17 may. 2026

El terror de los que escriben

Al borde

Por César González Páez - cesarpaez@uhora.com.py

Si algo duele en las impresiones de diarios y libros editados son las erratas. En los primeros es más fácil corregirlos, pues la regla de oro es que la enmienda aparezca al día siguiente, en un lugar destinado para esto, de modo que el lector o investigador sepa si es correcto lo escrito. Porque, como se sabe, todo lo que se dice en los diarios se convierte después en historia.

El tema de las fallas en los libros duele más porque hay que esperar hasta una próxima edición. Algunos dicen que hay erratas fatales y son las que aparecen en los libros de medicina.

Las tendencias del idioma español actual señalan que no hay que confundir ‘erratas con ‘fe de errores’, entendiéndose que una errata es una palabra mal escrita o tipeada; por ejemplo, con un error ortográfico o un apellido mal escrito, mientras que la fe de errores es esa falta en un concepto erróneo; por ejemplo, cuando debía decir: “no lo hizo” aparece el contrario: “sí lo hizo.

El escritor español Enrique Jardiel Poncela decía que la errata es el microbio o virus de las imprentas, y pone un magnífico ejemplo aparecido en un diario español con una crónica sobre el naufragio de un barco en que daba cuenta que habían muerto 34 pasajeros en el mar, culminando el artículo con la frase: “Descansen en pez”, en vez de “paz”.

Hubo una vez una editorial que exhibía en la vidriera del local las páginas del libro que se estaban por imprimir, de modo que los transeúntes pudieran adelantarse al contenido del mismo a la vez que advertían a los editores que había una errata en tal o cual lugar y así se ahorraban el corrector. Sé que Pablo Neruda al ver un libro suyo de poemas con erratas ordenó y acompañó al editor para que, desde un bote, tiraran todos los ejemplares al mar. Después recordaría la anécdota en su libro de memorias Confieso que he vivido, señalando que no era lo mismo “contigo pan y lecho” que la equivocada “contigo pan y leche”. Y era solo una equivocación. Pero también es cierto que pocos lectores leen ese papelito que, unido al final del libro, advierte de los errores.

Pero las erratas han dado equivocaciones que han traído fama. Cuando Anthony Burgess escribió el libro La naranja mecánica, en 1962, usó una palabra de origen malayo orang (de donde viene orangután, hombre mono). Entonces el título correcto era El hombre mecánico, pero el editor confundió la palabra con orange, que significa naranja en inglés. Desde entonces ese error no pudo jamás ser corregido y es de uso popular. Hasta el equipo de fútbol holandés se hace llamar La naranja mecánica. Bueno, nos vemos en otro boletín.

Más contenido de esta sección
Las autoridades sanitarias canadienses informaron este sábado de un primer supuesto caso de hantavirus vinculado al brote detectado en el crucero MV Hondius, que ha causado tres muertes y al menos once contagios entre pasajeros.
Un delincuente armado con cuchillo se alzó con aproximadamente G. 3 millones tras amenazar a la encargada de un local. El autor escapó en una motocicleta sin chapa y ya es buscado por agentes de Investigación de la Policía.
El papa León XIV viajará a Francia del 25 al 28 de septiembre y visitará la sede de la Unesco, en París, confirmó el Vaticano.
El actor paraguayo Rodrigo Calonga recibió un reconocimiento en Río de Janeiro, Brasil, por su trayectoria artística y contribución a la difusión de la cultura paraguaya en escenarios internacionales.
La Entidad Binacional de Itaipú, una de las hidroeléctricas más grandes el mundo, celebró este sábado los 52 de años de su constitución para administrar esta represa que actualmente suministra cerca del 90% del requerimiento eléctrico del mercado paraguayo y el 7% de la demanda brasileña.
El cuerpo sin vida de un hombre fue hallado este sábado en una zona de esterales de la compañía Estero Camba, de la localidad de San Juan Bautista, Departamento de Ñeembucú.