Me emociona la candidez de los republicanos que hoy descubren que aquellos que compartían su causa no eran quienes pretendían ser. Su estupor ante la condena del senador Erico Galeano que –ahora se enteran– operaba con el arquitecto de la hidrovía de la coca; su indignación al revelarse que Hernán Rivas, a quien encumbraron como presidente del tribunal de jueces, ostentaba un título falso. “Nos engañaron”, se lamentan. Y no tenemos por qué poner en duda su dolor ni su cólera, salvo quizás porque les llevó la mitad del periodo de Gobierno caer en la cuenta de que los estaban timando.
Supongo que era difícil dudar de que Rivas fuera un profesional del derecho, aunque nunca esgrimiera un solo argumento jurídico a favor o en contra de cualquier proyecto de ley. De hecho, nunca se le escuchó emitir una opinión sobre el tema que fuera y las pocas veces que se animó a responder preguntas a la prensa dejó bajo sospecha si alguna vez cursó la secundaria.
Por eso resulta tan enternecedora la credulidad de sus pares que, pese a conversar personalmente con él, estuvieran convencidos de que el hombre no solo era un legislador versado, sino además quien reunía los requisitos para erigirse en árbitro supremo de jueces y fiscales.
En el caso de Galeano, que la Fiscalía hiciera públicas determinadas situaciones no era motivo suficiente para que sus compañeros republicanos pusieran en duda su inocencia, aunque todas esas particularidades tuvieran que ver con Sebastián Marset, el hombre que montó en Paraguay la mayor red de acopio y “exportación” de cocaína a Europa.
Son cuestiones irrelevantes.
Por ejemplo, que Marset fungía de jugador de fútbol y que lo hacía en un club presidido por Galeano. ¡Pura coincidencia! También que tenía una flotilla de aviones que usaba para mover la droga, pero que luego de que la Fiscalía se las incautara pasó a operar con una avioneta que le alquilaba Erico. ¡Otra coincidencia! Igual que, más o menos por las mismas fechas, la mano derecha de Marset le comprara al senador un departamento en un millón de dólares, que lo pagara en efectivo y que el legislador y empresario evitara dejar constancia de la operación, limitándose a la suscripción de un contrato privado. Un error involuntario, seguramente.
Todo esto se hizo público hace más de dos años, pero es tal el nivel de ingenuidad de sus pares que recién con la ratificación de su condena a 13 años de cárcel empezaron a preguntarse si Erico era quien decía ser.
Esta pureza de pensamiento no tendría que llamarnos la atención. Ya hemos visto cómo fueron embaucados en el pasado, por ejemplo, el diputado Juan Carlos Ozorio, generoso prestamista de varios de sus colegas que hoy está preso, acusado de utilizar la cooperativa que presidía para lavar dinero del narcotráficoo o por el senador Óscar González Daher, ya fallecido, quien resultó ser –nadie jamás lo hubiera sospechado– el rey de la usura en el Paraguay.
Esta pobre gente ha sido defraudada tantas veces en su buena fe que uno esperaría que con cada nuevo caso reaccionaran encolerizados, hartos de que les tomen del pelo. El propio presidente de la República ha sido víctima de estos delincuentes que fingen vocación de servicio.
Por eso defendió en su momento a González Daher recordando que la gente solo le tira piedras al árbol que da frutos. También se refirió a Galeano asegurando que las evidencias no demostraban su vinculación con el narcotráfico. ¡Pura candidez!
Ante la contundencia de los hechos se le pidió una opinión al presidente y otros miembros del oficialismo, dándoles la oportunidad de descargar su ira ante la traición de estos correligionarios. Y la respuesta ha sido contundente. Básicamente, se quejaron de que Galeano ya esté preso y que el ex intendente de Ciudad del Este, Miguel Prieto (peligrosamente bien posicionado en las encuestas) no. O sea, no importa que haya narcos en mi grupo, lo importante es que hay ladrones de gallinas en el equipo contrario, y que, si mi narco va preso, su chorro también.
No más preguntas, su señoría…