27 ene. 2026

El pueblo paraguayo, peregrino de esperanza

La peregrinación anual a Caacupé para la Fiesta de la Inmaculada Virgen María es una muestra de genuino sentido religioso del pueblo paraguayo, es decir, de apertura hacia los factores de la realidad que no forman parte de las agendas del poder político ni de las modas de pensamiento globales de la sociedad líquida, la cual sufre una gran crisis humanitaria, a pesar de su mayor acceso a bienes materiales. Nuestro pueblo se mueve en un camino diferente de “admirable espíritu de superación”, como señalara el papa Francisco en su visita en 2015. Es hora de que las autoridades sepan escuchar y responder con más lealtad.

Para comprender el fenómeno de Caacupé el 8 de diciembre, cuando miles de compatriotas hacen un potente gesto de religiosidad dirigido a la Madre de Jesucristo y, a través de ella, a Dios mismo, año tras año, hay que remontarse a las enseñanzas cristianas sobre la Encarnación de Dios, profundamente arraigadas en el sentido común del pueblo paraguayo.

La fiesta de Caacupé se da en un tiempo litúrgico llamado Adviento cuando se reflexiona sobre la espera personal y comunitaria de la intervención de Dios en la historia humana no para juzgar, sino para salvar al pueblo en los embates de la vida. Contar con esta compañía divina, que se comprende también como Providencia, pedirla y rogar por ella, no requiere, como algunos pretenden, una coherencia vital impoluta, ya que los garantes del pueblo ante Dios son la misma Inmaculada Madre y, sobre todo, su Hijo, el Kirito crucificado y el Tupãsy membymi, inocente y luminoso, representado en el pesebre de barro en estos mismos días. Por eso, en la peregrinación participa por derecho propio todo tipo de personas, ya que su pasaporte al Santuario de Caacupé es más bien su sentido de pertenencia y no tanto su coherencia. Esta doctrina es ciertamente muy “escandalosa” e incomprensible para una mentalidad racionalista, moralista, exitista o muy pragmática. Pero sigue presente con gran vitalidad y es la fuerza espiritual que alimenta el gran sentido de humanidad que tiene el pueblo paraguayo.

Las autoridades nacionales no deberían despreciar con altanería o cinismo esta manifestación masiva de fe, sino más bien auscultar su sentido y responder con lealtad y sentido de pertenencia a esta tesonera expresión del corazón de su pueblo, cuya moral se alimenta de raíces cristianas y debe ser respetada, sobre todo cuando se diseñan programas de desarrollo empaquetados fuera del país, con paradigmas contrarios al nuestro. Caacupé es un signo de que el pueblo paraguayo prefiere dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Ciertamente, aplaude el tirón de orejas a los gobiernos de turno por parte de los obispos, pero no espera que el poder político totalice su vida ni mucho menos que pretenda guiar sus fueros internos ni su mentalidad ante la vida, la familia y las libertades básicas. Los ciudadanos de a pie cuestionan que ciertas autoridades traten nuestros valores morales como “barreras a derribar” desde paradigmas financieros, políticos y culturales fallidos que traen de fuera.

Está comprobado científicamente que la fe es sanadora y motiva a las personas a desarrollarse armoniosamente, aún en situaciones dificultosas. La fe es, a su vez, un método educativo de introducción a la realidad y un camino de conocimiento que supera los presupuestos materialistas de los estilos de pensamiento e ideologías contemporáneos. Estadísticamente, naciones que rechazaron por décadas las experiencias religiosas e impusieron un laicismo político a generaciones, hoy tienen jóvenes ciudadanos que están retornando a las prácticas de fe luego de sus fracasos en términos de convivencia y solidaridad social en crisis. Mientras, en Paraguay nunca se perdieron. Lo que para aquellos es búsqueda de calor entre las cenizas, para nuestro pueblo es una llama muy viva que se transmite de generación en generación y esto es una ventaja existencial cada vez más evidente para quienes visitan y elogian nuestra forma de vida comunitaria en eventos culturales y deportivos internacionales. Lo que no nos exime de desafíos, ya que la separación entre vida y fe genera grandes fracturas socioculturales, a los que hay que sumar la propagación de estilos de vida individualistas y consumistas que obstaculizan la conservación de nuestros valores.

La esperanza visibilizada hoy en Caacupé debe poder encontrar formas apropiadas de expresión en la vida nacional durante el resto del año y esta es una tarea que nos compete a todos.

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