24 jul. 2024

El futuro incierto

Está cada vez más presente la idea de que estamos en un cambio de época. Un cúmulo de factores lo atestiguan. La revolución tecnológica, la inteligencia artificial, el predominio de las redes sociales, la polarización política, la reconfiguración de la geopolítica, la guerra, el surgimiento de las nuevas derechas, y el cambio climático, son, probablemente, los fenómenos más desafiantes.

Esta acumulación de macrotendencias nos afecta a escala global y si bien son portadoras de buenas y malas noticias, el saldo que arrojan, en nuestra opinión, un estado de ansiedad y duda sobre si sobreviviremos el cambio. Si, al final, la gran transformación en curso vendrá acompañada de una nueva cohesión social en la que perduren valores democráticos, de respeto a los derechos y la dignidad de las personas, en un ambiente plural a inclusivo.

Hay un cierto optimismo que se está perdiendo. El filósofo alemán Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), en su compleja construcción conceptual, hablaba del devenir del Espíritu, que arrancaba como potencial y se iba realizando a lo largo de la historia hasta alcanzar su culminación. El mismo visualizaba un fin de la historia, signada por el predominio de la razón, la libertad y el autoconocimiento. Era una visión básicamente teleológica y esperanzadora que concebía el devenir humano como un proceso de perfeccionamiento superador. Es esa esperanza la que hoy se desvanece, devorada por la fragmentación del mundo tal como lo conocemos.

Obviamente, los razonamientos de carácter teleológico, que explican el curso de la historia en términos de un fin prescrito, son más metafísica que ciencia. Aún así, una de las maneras de llevar adelante nuestra existencia es creyendo que las idas y venidas de las épocas serán eventualmente resueltas para bien. Que el Espíritu echará sus anclas y habremos superado el caos. Es la creencia en un fin utópico la que ha alimentado la resiliencia de la humanidad en momentos de extrema ignominia. Esta fe en el bienestar venidero puede interpretarse gracias al relato hegeliano, pero se encuentran sus paralelos en otras grandes narrativas, como la de la salvación cristiana, o la de la sociedad sin clases del marxismo. Todas ellas han cumplido funciones análogas en ese sentido.

Sin embargo, el recurso a la esperanza tiene también un segundo punto de apoyo, que se sustenta en el rechazo a la idea de un fin ineluctable, pero incorpora la creencia en la capacidad de la agencia o praxis humana de construir un mejor futuro. Una visión de los fines históricos como constructos de la voluntad y el quehacer. No es la esperanza de que lo bueno va a llegar, sino la de que existe en el mundo la voluntad de crear lo bueno. Que hay un Sujeto capaz de construir una nueva cohesión social, fundada en la democracia, el derecho humano y la inclusión, y que logra, al mismo tiempo, concluir la transición hacia una economía verde, asegurar una convivencia civil y tolerante, y hacer un uso productivo y beneficioso de la tecnología.

Este segundo punto de apoyo a la esperanza es mucho más político que el primero. Podemos decir con bastante certeza que hoy por hoy el futuro no está de ningún modo asegurado. Que no hay un despliegue ineluctable de la razón y la conciencia. Las cosas pueden muy bien encaminarse hacia algún tipo de distopia orwelliana. La cuestión es más bien si existe la posibilidad de ganar lo que la extrema derecha llama la “guerra cultural”. Si se puede construir una nueva “hegemonía virtuosa”, lo suficientemente amplia y hábil como para contrarrestar el avance del negacionismo, la deshumanización de la inteligencia, el autoritarismo, la intolerancia y el fundamentalismo, la cancelación del derecho, el nacionalismo nativista y xenófobo, la desigualdad, la exclusión y la guerra. El panorama no es auspicioso, hay sin duda un ascenso de subjetividades e identidades que han sido hábilmente explotadas no solo por las nuevas derechas, sino por regímenes autoritarios del sur global tanto de izquierda como de derecha. La cuestión es no ceder ante la nueva barbarie posmoderna que se ejercita en una reedición del asalto a la razón.

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Luis Carlos Irala