05 mar. 2026

El presidente del pódcast

El presidente Santiago Peña decidió dar un golpe geopolítico –según sus propias palabras– gastando en el año más de 150 millones de dólares que no estaban en el presupuesto para comprar radares estadounidenses y aviones brasileños, aunque para ello tuviera que postergar hasta el 2026 el pago de las deudas con las contratistas del Estado. Dijo que fue su decisión generar este déficit transitorio (así lo calificó él) para resolver un problema de antaño, la indefensión de nuestro espacio aéreo, y agregó que las empresas que negocian con el Estado, tanto las constructoras como las proveedoras de insumos médicos deberían tener las espaldas financieras como para soportar algunos atrasos porque son los riesgos inevitables de ingresar al gran mercado de las compras públicas.
Uno puede estar de acuerdo o no con el presidente, puede considerar acertado o terriblemente errado su análisis, pero no deja de ser sumamente saludable que finalmente sepamos lo que piensa sobre cuestiones tan relevantes como el manejo del presupuesto, las metas de control del déficit fiscal, la deuda con las contratistas o la defensa aérea. En un pódcast que grabó con varios periodistas, el presidente abordó la mayoría de los temas del momento y lo hizo algo más suelto y explícito que de costumbre, demostrando que sí tiene argumentos para debatir, independientemente de que estos convenzan o no.

Confieso que le tenía poca fe al experimento porque me pareció una mesa montada para neutralizar a los periodistas más críticos, sentándolos con un par de operadores del oficialismo. Felizmente me equivoqué. Fue una charla muy interesante. Por un lado, Peña ratificó lo que ya sabemos: Su dependencia absoluta de Cartes, sus vaguedades con respecto a todo lo que tenga que ver con las prácticas corruptas de sus correligionarios y su clara intención de evitar transparentar cuestiones tan básicas como quién o quiénes lo visitan en la residencia presidencial. Su desmentido sobre la participación del presidente de la ANR en la reunión secreta que mantuvo con seis de los nueve ministros de la Corte sonó a embuste acordado. Decir por primera vez que Cartes no estuvo, casi veinte días después de que se filtrara la reunión, hace inevitable suponer que esperaron hasta saber si había alguna prueba de que el hecho ocurrió antes de afirmar lo contrario.

Pero lo más sustancioso para mi gusto giró en torno al tema económico. Peña dejó en claro que no pretende tocar el triple diez del sistema tributario ni renunciar a su proyecto estrella en educación, el de hambre cero, ni a subsidios para la tercera edad, aunque sabe que éstos dependerán cada vez más de los impuestos y menos de los fondos de las binacionales. Aparentemente, Peña se juega a que el grado de inversión –que nos otorgaron ya dos calificadoras de riesgo a nivel internacional– impulsará un crecimiento económico suficiente como para generar los ingresos necesarios para mantener sus proyectos sociales y apalancar las obras públicas con el capital extranjero que entre a través de los bancos y la bolsa.

Pero para que su visión casi exageradamente optimista se cumpla, Peña sabe que necesita cuando menos desacelerar el crecimiento del déficit de la Caja Fiscal, la previsional de los funcionarios públicos, que supera ya los 300 millones de dólares y se come el 60% de los nuevos ingresos y reducir la dependencia de la obra pública del endeudamiento estatal. Para eso tendrá que lograr una primera reforma en el 2026, el año de las elecciones municipales.

Por supuesto que la charla dejó un montón de preguntas por formular y muchas más sin responder, pero fue un ejercicio sumamente interesante que permite poner sobre la mesa del debate problemas de fondo cuya resolución definirán el país que tendremos. Contrario a lo que le digan sus asesores, gobernar requiere de una comunicación permanente, de confrontar ideas, de intentar convencer, de dar explicaciones, de asumir posiciones. El presidente invierte tiempo y energía buscando convencer al inversor de afuera, debería hacer lo mismo con sus mandantes de adentro. Después de todo, la comunicación bien entendida comienza por casa.

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