24 mar. 2026

“Dale poder al hombre y lo conocerás”

Hay momentos en los que la conversación pública del mundo parece detenerse frente a una misma sensación: Asombro, indignación y desconcierto.

Últimamente, gran parte de ese malestar colectivo aparece una y otra vez, a medida que se conocen nuevos documentos y revelaciones vinculadas al caso de Jeffrey Epstein, un escándalo que durante años permaneció envuelto en sombras y que sigue provocando preguntas incómodas en torno al poder, el privilegio y la impunidad.

En el ámbito cultural, algo similar dejó huellas profundas con las denuncias que rodean al influyente productor musical Sean Combs, conocido mundialmente como Puff Daddy o Diddy.

Durante décadas, fue una de las figuras más poderosas de la industria musical y, sin embargo, las acusaciones que salieron a la luz sacudieron profundamente la percepción pública sobre ese mundo de fama y sobre la forma en que el poder puede operar dentro de él.

Más allá del impacto mediático de estos casos, lo que incómoda es lo que revelan sobre una dinámica humana conocida desde hace siglos.

Cuando episodios como estos se repiten sin pausas y se dan en distintos ámbitos –la política, la cultura, los negocios– muchas personas se hacen la misma pregunta: ¿Cómo es posible que el poder se convierta tantas veces en un espacio de abuso o de impunidad? Es allí cuando la frase atribuida a Abraham Lincoln vuelve a tomar fuerza: “Dale poder al hombre y lo conocerás”.

Más allá de que hoy podríamos extenderla a cualquier persona que alcance una posición de poder, la idea sigue siendo reveladora.

El poder no crea lo que una persona es, lo revela, abre un terreno fértil donde lo que estaba latente –virtudes o sombras– se despliega. Es entonces cuando aparecen las verdaderas dimensiones del carácter humano: Su ética, sus heridas, sus ambiciones, sus límites. La historia, lamentablemente, ofrece muchos ejemplos de esto. Instituciones respetadas por décadas pueden perder prestigio en muy poco tiempo cuando quienes llegan a la cima utilizan su lugar para fines personales, para ejercer una autoridad sin límites.

Paraguay también conoce bien ese peso histórico. Durante décadas, bajo el régimen de Alfredo Stroessner, el poder se concentró en pocas manos y muchas historias permanecieron en silencio por años.

Con el paso del tiempo comenzaron a aparecer testimonios, archivos, relatos que muestran hasta qué punto la impunidad puede deformar la relación entre el poder y la dignidad humana.

No es casual que el arte vuelva una y otra vez sobre estas heridas. El cine paraguayo también se aproxima a ellas. Próximamente veremos en el país la cinta Narciso, del realizador Marcelo Martinessi, presentada recientemente en el Festival Internacional de Cine de Berlín. Cuando el cine mira hacia esos periodos, no lo hace solo para reconstruir el pasado, también es para recordarnos que las preguntas sobre el poder, la memoria y la responsabilidad colectiva siguen abiertas.

Así, muchos se hacen una pregunta incómoda: ¿En quién podemos confiar? A lo largo de la historia, muchos que llegaron al poder lo hicieron prometiendo cambios, justicia o protección para luego utilizar su posición en beneficio propio, decepcionando, rompiendo la confianza social.

Por eso conviene recordar algo simple, cuando elegimos a alguien para brindarle poder, lo que elegimos tiene que ver con nuestro propio criterio. Es crucial entender que si algo está bajo el propio control ciudadano no es la conducta futura de quienes gobiernan, sino el cuidado con el que se elige, se brinda esa confianza y se le sostiene.

Cultivar el criterio, la educación, informarnos, contrastar datos, escuchar distintas voces y desarrollar una sensibilidad ética más afinada debería convertirse en una autonorma para evitar decepciones o para que sean cada vez menos dolorosas.

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