que escapó progresivamente a toda previsión. Esta tensión, alcanza una expresión especialmente inquietante en la crisis ambiental contemporánea. Las advertencias científicas acerca de los límites planetarios, poseen una contundencia difícil de ignorar. Asimismo, las instituciones económicas, políticas y financieras continúan respondiendo a una lógica de crecimiento ilimitado, difícilmente compatible con la finitud de los recursos naturales. La dificultad no reside en la ausencia de información. Como nunca antes, hubo tanta evidencia disponible. El problema emerge de la creciente distancia entre lo que sabemos y aquello que somos capaces de hacer a partir de ese conocimiento. Aquí aparece una de las contribuciones más originales de Morin. La crisis ecológica, económica y cultural constituye apenas la superficie visible de una perturbación más profunda. En las raíces de la incertidumbre contemporánea, habita una crisis del pensamiento. Los instrumentos intelectuales heredados de la modernidad, resultan insuficientes para comprender fenómenos caracterizados por interdependencias múltiples, efectos recursivos y dinámicas no lineales. Continuamos abordando desafíos sistémicos mediante categorías concebidas para problemas aislados. Pretendemos comprender una realidad compleja, mediante herramientas que separan aquello que deberían ayudar a relacionar. La antigua tragedia, vuelve a ofrecer una imagen esclarecedora. En las obras de Esquilo y Sófocles, siempre existe una voz que advierte sobre el peligro. El coro percibe aquello que el héroe, fascinado por la magnitud de su empresa, es incapaz de reconocer. En el mundo contemporáneo, ese coro adopta múltiples formas. Habla a través de los informes científicos de las alteraciones climáticas, del deterioro de los ecosistemas, de las desigualdades crecientes y de innumerables señales que atraviesan la experiencia colectiva. La advertencia ya no surge del oráculo ni de la poesía. Procede de una vasta acumulación de evidencias empíricas. Aun así, persiste la ilusión de que los mismos mecanismos que produjeron los desequilibrios terminarán ofreciendo las soluciones capaces de superarlos.

La reflexión de Morin adquiere entonces una dimensión que trasciende el análisis académico. Interroga la orientación misma de la civilización contemporánea. Invita a reconocer que el desafío decisivo del siglo XXI no consiste únicamente en desarrollar tecnologías más sofisticadas o en incrementar la capacidad productiva. Exige una transformación de la manera en que pensamos nuestras relaciones con la naturaleza, con los otros y con nosotros mismos. La verdadera alternativa no pasa por renunciar al conocimiento ni por desconfiar de la ciencia. Consiste en reintegrar aquello que la fragmentación separó. Implica comprender que el poder necesita sabiduría, que la técnica requiere orientación ética y que la inteligencia humana alcanza plenitud únicamente cuando reconoce los límites que hacen posible la convivencia entre la sociedad, la cultura y el mundo natural. En esa enseñanza reside quizás el legado más profundo de Edgar Morin. La grandeza de una civilización no puede medirse exclusivamente por aquello que es capaz de construir. También debe evaluarse a partir de la lucidez con que reconoce las consecuencias de sus actos y de la responsabilidad con que decide orientar su destino. La tragedia comienza cuando el poder olvida esa verdad. La esperanza renace cuando la sabiduría vuelve a ocupar el lugar que nunca debió perder.

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