El Paraguay es un país pobre. Sabemos que el gobierno trata sistemáticamente con falacias “macroeconómicas” intentar contradecir este hecho patente. Se habla de supuestos crecimientos anuales de tal o cual porcentaje, de “inversiones” nuevas en todos los sectores de la economía. La realidad, sin embargo, es que vemos cada vez más a un paraguayo a quien le es cada vez más difícil subsistir, que no puede cubrir sus deudas, que no puede ahorrar ni crecer económicamente. Informes internacionales aseguran que nuestro país sufre de un 30% de pobreza extrema. Como consecuencia, vemos a la población paraguaya reducirse, como consecuencia de la emigración y la disminución de la tasa de natalidad Esto debiera ser motivo de preocupación.
Vemos pobreza al contemplar al paraguayo hacinado en vehículos de transporte en pésimo estado. Vemos la pobreza en servicios de salud colapsados incapaces de brindar el más mínimo consuelo a la enfermedad y el dolor. Vemos pobreza cuando 30% de la población no tiene acceso a agua potable. Vemos pobreza al contemplar a docentes aplazándose en más ante un examen mínimo de aptitud.
Vemos pobreza cuando percatamos que los índices de inversión en la nación son cada vez menores. Vemos pobreza cuando el ciudadano abandona su voluntad de trabajo independiente para convertirse cada vez más en un parásito del Estado. Vemos pobreza cuando el Gobierno en forma sistemática convierte a sus ciudadanos en mendigos funcionales con mayor y mayor obra social.
Ante este lamentable panorama, el público se pregunta: ¿No es acaso función del Estado atender a estas cuestiones? ¿Cómo podemos permitir esto? ¿Qué están haciendo con nuestros impuestos? Impotente, concluye finalmente que el resultado de la miseria que ve se debe a la conducta inmoral y corrupta del político. Parte de esto es verdad. Sin embargo, en general el público no es capaz de comprender el verdadero origen de la pobreza en una sociedad.
Lo que llamamos pobreza es la incapacidad de un individuo de procurarse, con el fruto de su trabajo, los bienes mínimos necesarios para su sustento. ¿Por qué ocurre esto? Simplemente porque lo que ofrece en el mercado no está siendo valorado suficientemente por el consumidor ya sea porque su productividad marginal laboral es muy baja o porque no puede producir los bienes necesarios para intercambiarlos con otros productores. Lo que obtenemos en la sociedad es proporcional a nuestra contribución con ella y para revertir esta lamentable situación, debemos aumentar nuestra productividad.
Nada puede hacer el Estado para solucionar el problema. El Estado vive parasitariamente de las contribuciones compulsivas que demanda de sus ciudadanos. No es un ente productivo. No puede crear riqueza. Solo hacer transferencias. El aumento del tamaño o de la intervención del Estado en la sociedad no producirá riqueza. Producirá más y más pobreza generalizada. Pero para ello, es menester analizar dos presupuestos fundamentales que son la piedra angular en el enriquecimiento de una nación. El factor económico per se, y el factor institucional. Veamos.
Solo hay una forma de hacer rica a una nación. El aumento de capital marginal disponible en ella. De esa manera, el individuo como empresario o productor podrá crear mayor y mejores bienes, y el trabajador como empleado, podrá aumentar su productividad marginal e incrementar su salario. Esto permitirá que cada individuo tenga mayor cantidad de bienes para ofrecer a sus semejantes en intercambio. Todos los sectores de la sociedad se harán más ricos.
¿Cómo aumentamos el capital en la sociedad? Hay una sola manera de hacerlo. A través del ahorro y la inversión. Para esto debemos considerar el concepto de la preferencia temporal. Existen dos conductas que toda persona puede adoptar con respecto a cómo disponer del producto de su trabajo. Por un lado, puede tener una preferencia hacia el consumo inmediato de lo producido –esto se llama tener una alta preferencia temporal– o, por otro lado, inclinarse a limitar su consumo inmediato y postergarlo para el futuro –esto lo llamamos una baja preferencia temporal– con el fin aumentar su stock de bienes y poder ser capaz de abordar procesos productivos de mayor extensión temporal que le permitan obtener una mayor productividad. La baja preferencia temporal da lugar a lo que llamamos ahorro, y el ahorro es la base de lo que luego, por medio del proceso de inversión, se convertirá en bienes de capital. El ahorro es fundamental, pues, al proceso de capitalización de una nación y este proceso es la base a su vez, del aumento de la riqueza.