15 jun. 2026

La carterización del país

Estamos asistiendo a un fenómeno inédito. Por primera vez desde el inicio de la transición democrática en 1989, un movimiento colorado se vuelve absolutamente hegemónico. Durante décadas, los sectores internos de la ANR se equilibraron en fuerzas más o menos parejas. El pasado domingo, los candidatos de Honor Colorado ganaron en 240 de los 263 distritos. Fue un mapa pintado de un solo color. Hoy, dicho movimiento controla, con escasos contrapesos, la Junta de Gobierno, las estructuras partidarias departamentales, la mayoría absoluta del Congreso y las decisiones judiciales en todos sus niveles. El partido oficialista tiene un dueño y nadie le hace sombra.

Y ese dueño tiene nombre y apellido de empresario, no de caudillo tradicional. Horacio Cartes hizo lo que ningún otro ex presidente pudo: No perder poder después de dejar el cargo. Al contrario, construyó un aparato territorial con recursos de nivel FIFA y olfato de apostador profesional. Una habilidad forjada en los negocios y en el fútbol que le permitió entender, antes que nadie, que el poder no radica solo en el cargo, sino en el aparato electoral. Hay que reconocerle ese mérito. Es un estratega que entiende la hidra del poder de un modo que ya quisieran los políticos de la oposición.

El músculo movilizador del Partido Colorado fue activado como una operación logística de guerra: Un disciplinado despliegue de vehículos, control de mesas, dinero en manos de expertos operadores y una tecnología de fiscalización que sus rivales ni siquiera pueden soñar. También hay trampa, pero existe, sobre todo, una abrumadora superioridad económica y organizativa. El Partido Colorado demostró que, cuando se pone en modo elecciones, es una maquinaria temible.

Pero el poder absoluto, se sabe, se corrompe. Una hegemonía tan concentrada en los colorados –históricamente poco afectos a los manejos democráticos– terminará por corromper los pilares de nuestra, de por sí, frágil institucionalidad. La expulsión de Kattya González del Senado, avalada por una Corte Suprema que ya ni disimula, es la demostración de ello. Es un autoritarismo que no necesita botas ni fusiles; es un stronismo de escritorio sustentado en mayorías parlamentarias, firmas judiciales y la corrosión sicaria de figuras críticas. Es un estilo más sutil y gradual, pero igual de letal para la república.

¿Qué queda de la disidencia colorada, sobreviviente solo en pequeños nichos territoriales? Frente a un panorama tan desolador, solo les queda la esperanza de que se cumpla la tradición paraguaya: Siempre existió una contestación interna al movimiento oficialista. El problema es que hoy faltan líderes con peso nacional. Ni Mario Abdo ni Arnoldo Wiens parecen tener el suficiente vigor para emprender un renacimiento. Además, deberán enfrentar la innata habilidad de la masa colorada para olfatear dónde está el mando y alinearse con él.

Y la oposición… bueno, la oposición ya lo sabe: Si no logran una candidatura única, robusta y temprana, el monstruo les pasará por encima otra vez. No basta con la indignación del teclado. Hace falta un frente que compita en el territorio, con financiamiento real y un discurso que rompa el miedo al cambio. Mientras sigan divididos, Cartes seguirá celebrando. El surgimiento de Miguel Prieto, por ejemplo, tendrá que superar el deseo colorado de impugnarlo y el de los liberales de vetarlo, lo que demuestra que el camino será sumamente difícil.

La hegemonía de Honor Colorado no es un accidente, sino el resultado de una estrategia a largo plazo, recursos ilimitados y una oposición que aún no dimensiona el tamaño del rival al que se enfrenta. Pero el precio de ese poder absoluto será la erosión sistemática de cualquier contrapeso interno. Paraguay vuelve a tener un partido hegemónico y eso, en democracia, siempre termina mal. La diferencia es que ahora no hay generales con fusiles; hay empresarios con mayorías automáticas. El peligro no es el colapso súbito del sistema, sino la gradual normalización de su decadencia. Vamos hacia una democracia que se debilita día a día y terminará por conservar solo el nombre, vacía de derechos y llena de abusos.

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