18 ago 2026

Elecciones: El clamor por un proyecto

Brasil no carece de recursos naturales, inteligencia ni capacidad empresarial. Lo que le falta es un liderazgo con autoridad moral, conciencia histórica y espíritu cívico. Las próximas elecciones presidenciales no pueden reducirse a una disputa entre individuos, partidos o grupos ideológicos. Es necesario que un proyecto nacional serio y ambicioso sea el eje del debate.

Es urgente superar la mentalidad de “nosotros contra ellos”, sello distintivo de una polarización paralizante y estéril. La política brasileña ha transformado a los adversarios en enemigos. En ambos bandos, se multiplican los resentimientos, el radicalismo y los ataques personales. Se habla mucho del pasado, pero poco del futuro. El debate se centra en quién debe ser derrotado, cuando la cuestión esencial es definir qué se necesita construir.

La cuestión nacional debe ser el eje central del debate electoral. ¿Qué tipo de país queremos ser en los próximos 20 o 30 años? ¿Cómo transformamos nuestra riqueza en prosperidad compartida? ¿Cómo recuperamos la confianza en las instituciones? ¿Cómo ofrecemos educación de calidad, empleos dignos y oportunidades reales a los jóvenes? ¿Cómo reducimos la pobreza sin fomentar la dependencia? ¿Cómo garantizamos el equilibrio ambiental sin condenar a regiones enteras al subdesarrollo?

El creciente desorden de la economía global –marcado por interrupciones logísticas, conflictos geopolíticos, guerras y disputas por la energía, los minerales y los alimentos– ha incrementado el valor estratégico de las naciones dotadas de recursos naturales. Este es precisamente el caso de Brasil. Somos una potencia aún dormida.

Contamos con una de las mayores reservas de tierra cultivable del planeta. Aproximadamente el 12% del agua dulce renovable del mundo se encuentra en nuestro territorio. Poseemos una matriz energética relativamente limpia, que incluye petróleo, gas y vastas reservas de litio, grafito, níquel, manganeso y elementos de tierras raras. Tenemos capacidad empresarial, una base industrial, una agricultura altamente productiva y una población creativa, trabajadora y resiliente.

Pocos países poseen tantas condiciones favorables para liderar una nueva fase de crecimiento global. En un escenario de inseguridad alimentaria, crisis energética y escasez de minerales estratégicos, Brasil podría desempeñar un papel decisivo. El mundo nos ve como una tierra de oportunidades. Pero seguimos actuando como si estuviéramos condenados a la mediocridad.

Nuestro desarrollo sigue viéndose obstaculizado por una maraña de trámites burocráticos, incertidumbre jurídica, inestabilidad regulatoria y decisiones contradictorias. Las grandes inversiones se retrasan. Los proyectos fundamentales tardan décadas en ponerse en marcha. Los proyectos estratégicos se ven interrumpidos por interminables litigios. El resultado es bien conocido: las empresas se retiran, el capital busca otros destinos y miles de empleos no llegan a crearse.

No se trata de negar la importancia de la preservación del medio ambiente, el control institucional o la protección de las comunidades. Se trata de evitar que los instrumentos legítimos se distorsionen y se conviertan en mecanismos de parálisis. El desarrollo y la responsabilidad ambiental no son incompatibles. Los países maduros saben cómo conciliarlos con la racionalidad, la ciencia y la seguridad jurídica.

El país necesita impulsar su desarrollo. Esto requiere simplificar las normas, reducir la burocracia asfixiante, garantizar la estabilidad regulatoria y brindar seguridad a quienes producen e invierten. También requiere combatir la corrupción con firmeza y constancia. La corrupción no es solo una falta moral; es un impuesto invisible que perjudica más a los más pobres, incrementa el costo de los proyectos, distorsiona las prioridades y destruye la confianza en las instituciones.

Las elecciones presidenciales deben ofrecer a los votantes propuestas concretas en materia de infraestructura, educación, ciencia, tecnología, seguridad pública, equilibrio fiscal, reforma del Estado e integración internacional. Los candidatos deben explicar claramente cómo pretenden integrar el territorio, modernizar puertos y ferrocarriles, impulsar la industria, fortalecer el sector agropecuario, mejorar el entorno empresarial y preparar a los jóvenes para las nuevas exigencias profesionales.

Brasil necesita un presidente orientado al desarrollo, pero desarrollo no significa irresponsabilidad fiscal, voluntarismo económico ni reparto de favores. Desarrollar es crear condiciones permanentes para el crecimiento económico, el florecimiento de la iniciativa privada y el acceso a las oportunidades para todos. Es combinar responsabilidad social, libertad económica, estabilidad institucional y planificación a largo plazo.

Un verdadero líder sabe que ningún gran proyecto nacional será construido únicamente por la derecha, la izquierda o el centro. Será obra de todos los brasileños de buena voluntad. El país es más grande que los partidos, las ideologías y las ambiciones individuales. La reconstrucción nacional requiere diálogo, serenidad y capacidad de escuchar. Exige firmeza en las convicciones, pero también respeto por quienes piensan diferente.

La política brasileña se ha visto dominada por agendas cortoplacistas, intereses personales y conflictos constantes. El debate público se ha empobrecido. La visión estratégica ha desaparecido. El interés nacional ha cedido frecuentemente ante los cálculos electorales. Este ciclo debe romperse.

Las próximas elecciones representan una oportunidad histórica. Los votantes deben elegir no solo quién gobernará durante cuatro años, sino también el rumbo que tomará el país.

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