12 abr. 2026

La espada, la cruz y ahora el perdón

caceres.sergio@gmail.com

Sergio Cáceres Mercado  caceres.sergio@gmail.com

Sergio Cáceres Mercado caceres.sergio@gmail.com

Cambios estructurales radicales a la Iglesia no lo hará Francisco ni ningún otro Papa. Ni Dios tiene tanto poder. Pero no cabe duda de que su llegada a Roma ha sido con una misión bien clara: cambiar la imagen negativa que fue cosechando a lo largo de su historia el catolicismo; y un cambio de imagen (eso lo saben los asesores comunicacionales y de imagen) puede hacerse simplemente cambiando el discurso, es decir, diciendo lo que la gente quiere escuchar. Y Francisco ha cumplido a cabalidad dicho cometido.

Escribo esto el día antes de la llegada del papa Francisco al Paraguay, por lo tanto no tengo idea de lo que dirá cuando llegue. Sin embargo, sí sé lo que dijo en Bolivia. Y de las cosas dichas me interesa resaltar el pedido de perdón a los pueblos originarios hecho por el representante de una Iglesia que tuvo mucho que ver con la desaparición de tales culturas.

Hay tantas corrientes dentro del catolicismo como espinas en su corona tiene Jesús. Una de ellas afirma que la llegada del cristianismo a los pueblos precolombinos es lo mejor que les pudo pasar, es decir, América se instala en la historia cuando la cruz se clava en el nuevo territorio y en las conciencias. Toda la expoliación cultural que significó tal irrupción jamás interesó a los defensores de dicha postura; toda la violencia simbólica y física sufrida por miles de pueblos a lo largo y ancho de América por la religión del amor y la misericordia nunca les pareció algo contradictorio, sino más bien la bendición del Espíritu Santo.

Sabemos desde siempre que la conquista espiritual fue a la par que la conquista militar. La espada fue compañera de la cruz. El paganismo fue arrasado a fuego, el politeísmo reducido a monoteísmo, la riqueza cultural avasallada. Algunos miembros de la Iglesia saben que tal responsabilidad en dichos actos es innegable, y por eso Francisco y sus antecesores en el cargo algo han dicho al respecto. Pero algunos la niegan queriendo afirmar que la salvación universal llegó a América el día que Colón clavó su estandarte en nombre de los Reyes Católicos, representantes del Dios Verdadero, ergo, dueños de la verdad y de la vida.

Y hete aquí que hoy un Papa pide perdón por aquellos actos. Un acto de contrición que ni remotamente es parecido al que hiciera Juan Pablo II con respecto al caso Galileo, pues no hablamos de una persona, sino de cientos de miles y de todo un patrimonio cultural que fue borrado de la historia. Aquellos que nunca reconocieron tales atrocidades hoy seguramente estarán una vez más acomodando sus ideas con las declaraciones de Francisco en Bolivia. Parte del discurso de un Papa que en las palabras es brillante. Todavía esperamos –sentados por las dudas– que en acciones también lo sea o que al menos a su verbo se haga carne.

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