Al analizar la invasión de Venezuela y la captura de Nicolás Maduro por parte de los Estados Unidos, Andrés Malamud –que vive en Lisboa– dijo que el premio Nobel le salió caro a María Corina Machado, porque Trump la desdeñó como opción de gobierno. Aunque algunos dicen que Trump la confundió con la VP.
Delcy Rodríguez, poco probable
Luego, el célebre politólogo de Olavarría hizo un RT de Ignacio Labaqui, quien afirma que “las instituciones que dejó la Segunda Guerra Mundial están obsoletas, con una nación como EEUU que ya no quiere proveer bienes públicos globales”. Esto concuerda con mi artículo del 17.03.25, El Nuevo Orden Monetario Internacional, en el que afirmé que Trump iba a buscar depreciar su moneda para recuperar competitividad y equilibrios externos, incluyendo el proteccionismo, además de dejar de ser el sheriff mundial que provee algún tipo de orden al mundo todo, a un costo ya muy elevado para el presupuesto estadounidense. Esto, incluso, dije también, obligaría a abandonar la tesis del softpower, de Joseph Nye, y podría recurrir a acciones de poder explícito, coercitivo, para acelerar los procesos.
Nadie puede apoyar una invasión. Del mismo modo que nadie puede apoyar a un dictador como Maduro. El mundo está pasado por una gran crisis civilizatoria. O, mejor dicho, una policrisis, a la que hice referencia en esta misma columna en la semana pasada, que se manifestó con la evidencia explosiva en el Caribe del sábado bien temprano. Recordemos en forma ampliada: Recesión geopolítica, desintegración de mercados, guerras y rumores de guerra, crisis climática, riesgos de la IA, desigualdades sociales agudizadas, narcotráfico, descontento democrático, transición demográfica y déficits previsionales, entre otros. En medio de todos estos fenómenos la gran pregunta es, ¿por qué se agota el ciclo progresista y por qué la derecha avanza a escala global y regional?
Veamos la realidad latinoamericana adonde ahora los conflictos se trasladan, en la perspectiva del escenario internacional. Creo que, con el fin del “auge de las materias primas”, a partir del 2013, las desigualdades que se habían reducido han vuelto a aumentar, y los recursos que favorecieron las políticas sociales, por lo general de asistencialismo, de los gobiernos progresistas, que aprovecharon este ciclo económico, se han agotado. En Paraguay, por ejemplo, si bien no es un gobierno progresista, pero sí de estatismo con problemas institucionales, con capitalismo de secuaces y primitivismo productivo, la DNIT está raspando el fondo de la olla y no puede recaudar más que el 1 por ciento incremental en el 2025 en términos reales versus el 2024, con 6% de crecimiento del PIB y 3 por ciento de inflación. El presidente afirma, y esto es positivo, que para luchar contra los precios elevados de los alimentos y el descontento ciudadano, debe controlar que haya competencia verdadera entre los empresarios. Con crecimiento económico algo anda mal.
En América Latina, hoy estamos asistiendo a la fase final de gobiernos progresistas o populistas, con la democracia en franco retroceso, desvalorizada, porque no combatieron la corrupción enquistada y facilitaron el clientelismo a ultranza. Luego, los gobiernos que los están sucediendo, de derecha, tampoco se disponen a mitigar estas anomalías; vean a Milei con las denuncias de corrupción de las cuales zafó por arte de magia, llegando al extremo de tener que financiar sus victorias electorales con dinero público de los EEUU.
La derecha está de vuelta, dándole a la gente identidad, enemigos a quienes odiar, algoritmos que manipulan, tradición, héroes nacionales, etcétera, aunque le saque trabajo, comida, habitación, energía a bajo costo, educación gratuita, asistencia sanitaria, etc. Se naturalizan las desigualdades y no hay nada a ser contestado. “Es el orden natural, está todo debatido”.
El ascenso de gobiernos de derecha, algunos autoritarios, –Argentina, Bolivia y Chile pueden ser los ejemplos vecinos– es consecuencia del fin de la ola de los commodities, del 2003 al 2013, y el resultado de la corrupción y la mala gestión de gobiernos democráticos, alrededor del mundo y en especial en Latinoamérica. Ha desmejorado de nuevo la calidad de vida de la gente. Esta nueva derecha ofrece como salida una vía autoritaria y la gente acepta. Pero, repito, sin cortar con la corrupción y el malgasto de lo público. La consigna es que la democracia es floja e ineficiente. La derecha es fuerte y eficiente, es el relato. El ejemplo que excita es Bukele. La debilidad del individuo es reemplazada por la fortaleza identitaria, VLLC, yo soy libertario y qué. Todo tipo de disenso debe ser castigado. El Paraguay actual tiene a todo un ejército en las redes, en los medios oficialistas y a un sistema de Justicia para ejecutar las sentencias en contra de los que resisten a la narrativa oficial. Los pobres subsidiados y los inmigrantes son los enemigos. El concepto de verdad basado en evidencia se disuelve ante las falacias narrativas. Por ejemplo, la Heladera Vacía –a pesar del crecimiento del PIB– hoy ya reconocida por el gobierno en carne y hueso, se combate con la narrativa de los bares llenos (de gente que vive solo el momento gastando hasta lo que no tiene, endeudándose con tarjetas que dan descuentos, en espacios reducidos de la geografía nacional) y los shoppings atestados de argentinos que huyen de los altos precios de su país. No se habla de realidades, se habla de emociones. No solo se rechaza la razón ni se recurre solo a la manipulación. Se muestra también a los líderes que infringen las leyes estando por encima de la verdad y las normas sin sufrir las consecuencias. Vean el negocio cripto que quedó impune en Argentina. Vean el caso de los citados por Lalo. Vean el caso de los ministros de la Corte reunidos con el poder real en secreto. En la política que tiene escrúpulos, el enemigo se convierte en adversario. En Argentina y Paraguay, por ejemplo, la política sin escrúpulos convierte al adversario en enemigo y se lo persigue a mansalva. Vean el caso de Kattya González.
