En la física aristotélica, el vacío era inconcebible. La lógica dictaba que todo espacio debía ser cubierto por la materia; la idea de la ausencia era una imposibilidad racional. La política paraguaya, especialmente las disputas faccionales dentro de la ANR, nos enseña que también el poder aborrece el vacío. Allí, los problemas no se inician necesariamente con la ausencia del líder, sino con la percepción de su vulnerabilidad.
El cartismo rompió con una regularidad democrática. Fue el único movimiento que pudo trascender exitosamente el periodo presidencial. El límite institucional de la reelección no mermó el poder de su líder, simplemente mudó su residencia a la avenida España. Eso ayudó a construir un movimiento electoralmente exitoso bajo el magnetismo innegable de un centro de gravedad indiscutido. Pero en la política como en la física, el debilitamiento del imán modifica la órbita de sus satélites.
Cuando los actores periféricos toman conciencia de la convalecencia del liderazgo, el estado de naturaleza hobbesiano aparece y la lucha de todos contra todos se asoma como la dinámica para seleccionar un nuevo centro de gravedad. La cuestión es que el líder está y no está. Lo que en la física es paradoja, en la política es la incertidumbre típica de las transiciones, tal como describió O’Donnell. Al no poder permitirse esa indeterminación, los actores incrementan la disputa interna por el espacio vacante.
La sucesión suele ser el gran problema de los liderazgos hiperpersonalistas, que no forman sucesores, sino que se rodean de subordinados. En ese marco, el vacío es un abismo pues el movimiento no se institucionalizó más allá de la figura de su fundador. Se podría esperar que el actual presidente busque ocupar el espacio, pero la realidad es que siempre fue un “pato rengo”. Habita el Palacio, pero el poder se encuentra en otro lugar; gobierna, pero no manda. Si la convalecencia se vuelve permanente, el vacío será simplemente insoportable y la experiencia indica que ese espacio buscará ser ocupado.
Precisamente, la historia nos ilustra, parafraseando a Pareto, que el Partido Colorado es un cementerio de movimientos. La ANR trasciende a sus corrientes internas y sobrevivirá a ellas. Ese hueco es una anomalía que la organización terminará poblando. El pasado reciente nos recuerda que el relevo de las facciones dominantes suele ser traumático y caótico. Pero el partido, al final, halla el modo de sellar el espacio y adaptarse.
Somos testigos, entonces, de una reordenación de fuerzas en la que los actores buscan cubrir el vacío. Si el líder no regresa, la hegemonía colorada arbitrará la salida, ya sea transformando todo para que, en esencia, nada cambie.