20 feb. 2024

Incitatus Riva

El caballo al que Calígula en su locura del poder romano nombró cónsul parece haber reaparecido entre nosotros bajo la forma de un dudoso abogado que ha decidido como buen orillero (el origen de su apellido) a sentarse para juzgar desde sus notables limitaciones a cualquier juez o fiscal que le ordenen a hacerlo. Se han puesto todos sus colegas de acuerdo para nombrarlo presidente del Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados. Tiene la coartada perfecta para decir que todos lo eligieron consciente o inconscientemente del tremendo mensaje que enviaron con su elección. No solo a los que deben ser juzgados por el noble bruto, sino a la sociedad toda que mira impávida cómo terminan por destrozar por completo una institución cuya trascendencia era muy distinta a la actual cuando redactamos la Constitución de 1992. La patada que le ha dado el orillero a todos nos hace sentir en los márgenes de una democracia maltrecha.

Algunos dirán que el Jurado no podría reflejar otra cosa que la decadencia de la Justicia en el país. Los profesores, abogados, legisladores y ministros de la Corte que lo integran no pretenderán ser diferentes a los resultados que hemos tenido hasta ahora, donde la impunidad ganó la batalla contra la corrupción. Los argumentos torpes y ofensivos de algunos que culpan al reglamento que los fuerza a elegir a una bestia no son de recibo. Tenían muchas opciones, pero escogieron la peor. El noble bruto no tiene la culpa dirán algunos, pero el hecho de haberse prestado a ejercer una actividad para la que no está preparado es un primer acto de corrupción por el que debiera ser juzgado. Incitato en sus relinchos muy difíciles de entender –porque el idioma de Cervantes es extranjero para él–, solo pudo ser comprendido cuando en tono afectivo para sacarse la presión de encima afirmó muy suelto de cuerpo el “yo adoro a Cartes” que ya queda para la historia. El corcel se asegura con eso el apoyo político agradecido a quien lo colocó en el cargo desde su atalaya de “significativamente corrupto” que le endilgó el Gobierno de los EEUU y que desde esta semana ya tiene la compañía de otro ex presidente, el panameño Varela, quien se suma a la lista que tiene entre nosotros casi un equipo de polo.

Los buenos jueces y fiscales tiemblan ante estas movidas, los malos... celebran. Tienen a uno de los suyos para protegerlos y como con González Daher están listos para festejar las violaciones a las normas con gran jubileo. Incitato, finalmente, solo es el capricho de nuestro Calígula local en la decadencia de un país que tanto le cuesta reconciliarse con la dignidad y la altivez. El orillero no es el primero tampoco, pero se une a la lista de quienes a lo largo de nuestra historia decidieron no solo relinchar, sino acometer a coces cualquier intento de consolidar una República. La decadencia se fortalece por este camino y la necesidad de contrarrestar el avance incontenible hacia el abismo se vuelve un acto heroico de todos. No es poca cosa ver horadar nuestras instituciones ante quienes con estos actos nos aíslan más del mundo donde podría estar la única opción de nuestro crecimiento. Perdemos entusiasmo, confianza y responsabilidad en este camino, donde el montado orgulloso nos somete a una serie de relinchos y patadas dignos de un estadio de desarrollo precoz. Ni se animen a juzgar a ninguno de los suyos incluido su padre envuelto en una denuncia de corrupción o atender a alguna pareja víctima de algunos coces de circunstancias.

El orillero Rivas nos ha traído esta semana un golpe de realismo. Cada vez que avanzamos un paso, retrocedemos dos. Es la dinámica de este baile decadente que no se asemeja ni a la danza del caballo de paso peruano y menos aún a los corceles de Viena que nos regalan algo más armónico y digno. Lo del Jurado es un juego de argolla de un montado desbocado.

Benja opinión_4.jpg

Isolated horse head with bridle in black color vector hand drawing illustration on white background

Apilart/Getty Images/iStockphoto

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