19 mar. 2026

La muerte de un consigliere

Hace menos de un mes falleció a los 95 años otro de los grandes actores que florecieron entre los años 60 y 70, y se mantuvieron más o menos vigentes hasta la primera década del siglo: Robert Duval. Ya lo habíamos dicho en otro momento: Son tiempos fúnebres para aquella generación que forjó el Nuevo Hollywood cuando nada parecido asoma hoy en el horizonte como movimiento cultural. De ahí la nostalgia por aquellos años, es cierto, pero también la necesidad de poner en valor sus logros. No sería muy desatinado decir que Duvall entró en la historia del cine como una leyenda. Su debut como actor fue en una película antológica, Matar un ruiseñor (1962). Allí no tiene ninguna línea (no hace mucho tiempo reveló que sí la tenía, pero no entró en el corte final de Robert Mulligan), aparece fugazmente en pantalla y, sin embargo, es uno de los personajes más importantes de la película: Arthur Boo Ridley, un hombre que vive solo y encerrado en una típica casa que causa terror en los niños, tiene la cara pálida por el poco contacto con la luz y, sin mostrarse nunca, cuida de Jem y Scout, los niños que protagonizan la historia. El personaje de Duvall es el ruiseñor a que hace alusión el título: Boo es un ser puro al que no hay que dañar como no hay que dañar a los ruiseñores (le dice Atticus Finch a Scout), pues el fanatismo religioso de su familia y el mundo exterior ya le provocaron antes un trauma. La media sonrisa que dibuja Duvall la primera vez que, cómplicemente, se miran frente a frente con Scout, es una de las sonrisas más expresivas de la historia del cine. Así como los recientemente fallecidos Gene Hackman y Donald Sutherland, Duvall era un actor preferido por los directores del Nuevo Hollywood que comenzó, se puede decir, con Bonnie and Clyde (1967). Lo dirigieron en los 60 y 70 los entonces jóvenes exponentes del cine estadounidense de taquilla y de arte: Arthur Penn, Robert Altman, Sam Peckinpah, Francis Ford Coppola, George Lucas, entre otros. En general, encarnó papeles de hombres con cierto sentido de la justicia o del deber, con autoridad moral, pero ahí lo tenemos también como el amante del olor matutino a napalm Teniente Coronel Bill Kilgore, en Apocalyse Now (1979) o como el líder religioso y fanático Euliss F. Sonny Dewey, en The Apostle (1997), película esta que además escribió y dirigió.

Es imposible nombrar una o dos de sus grandes películas. Prefiero recordarlo por la que está más fresca en mi memoria, por haberla vuelto a ver hace poquito: Falling Down, de Joel Schumacher. Titulada en castellano muy acertadamente Un día de furia, la película sigue envejeciendo bien al igual que los personajes de Michael Douglas (un hombre con tendencia a la violencia que se desquita de su maldita suerte enfurecido contra el mundo, en especial contra los inmigrantes y los trabajadores) y de Duvall, el único policía con humanidad que (en su último día de trabajo) debe atrapar a Douglas antes de que se haga daño o provoque más muertes. Hay en el policía Martin Prendergast una síntesis de la facilidad que tenía Duvall para crear personajes entrañables, de aquellos que tendrías como amigo, desde aquel lejano Boo de hace más de sesenta años. Un día de furia es una película estrenada dos años después de la tercera parte de El Padrino, donde Duvall no participó por una simple razón, en un filme montado solamente por el dinero (ante la quiebra de Coppola y Al Pacino), querían pagarle mucho menos de lo que ganarían ellos, por lo que prefirió no participar. Mirando a la distancia, pienso que fue la mejor decisión renunciar a seguir el consigliere Tom Hagen.

Kevin Costner, que lo dirigió en el buen western Open range (2003), en una de los últimas grandes actuaciones, contó: “El muy bastardo tenía tan interiorizado el papel que conseguía improvisar con una facilidad sorprendente. Una vez le dije: ‘¿Cómo puedes hacerlo?’ y él me contestó: ‘Es muy fácil cuando sabes que las palabras que vas a decir se van a quedar... grabadas para la eternidad’. Era genial, aunque tenía muy mal genio”.

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