Hay algo peor. Paraguay es una nación que aparece entre los cuatro países con mayor desarrollo de sus mercados del crimen en América Latina. Incluso sin mucha violencia. El crimen más organizado es el que menos se nota, y menos violencia puede visibilizar. La logística instalada de más de 1.000 aeropuertos clandestinos citados por el ministro del Interior del Paraguay es una evidencia empírica. Podría ser un narco-Estado.
Todo esto es lo que nos lleva a un descontento sin crisis económica explícita, aún con crecimiento e indicadores macroeconómicos estables. Luego, hay un estado emocional y cognitivo negativos del sistema político. Las instituciones democráticas ya no satisfacen las expectativas sociales y económicas de la década del 2003/2013, en América Latina toda y en especial en el Paraguay. El cinto de Payo es atractivo. La sociedad vigilante quiere hacer justicia por cuenta propia. Se aplaude a quien atropella al motochorro. A todo esto, se suma que la plata recaudada ya no alcanza para lo que la gente necesita, y el déficit fiscal, disfrazado para poder cumplir con la gobernanza internacional, la deuda creciente y el clientelismo exacerbado con discursos y pañuelos de colores ya no son suficientes para mantenerse en el poder. Los latinoamericanos y los paraguayos, entre ellos, comparan lo que reciben con sus expectativas y con las promesas de campaña. Y llega la desilusión.
Como dijo Gloria Álvarez antes de ser excluida por la nueva derecha que primero la aplaudió, “hay lobos conservadores disfrazados de ovejas libertarias” que están amenazantes para comerse a sus víctimas, el pueblo que les sigue. La victoria de Milei en Argentina; de Paz, en Bolivia; y de Kast, en Chile demuestran que la policrisis tiene sus consecuencias. Hay popularidad para la derecha porque ofrece soluciones fáciles, rápidas y casi mágicas, en la era instantánea de lo digital y luego del auge de las materias primas y la recesión deliberada de la pandemia.
El ciclo con viento de cola desde el 2003 hasta el 2013 redujo la pobreza en América Latina ni hablar, mucho más en el Paraguay.
El crecimiento del PIB permitió el crecimiento también de las políticas sociales y de los subsidios para los empobrecidos.
En Paraguay los gobiernos de Nicanor y de Lugo se legitimaron de manera significativa.
Hubo ascenso y movilidad social. En toda América Latina el boom económico desde el 2003 subió las recaudaciones, y se avanzó instalando infraestructura como inversión endógena para mejorar la productividad de la economía con diversificación productiva.
Paraguay no fue exitoso en estos últimos dos factores, se expandió la apuesta al extractivismo (primitivismo productivo) y se alimentó el clientelismo, como era costumbre desde hace más de 70 años.
Hubo, sí, mayor institucionalidad del Estado y políticas de protección social expandidas.
El problema fue en general que, en lugar de fortalecer posicionamientos de negociación con los poderes hegemónicos, los gobiernos progresistas compraron y vendieron apoyos (capitalismo de secuaces) con estos grupos oligárquicos.
Hoy sigue el modelo. Eso se manifiesta en el reciente estudio de la carne en Paraguay realizado por este gobierno en el que se expone concentración en el mercado, oligopolios, monopolios y preferencia por exportar antes que por proveer al consumidor nacional.
Cuando los precios de las materias primas comenzaron a caer, los gobiernos progresistas perdieron aliados y buena parte de su base política y social. Le pasó a Lugo. Le pasó al PT de Lula. Le pasó a los K.
Desde el 2013 en adelante, en Argentina, Brasil y Paraguay, se impusieron de nuevo gobiernos conservadores. Bolsonaro en el 2019 en Brasil interrumpió por breve tiempo el lulismo que aprovechó el viento de cola. HC en el 2013 en Paraguay y Macri en el 2015 en Argentina. La prueba de que fue un cambio gatopardiano hizo que, excepto en Paraguay, Lula volviera al Brasil en el 2023 y Fernández en el 2019 ganara en Argentina. Pero, como todo, fue cosmético en Argentina se vino la alternancia hacia la derecha y en Uruguay, país ejemplar, le tocó un turno a Lacalle y ahora volvió Orsi con el progresismo, como costumbre democrática.
Hoy los avances sociales de la era de las materias primas se han desmoronado. La transición demográfica con longevidad extendida y el clientelismo en los Estados obliga a hacer reformas previsionales que son impopulares, más aún para los funcionarios que vivieron como casta con privilegios exagerados en sus sistemas de jubilaciones. La crisis económica se puede convertir en crisis política, terreno fértil para el avance de la derecha. Veremos qué pasa con el experimento argentino y con el nuevo gobierno chileno. Veremos qué pasa en Venezuela, que nos lleva a pensar qué pasará en Ucrania y qué pasará en Taiwán. Veremos qué pasa en Europa. Veremos qué pasa en Bolivia. Veremos qué pasa en Brasil, con elecciones en el 2026. Y veremos qué pasa en Paraguay en el 2026 y en el 2028. Hay una crisis civilizatoria. Un amigo me cuenta que en 1968 cuando le preguntaron a Zhou Enlai, primer ministro chino, qué opinaba de la influencia histórica de la crisis monárquica y la Revolución Francesa de 1789, el mismo dijo que “era muy temprano para opinar”. ¡Saludos cordiales!
Paraguay es una nación que aparece entre los cuatro países con mayor desarrollo de sus mercados del crimen en América Latina.