12 abr. 2026

La danza de los cuchillos

Durante los últimos años, el cartismo nos mostró una admirable capacidad de disciplina. La palabra del líder era ley y la obediencia rozaba la devoción religiosa. Por debajo de él estaba el “comando político”, un pequeño y cerrado grupo áulico que actuaba como una suerte de Estado Mayor reunido en el sacrosanto Quincho. De allí emanaban las órdenes verticales que muy pocos se animaban a contradecir, bajo pena de terminar en el ostracismo político y, sobre todo, financiero.

Ejemplo de ello fue el senador Beto Ovelar, quien manifestó públicamente que su posición personal era contraria a la destitución de Kattya González, pero tuvo que votar por su pérdida de investidura para no desacatar la decisión tomada en el Comando de Honor Colorado.

Por eso, lo sucedido en estos días es francamente inédito. Ante la fragilidad biológica del jefe, la tropa se ha desordenado, pues muchos han preferido salvarse solos antes que hundirse en formación. Tratándose del mayor movimiento político de la ANR, sus turbulencias internas se sienten en todo el país, principalmente porque ocurren en el peor momento: a las puertas de las elecciones municipales.

La crisis ha sido admitida incluso por Pedro Alliana y Antonio Barrios y se ha extendido a las bancadas de Diputados y Senadores, insólitamente enfrentadas durante el tratamiento de la reforma de la Caja Fiscal. Definitivamente, se han perdido las jerarquías del Quincho, tan nítidas hasta hace unas semanas. Gustavo Leite habla del “olor a coima” en el gobierno, al cual él representa ante los Estados Unidos.

La expresión no sonó solo como un lapsus improcedente en un embajador, sino como una declaración de independencia. Fue tan explosiva que opacó una barbaridad inadmisible: también dijo que “los niños no están para que el Estado los eduque, a los niños los tiene que educar la familia. ¿Por qué tenemos que gastar plata en los niños y la familia?”. Como sea, quedó claro que Leite ya no le teme a Peña.

Al coro de voces críticas se sumó Nicanor Duarte Frutos, con “fuego amigo” sutilmente mortífero. Declaró que un presidente “debe ser árbitro, no socio de empresas”, que es peligroso ignorar el descontento popular y que su afecto a determinados ministros le hace perder autoridad. Habló de algo que conoce bien, pues, en su momento, había deteriorado su propia imagen al final de su mandato: advirtió que “la soberbia es la víspera de la caída”.

Ante el silencio de Peña –a quien la gente imagina planificando un nuevo viaje al exterior–, la respuesta quedó a cargo de su ministro del Interior, Enrique Riera, quien los acusó de sacar un provecho deshonesto de la situación de convalecencia de Horacio Cartes. Los trató de “cuervos y carroñeros”.

Todo esto ocurría cuando aún se escuchaban los ecos histéricos de las escandalosas acusaciones que se cruzaban los miembros del bajo clero cartista, responsables del caos en que se convirtió Asunción: la pareja Nenecho Rodríguez-Lizarella Valiente, Luis Bello, Raúl Latorre y Ceres Escobar. Hay nervios por doquier y las internas municipales están a la vuelta de la esquina. Mientras Cartes estuvo sano y presente, el flujo de recursos y órdenes era unidireccional; ahora, todo es incierto.

El problema de fondo es que Cartes no tiene herederos. Es decir, claro que los tiene desde lo patrimonial; me refiero a la herencia política. Nadie puede hacerse cargo de la enorme inversión económica que mantenía disciplinada a la tropa. Sin plata, el comando pierde el control del territorio y los liderazgos se derriten.

La paradoja es cruel: los candidatos necesitan el apoyo del líder enfermo para ganar la interna, pero al mismo tiempo se canibalizan entre ellos, porque ese mismo líder ya no tiene la fuerza para imponer el orden. Asistimos a la transición de un movimiento personalista a una confederación de intereses. La salud de Cartes ha desatado una esquizofrenia política, donde la lealtad se declama en los discursos, pero los cuchillos se afilan bajo la mesa.

Más contenido de esta sección