El Gobierno del presidente Santiago Peña se encuentra a mitad de mandato. La disputa electoral municipal, que concluirá el 4 de octubre, marca el entretiempo político de un partido que tiene todavía mucho en juego. Recién con los resultados en la mano se podrá evaluar la correlación de fuerzas internas en el Partido Colorado, así como la envergadura de los liderazgos de oposición. Es decir, luego de las municipales sabremos quién seguirá en la cancha, quién irá al banco y quiénes liderarán la segunda mitad del partido.
Si bien habrá que esperar esos resultados para dilucidar cómo seguirá la conducción política del oficialismo, hay factores que ya hoy se perfilan como condicionantes del Gobierno.
El primero es el efecto lame duck (pato cojo), que afecta a un presidente que entra en la etapa final del mandato y pierde poder real porque todos anticipan su salida. Esto era esperable en Peña, dado que no hay reelección; lo que no se anticipó es que también alcanzara al oficialismo, porque Horacio Cartes era la garantía de continuidad del liderazgo del movimiento. Tras las dificultades de salud del ex presidente a inicios de año, sobrevoló una imagen de duda sobre su capacidad de mantener un liderazgo firme. Si el efecto lame duck también lo alcanza, Honor Colorado entraría en riesgo de continuidad y podrían anticiparse quiebres en el segundo tiempo.
El segundo factor es fiscal: “no hay plata”, como diría Javier Milei. El nuevo ministro de Economía, Óscar Lovera, anunció que la deuda estatal con proveedores ronda los USD 1.300 millones, una cifra bastante mayor a la que se venía manejando. Esto genera rencillas dentro de la Administración Pública y en el propio oficialismo, ya que los recursos para mostrar capacidad de gestión son limitados y el empresariado más cercano se está volviendo crítico. A esto se suma un dato contundente publicado por Javier Lassalle en Tereré Cómplice: los intereses de la deuda ya superan toda la inversión pública del Estado. Escasean los fondos para rutas, hospitales y obras, reduciendo la capacidad del Gobierno de mostrar resultados tangibles.
El tercer elemento es que la tradicional dinámica colorada de dividirse entre oficialismo y oposición puede replicarse dentro del propio Honor Colorado. La magnitud del movimiento, que cobija candidaturas rivales en varias zonas, alimenta la competencia interna. Si además tenemos en cuenta que la dirigencia ya tiene el ojo puesto en las próximas elecciones de diputados, senadores, gobernadores e incluso en la chapa presidencial, el caldo de cultivo para el fuego amigo está servido. Las declaraciones del embajador en Washington, Gustavo Leite, sobre “olor a coima” en el Gobierno, y las críticas del ex presidente Nicanor Duarte Frutos tras reunirse con Cartes, muestran que la oposición al presidente también vendrá desde adentro.
En suma, el oficialismo llega al entretiempo con tres frentes que se retroalimentan: un liderazgo que se debilita, un Estado sin margen fiscal y un movimiento demasiado grande como para que sus costuras no se vuelvan grietas. Ninguno es definitorio por sí solo, pero combinados configuran un escenario donde la capacidad del Gobierno de imponer agenda dependerá menos de su voluntad que de variables que escapan a su control. El segundo tiempo recién comienza, y lo que está en juego no es solo el saldo del Gobierno de Peña, sino el formato mismo de la competencia política en lo que queda de mandato.