Cuando en una reunión política en la que hablaba un primer ministro británico, David Lloyd G. (1863-1945), alguien le arrojó una herradura, el hombre dio una lección. El político se agachó para recogerla y pidió silencio para decir: “Por favor, el caballero que ha perdido su zapato puede venir a recogerlo”. El cómico norteamericano Groucho Marx fue más específico en distinguir ese trato, ya que una vez dijo: “Perdonen que los llame caballeros, pero es que no les conozco muy bien”.
Y un chiste, o lección popular, cuenta de un hombre que maltrataba al camarero en un bar donde se encontraba y, en una de esas, le pregunta dónde quedaba el baño. El mozo le contestó que “al fondo a la derecha, donde hay un cartel que dice ‘Caballeros'; pero no se preocupe, entre igual”.
Esto de los buenos modales es algo que siempre debe aplicarse en todos los órdenes de la vida; la amabilidad endulza los actos. La cortesía jamás molesta, y esto es algo que las mujeres y los ancianos, especialmente, saben apreciar. Perder los estribos por cualquier cosa, para excusar la mala educación, no es un paliativo.
La cortesía ha sido tema de grandes escritores, para que se entienda que hay varias especies. Ya en 1700 el filósofo francés Jean Jacques Rousseau advertía sobre la falsa amabilidad, señalando: “Muchas veces los temores, las sospechas, la frialdad, la reserva, el odio, la traición, se esconden frecuentemente bajo ese velo uniforme y pérfido de la cortesía”.
Todos los sentimientos y modales del hombre o de la mujer no pueden ser sino motor de sus necesidades o intereses. De allí que solo por interés tengan comportamientos erráticos o de dudosa envoltura. Y nótese que mucha gente se da cuenta cuando está hablando con alguien que trata de lavar sus verdaderas intenciones bajo el manto de la cortesía.
En estos tiempos electorales, que vemos a los candidatos lanzarse toda suerte de improperios, reclamos o denuncias, vemos qué falta que hace esa palabra, cortesía, hermana del respeto. Porque se debe respetar hasta al enemigo, demostrando con holgada prestancia moral que no se debe denigrar a otro para parecer que uno tiene razón. Fedro, el fabulista latino, ya antes de Cristo decía que quien no sabe mostrarse cortés, va al encuentro de los castigos de la soberbia.
Pero, dejémonos de frases célebres, fáciles de encontrar en las venas de la lectura atenta, y enfaticemos dando una generosa publicidad al buen trato. Ese buen tratar, hasta en las cosas simples de la vida, tan elemental como saludar cuando se llega a alguna parte o el adiós, que son las bases mínimas de la educación. Al tratar a un humilde trabajador, vendedor ambulante o el nervioso colectivero que en el transcurso de su trabajo se llega a convertir en el paño de bronca de los pasajeros. O el nervioso automovilista que no soporta la demora inteligente del semáforo. O el cliente que pierde los estribos porque el dependiente no entiende lo que él quiere. Todo eso se cura con el jarabe de la cortesía, ¿se entiende? Hay cosas que se demoran más que otras y resultados que no son los esperados; todo eso se suaviza con el buen trato.
Y una cosa interesante es comprobar que la cortesía se contagia: cuando usted trata bien a alguien, recibe -recíprocamente- una amable devolución.
Es cierto, hay imponderables cuando el libreto de la vida no se cumple como quisiéramos y solo cabe rezongar, poniendo mal a los demás. Tire todo eso a la basura. Un paño de cortesía calma los nervios.