Porque Palmear ya no es solo una feria. Es ese momento en que Asunción decide mirarse a sí misma con otros ojos, más libres, más curiosos, más abiertos al juego. Y en esa mirada, todo cuenta: el outfit improvisado pero pensado, en este caso fueron los kimonos tradicionales de Japón (en algunos casos), el tereré en mano, el celular listo para capturar lo efímero.
La edición, dedicada a Japón, elevó el concepto que ya conocemos de las ediciones anteriores. No se trató solo de una temática: fue una atmósfera. Un hilo invisible que conectó sonidos, movimientos y sabores. Los tambores de Japan Bunka Taiko marcaron el pulso inicial con esa fuerza que se siente en el pecho antes que en los oídos. Luego, la suavidad casi ritual del bon odori, guiado por la Asociación de Damas Japonesas, transformó la calle en un espacio de memoria compartida. Y cuando el Grupo Kosei Paraguay irrumpió con el yosakoi, el tiempo pareció comprimirse: tradición y contemporaneidad bailando juntas, sin conflicto.
Pero lo más interesante de Palmear sucede fuera del escenario o mejor dicho, en todos los escenarios simultáneos que se arman sin aviso. En el grupo de amigas que convierte la vereda en backstage, en la pareja que se detiene a probar algo nuevo, en el niño que mira fascinado sin entender del todo pero sintiéndolo todo. La gastronomía, por supuesto, fue parte esencial del relato: propuestas niponas, fusiones inesperadas y ese placer de comer al paso, sin etiquetas, sin formalidades. Comer también es cultura, y aquí se vivió como tal.
A medida que caía la tarde, la luz cambiaba y la energía también. El Ballet Folklórico Nacional trajo la danza de la botella, impecable, casi como un recordatorio de que lo nuestro también tiene su propio lenguaje de elegancia. La Banda y Ballet Folklórico Municipal así como Purahéi Soul aportaron un sonido híbrido que define a una generación que no quiere elegir entre pasado y presente. Todo conviviendo, todo dialogando.
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Y entonces, cuando la noche ya estaba completamente instalada, Palma seguía latiendo. Sin prisa, sin pausa. Miles de personas caminando, ocupando, resignificando. No como espectadores, sino como protagonistas. Porque eso es Palmear: una invitación a habitar la ciudad de otra manera.
Hasta el cierre de esta edición, la escena no se desarmaba. Seguía ahí, como si nadie quisiera irse del todo. Y quizás esa sea la clave: Palmear no termina cuando bajan los shows, sino cuando la ciudad vuelve a su ritmo habitual… con algo cambiado.