22 feb. 2026

La crecida del río Paraguay: Mudanza que se repite y duele

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Albergue. Las familias isleñas decidieron refugiarse en el ex Molino Harinero de la ciudad.

j. r.

Otra vez el río sube y con él, los recuerdos. En la Isla Bonita frente al Puerto de Concepción, las familias comienzan a empacar lo poco que tienen. Maderas, colchones, gallinas, bicicletas… todo lo que puede ser salvado.

La historia se repite como un viejo ritual de resignación. Cada vez que el agua avanza, ellos se marchan. Buscan albergues, buscan altura, buscan empezar de nuevo, aunque sea por unos meses.

Nadie olvida su casa inundada, ni los patios donde jugaban los niños. Pero lo más difícil no es perder cosas; es dejar atrás el lugar que, a pesar de todo, siempre llaman hogar.

El río rodea, serpentea y aprieta. La isla se vuelve cada vez más angosta, mientras el agua lame los cimientos de las casas humildes. Ya está cerca de la Escuela Stella Maris, que resiste abierta, con maestros y niños que caminan entre charcos y barro para no interrumpir las clases. Un aula encendida en medio del silencio gris.

Las calles de Isla Bonita se están hundiendo, y con ellas, la rutina de las familias. La crecida no solo trae agua; también llegan alacranes, serpientes y el miedo. Nueve familias decidieron abandonar sus hogares y refugiarse en el ex Molino Harinero de Concepción, un espacio improvisado donde ahora cocinan en el piso, comparten colchones y esperan. “Necesitamos electricidad, limpieza y víveres. Salimos porque el agua ya nos rodea y las alimañas amenazan. Creemos que hay un presupuesto de emergencia para apoyarnos”, expresó Alejo Alfonso, con la voz firme pero cansada.

A unos kilómetros, en San José Olero, otras familias también se reubicaron en terrenos más altos. La historia se repite; cargar lo poco que queda, reconstruir donde se puede y resistir hasta que el río baje. No hay otra opción.

En la comunidad de Chaco’i, la angustia es más profunda. Las aguas contaminadas del río –que solían ser la fuente para todo– ya no sirven ni para el baño. “El agua del río que usamos ya no sirve para el consumo, tiene un olor fuerte y feo”, relata Gladys Peralta, una de las vecinas que todavía aguarda una solución real.

Los pobladores sueñan con vivi endas populares elevadas, construidas sobre palafitos, como las que han visto en documentales o escuchado mencionar en campañas políticas. Un modelo que permitiría vivir con el río sin tener que huir de él cada año. Pero hoy ese sueño no figura en ningún plan ni en ninguna carpeta oficial.

La creciente vuelve. Lo que no vuelve son las respuestas.

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Éxodo. Cargando con algunos enseres huyen del agua y las alimañas, a la espera de ayuda.

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