Opinión

El flaco Jara y los Reyes Magos

Gustavo A. Olmedo B Por Gustavo A. Olmedo B

Año 1991. En el escueto mensaje preparado con máquina de escribir se leía: “Lo que tenemos que aprender de los sabios de Oriente. Seminario sobre literatura y filosofía. Miércoles, 18:00. Sótano del Aula Magna. Válido: 2 créditos. Sala E”.

Algunos estudiantes gastaban bromas al respecto. Otros miraban con sorpresa. “El profe Jara quiere hablar de los Reyes Magos? ¿Qué le pasa?”, se decían entre ellos. El flaco Jara —como le llamaban sus colegas— tenía una licenciatura en Filosofía. Amaba la literatura y la historia. El hombre, de casi 60 años, conocía muy bien el inigualable aroma de la tierra recién arada y los amaneceres que enmudecen el alma. Dejó su querida Guairá, siendo adolescente.

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Algunos se anotaron al seminario por curiosidad. La mayoría, para obtener los créditos académicos. En cuatro sesiones inolvidables para aquel pequeño grupo, Jara supo exponer cuánta riqueza hay y puede haber en la realidad que conocemos, en las historias que sabemos, en las personas que encontramos; que siempre hay un nuevo sabor que descubrir en la rutina, una forma distinta y fresca de mirar al “insoportable” jefe de turno, etc. “Todo enseña, todo invita, de todo se aprende”, era su frase favorita.

“¿Acaso un universitario puede aprender algo de los Reyes Magos?”, preguntaba en voz alta, provocando así a muchachos y chicas que —si bien, no lo decían— en el fondo pensaban saberlo casi todo. No era para menos, habían recorrido casi toda una carrera entre libros de sociología y matemáticas.

“Señor Mendieta, dígame, ¿cuándo fue la última vez que alzó la cabeza y miró al cielo? ¿Cuándo se paró un instante y se dejó asombrar por una estrella de verano o los magníficos trazos de una sencilla margarita?, interrogó el profesor al chico del fondo. Aprender a mirar. Jara lo repitió y desarrolló a lo largo de los encuentros. Encendió el debate sobre una práctica aparentemente insignificante y hasta calificada de “romántica”.

“Es la primera lección de los sabios de Oriente. La realidad entera está llena de signos. Aprender a mirar la realidad con asombro nos hace humanos, reconocer los signos nos permite emprender el viaje hacia nuevos horizontes. Volver a mirar hacia arriba y no encorvarnos hacia el suelo. Mirar más allá de lo inmediato nos hace respirar”, remató Jara.

En otra ocasión, ante la consulta de qué es lo más preciado que tenía en su pupitre, el estudiante le muestra un discman (reproductor de CD muy popular en aquellos años). “¿Se lo regalarías al mejor amigo, tu madre, tu novia?”. “Creo que sí”, respondió dudoso.

Aquellos hombres, magos o reyes, imaginarios o reales —indicó— también nos revelan un secreto. Cuando uno ama o valora a alguien, siempre estará dispuesto a obsequiar, entregar algo de sí. “Ofrecerse, desprenderse no es fácil, pero nos une al semejante; nos hace partícipes. Si aquellos Reyes no hubieran entregado algo de sí, quizás no hubiesen quedado en la historia. Cada presente tenía un sentido y valor. Aprender a dar y darnos es una lección de aquellos intrépidos y extraños personajes”, expresó.

El núcleo del trabajo final provocó comentarios de tono antropológico. Los Reyes Magos exponen, de alguna manera, la estatura humana que no debe perderse, pues son buscadores movidos por un ideal; no están atrapados en sus quehaceres o comodidades, ni siquiera en la idea de que “ya son sabios”. “Un deseo poderoso los mueve, les urge hallar aquella promesa que responde los deseos del corazón y la razón, buscan la felicidad. El hombre sediento, vence la pereza y el miedo”, concretó.

El último día, Jara se despidió con un obsequio para cada uno, pero no sin antes recordar que cada época siempre tendrá la necesidad de una “luz que brille con intensidad en medio de la oscuridad de las confusiones de la sociedad”, así como de la presencia de personas que —al igual que los Magos de Belén— sean capaces de elevar la mirada, descubrir “la estrella”, dejarse asombrar por ella y emprender el desafiante viaje.

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