Opinión

El  escándalo como método político

Ninguna palabra es inocente y detrás de ella hay una construcción colectiva, sinuosa y absolutamente vital. A cada una, en especial a las floridas groserías que engalanan nuestras vidas y algún que otro encuentro familiar o social, le dotamos de un significado que rebasa su propia literalidad. Conocer la etimología de una ofensa es el primer camino para desarmarla como si fuese una bomba de relojería.

Arnaldo Alegre Por Arnaldo Alegre

Esta disgregación idiomática tiene una razón práctica de ser. En un primer momento pensé que el diputado colorado Jorge Brítez era un estúpido. Por si el caldero hervido en que vivimos las últimas semanas les borró la memoria, les hago la recordación de rigor. Brítez es un zopenco metido como diputado de la nación, gracias a vaya saber qué mala broma de los dioses electorales.

Entre otras maravillas legislativas usó un anatómico como mascarilla anti-Covid. Últimamente presentó un pedido para que Paraguay rompa relaciones con Australia porque sus autoridades no dejaron entrar a Novak Djokovic, un afamado tenista o ahora también un afamado antivacunas, para no decirle un estúpido antivacunas.

Uno bucea precisamente por el término estúpido gracias a los buenos oficios de internet y descubre lo injusto que fuimos con los estúpidos. Pues, precisamente, el estúpido (parido por el latín estupeo para llamar al aturdido) es quien demuestra un estado de pasmo o que manifiesta inmovilidad, como un tonto de pueblo chico.

A la luz de los hechos semánticos, definitivamente Brítez no es estúpido, ya que es alguien que no está quieto: habla y gesticula para dejar en claro su patética sandez. Hace como el pato, a cada paso cumple con la función excretora, para alivio suyo y martirio ajeno. Más que estúpido es un avivado (no vivo, pues para eso hace falta cierto desarrollo neuronal). Un escandalizador serial que no tiene más argumento que prestarse al ridículo para hacerse notar. Para colmo, ni siquiera sus propuestas tienen el atrevimiento de buscar la verdad. Solo pretende fastidiar para tapar una enorme mediocridad.

Si es cierto el remanido dicho de que lo que no mata engorda, la falta de tino y sentido de la ocasión de la mayoría de nuestras autoridades políticas ya nos hubiera convertido en obesos mórbidos.

Lo que sucedió la semana pasada en la Cámara de Diputados es un triste recuerdo del poco compromiso real que gran parte de la clase política tiene con la sociedad que le ha regalado (es un decir, porque compran sus bancas a un buen precio) tan alta y valiosa función. Dignidad, por cierto, que ello la arrastran en la estercolera de sus intereses sectoriales.

Cartistas y abdistas se están estirando las greñas como en cualquier conventillo y lo hacen literalmente por el zoquete.

En un arranque de pichadura, los cartistas dejaron de tratar la ley de emergencia por Covid por la pelea con sus pares oficialistas. Siguiendo la frase del preclaro Horacio I, rey del Paraguay e insospechado guardián del templo de Israel, los colorados se sacaron novias, novios o amantes (o todo junto) porque se tienen un encono visceral.

El problema es que esta telenovela –en donde los malos siempre triunfan y se unen para confundirse en un abrazo republicano a costa de los incautos– tiene como espectadores-rehenes a una sociedad que trata de sobrevivir en medio del calor insoportable, la angustia del Covid, la sequía, el aumento de los precios y la paciencia en su punto límite.

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