Sé que hay personas que dedican su tiempo a “cazar” atardeceres, más precisamente la puesta del Sol, lo que llamamos el ocaso, y su remanente, la luz crepuscular.
La puesta del Sol me impresiona desde siempre; esa metamorfosis del tiempo, que pasa de la claridad del día a la oscuridad de la noche. Me he deleitado muchas veces mirando-sintiendo el ocaso. Lo hago siempre que tengo ocasión, generalmente mientras viajo de Paraguarí a San Lorenzo, y he tomado montón de fotos durante estos viajes de regreso a casa.
Pero el “cazar” atardeceres con los colores crepusculares responde más a capturar su belleza que la magia –para mí–, que sucede en ese instante en que el Sol, prácticamente acostado sobre el horizonte, se oculta, reflejando en todo su esplendor la enorme fogata que, se presume, es y que abarca todo el panorama, mientras comienzan a titilar las primeras estrellas sobre un paño violáceo, para volver al día siguiente, antecedida por la aurora.
Recuerdo uno en particular que me conmovió cuando volvíamos de una cobertura en la ciudad de Ayolas, hace algunos años. Éramos tres en el móvil del diario –donde entonces trabajaba– y de pronto, sin darnos cuenta, cuando estábamos cruzando la extensa pradera en la zona de Caapucú el aire palideció, todo el horizonte que daba a mi izquierda pareció que ardía y las estrellas eran como chispas de aquella enorme fogata que se ocultaba tras el horizonte. Todo ese enorme campo abierto parecía resplandecer en un tono dorado, casi broncíneo.
Este punto exacto –del ocaso– es cuando uno percibe lo pequeño, lo ínfimo de su ser ante lo que sucedía a esa hora –y a toda hora– en este vasto universo, sin que tuviéramos conciencia de ello.
Pero todo esto es una mera ilusión. El maravilloso espectáculo que nos ofrece el ocaso no es otro que el ingreso a la zona de penumbra, la que nos lleva a la noche y, al amanecer, a un nuevo día. La realidad es que estamos en el presente único –el de cada uno– y la puesta del Sol es la última barrida de luz que avanza arrastrando la oscuridad, recorriendo la superficie terrestre, hasta dar la vuelta completa al planeta geoide, y otra vez más, sin detenerse; es decir, la suma de los días.
Por eso, para mí que el tiempo es solo presente, porque el pasado es recuerdo y el futuro es proyecto y no podemos avanzar en uno u otro sentido, fuera del presente. El resto es ciencia ficción.
Tomar noción de esta realidad es comprender que el momento es ahora y el tiempo siempre es presente; que los años, meses y semanas son inventos humanos; incluso el día y la noche son fases de un mismo hecho: la Tierra gira en torno al Sol.
Aunque de esta noción tuvo que retractarse Galileo Galilei, en un juicio al que fue sometido en el año 1633 por la Santa Inquisición.
El fenómeno también puede ser distinto según el sitio de la Tierra donde uno está parado. No es lo mismo estar en Paraguay, que estar en Suecia, Noruega o Finlandia, donde el declive del Sol es mucho más lento y puede durar meses.
Otro dato que corrobora esto es la llegada del año nuevo, que siempre comienza en los archipiélagos del Pacífico, que para nosotros sucede todavía faltando como doce horas para la medianoche y el cambio de año; luego alcanza Nueva Zelanda, Australia y los países del Lejano Oriente, para avanzar hacia el Oeste, cruzar Europa y llegar a América, para perderse nuevamente después en el extenso Océano Pacífico, completando la vuelta al mundo, nuestro mundo.
Los más aventureros podrían simular viajes en el tiempo, yendo en dirección contraria a la rotación de la Tierra, y decir que está “un día adelantado” al cruzar el umbral del huso horario, pero necesitarían de un vehículo lo bastante veloz, y aun así, seguirían estando acá y ahora, nada de más allá en el tiempo, porque lo único que habrán cruzado no sería el tiempo propiamente, sino la oscuridad que produce el Sol al ocultarse y solo habrán experimentado una noche mucho más corta.