En la aldea Las Flores, de la comunidad indígena La Patria del pueblo Angaite, de Puerto Pinasco, en el Departamento de Presidente Hayes, la salud materna depende muchas veces de manos expertas que no figuran en planillas ni reciben salario. Una de esas manos es la de Graciela Benítez, partera tradicional que, siguiendo el legado de su abuela, ha dedicado gran parte de su vida a asistir embarazos y partos en una de las zonas más aisladas del Chaco paraguayo.
La comunidad se encuentra a más de 100 kilómetros de la ruta PY09 Transchaco y solo puede accederse por un camino de tierra que, durante las lluvias, suele quedar intransitable.
En ese contexto, la labor de Ña Graciela, como se la conoce, representa mucho más que una práctica ancestral; es una respuesta concreta a la falta de servicios básicos y una herramienta esencial para preservar la vida.
Para atender a las mujeres próximas a dar a luz, utiliza remedios caseros y yuyos recolectados directamente del campo, cuyas propiedades medicinales son aplicadas durante distintas etapas de la gestación y el parto.
“Así, trabajando bajo estas condiciones, es la forma en que salvamos la vida de las personas”, afirma doña Graciela, revelando su realidad.
Lejos de rechazar la medicina convencional, mantiene una relación de complemento con el sistema de salud. Cuando identifica una complicación que supera el alcance del conocimiento tradicional, da aviso inmediato para que profesionales médicos acudan en ayuda de la paciente.
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Su experiencia también le ha permitido observar cambios en los embarazos actuales, según explica, en las mujeres jóvenes, especialmente las primerizas, que atraviesan el proceso con mayores dificultades. Atribuye parte de esos problemas a la falta de actividad física durante la gestación.
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“Las mujeres durante el embarazo están muy quietas, no movilizan su cuerpo y la criatura dentro del vientre materno igualmente no se mueve. Antes las mujeres trabajaban y eso les facilitaba el nacimiento de su bebé”, sostiene la parte empírica.
Sin registro
A pesar de haber asistido a numerosos partos a lo largo de los años, no lleva un registro exacto de cuántos bebés ayudó a traer al mundo pero la misma habla con orgullo de los niños que hoy ya son adultos y han formado sus propias familias.
Su trabajo no tiene remuneración económica, lo realiza por compromiso con su comunidad y por la necesidad de brindar atención a mujeres que en muchos casos carecen de acceso oportuno a servicios de salud.
En el marco del Día Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo, que se conmemora cada 9 de agosto por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y bajo el lema de este año, “Reconociendo la Partería Indígena: salvaguardando la vida y el bienestar”, la historia de Graciela Benítez pone en valor el papel fundamental de las parteras indígenas como guardianas de la salud materna y neonatal desde una perspectiva comunitaria e intercultural.
En lugares donde la distancia, el aislamiento y la pobreza condicionan el acceso a la atención médica, mujeres como Graciela siguen sosteniendo la vida con conocimientos heredados de sus ancestros que pone en práctica con mucha voluntad.